OCHO
Ian
A poyado en el respaldo del taburete alto, con el brazo izquierdo descansando sobre la isla, me dediqué a mi actividad favorita: observarla.
Savannah se movía por mi cocina con una gracia fluida y concentrada.
Llevaba el pelo recogido en una pinza de la que se escapaban mechones rebeldes que le acariciaban la nuca.
Cada vez que se giraba hacia la nevera para buscar un ingrediente, o se inclinaba levemente sobre la cacerola de hierro fundido para remover el guiso, mis ojos devoraban la curvatura de sus caderas bajo la tela de los vaqueros y la suavidad de su perfil. Era una tortura. Y me encantaba.
El zumbido de mi teléfono móvil sobre la encimera rompió mi concentración.
La pantalla se iluminó, proyectando un destello blanco que reveló una cascada de notificaciones apiladas.
Mensajes de texto, menciones en redes y un par de llamadas perdidas.
No necesitaba mirar para saber qué eran; desde mi accidente, mi teléfono se había convertido en un buzón de sugerencias para un desfile de mujeres del pueblo y de los vecinos.
Vi cómo la mirada de Savannah descendía por inercia hacia la pantalla iluminada. Fue solo un segundo, pero bastó para que la atmósfera cambiara por completo. Observé el instante exacto en que leyó los nombres y los emojis sugerentes.
Con un movimiento rígido, arrastró el teléfono por la encimera hasta dejarlo frente a mí.
—Tienes... tienes un montón de mensajes —murmuró, apartando la vista de inmediato para centrarse en picar una cebolla.
No aparté los ojos de su rostro. Agarré el teléfono con la mano izquierda y lo puse bocabajo con un golpe seco.
Savannah detuvo el cuchillo. Me miró de reojo, sorprendida.
—¿No vas a contestar? —preguntó, mordiéndose el labio inferior—. Tienes llamadas perdidas. Podría ser importante.
—No —respondí, con un tono grave y tajante que no admitía réplica—.
Sería una falta de respeto ponerme a teclear frente a una pantalla cuando te tengo a ti aquí.
Además, te aseguro que es muchísimo más interesante charlar contigo y saber cómo ha ido tu semana en el hospital que perder el tiempo con mensajes de desconocidas.
Savannah frunció el ceño, dejando el cuchillo sobre la tabla de cortar.
—Pero... son mujeres que se preocupan por ti. Que quieren pasar un rato contigo —rebatió.
Exhalé un suspiro ronco, recostándome en el taburete.
—Esas mujeres no me conocen, Savannah —le expliqué, desnudando la realidad con franqueza —.
Solo ven lo que quieren ver. Ven el uniforme y la fachada del bombero del equipo Alfa.
Les interesa la idea que se han formado de mí en sus cabezas, no el hombre real.
Si supieran que soy un gruñón redomado, que detesto los eventos sociales, que odio ir a cenar al mejor restaurante del pueblo y que prefiero el silencio absoluto del bosque, su supuesto interés se evaporaría en cuestión de segundos.
No me interesa la atención de mujeres que solo buscan un trofeo.
Savannah se limpió las manos en el trapo de cocina, girando el cuerpo para quedar completamente frente a mí.
—Yo no creo que seas alguien poco interesante o un simple gruñón, Ian —me rebatió —.
Siempre que hablamos demuestras ser atento.
Te interesas de verdad por lo que cuento, me escuchas, y siempre tienes anécdotas increíbles sobre la montaña o sobre Caleb y Noah.
No eres un salvaje asocial. Y seguro que esas mujeres también lo saben.
Sostuve su mirada, dejando que el silencio se estirara entre nosotros hasta volverse denso, casi palpable.
—Eso es solo contigo, Savannah —sentencié en un murmullo bajo y rotundo.
Se mordió de nuevo el labio inferior, un gesto que atrajo mi atención hacia su boca de forma irremediable. Desvió la mirada hacia el suelo y luego la alzó de reojo. No estaba pescando cumplidos; su duda era tan real y profunda que dolía verla.
—¿Por qué? —se atrevió a preguntar en un susurro apenas audible—. ¿Por qué conmigo es diferente? Conoces a docenas de mujeres, Ian. Mujeres que salen, que escalan, que son... mucho más interesantes y atractivas que yo.
La pregunta me atravesó como un piolet.
Sabía exactamente por qué el resto de las mujeres no significaban nada.
Cada vez que me acostaba con alguna de ellas, era por pura biología, un desahogo físico efímero, y ellas siempre lo sabían.
Me aseguraba siempre que entendieran que mis emociones no eran parte del menú y obtener su consentimiento era esencial para mí. Sin embargo, no iba a decirle eso.
Me incliné hacia delante, acortando la distancia que nos separaba.
—No voy a hablarte de otras mujeres, Savannah —declaré, con una suavidad inusual en mí—. Y no porque tenga nada turbio que ocultar, sino porque me niego a hacer comparaciones. Eres incomparable.
Sus pupilas se dilataron al escuchar el tono de mi voz.
—Lo único que necesitas saber —continué, fijando mis ojos verdes en los suyos para que no pudiera escapar de la verdad—, es que prefiero mil veces estar sentado en este taburete, viéndote cocinar, que metido en un maratón de sexo con cualquier otra mujer del planeta.
El aire pareció evaporarse de la cocina.
Savannah aspiró de forma entrecortada. El calor le subió por el cuello hasta teñirle las orejas y las mejillas de un carmín intenso y precioso.
Apartó la vista rápidamente hacia la cacerola para ocultar su reacción y se dedicó a vigilar nuestra comida en los fogones.
Cuando Savannah apagó los fogones, me adelanté. Ignorando su amago de protesta, utilicé mi mano izquierda para sacar dos platos hondos del armario, los cubiertos y un par de vasos de cristal, disponiéndolos sobre la mesa de madera del comedor.
Nos sentamos el uno frente al otro. Savannah sirvió la comida, pero apenas probó un par de cucharadas de su propio plato.
La observé en silencio mientras masticaba la carne tierna. Estaba inusualmente callada, con una expresión rumiante, un ceño fruncido y una mirada ausente mientras su tenedor trazaba círculos mecánicos en el plato.
—¿Qué sucede? —pregunté —. Llevas diez minutos dándole vueltas a algo y tu cabeza hace tanto ruido que apenas me deja oír mis propios pensamientos.
Savannah parpadeó, volviendo a la realidad, y me miró con una mezcla de apuro e inseguridad. Soltó el tenedor.
—Es por... por lo que has dicho antes —confesó, bajando el volumen de su voz, como si las palabras le dieran vergüenza—. Llevo un rato dándole vueltas a eso de que prefieres verme cocinar que estar con cualquier otra mujer.
—Dije exactamente eso. Y es la verdad.
Ella tragó saliva.
—¿Has dicho eso porque...? —Dudó una fracción de segundo, mordiéndose el labio de nuevo antes de forzarse a soltarlo—. ¿Es porque yo no soy el tipo de mujer con quien un hombre querría tener una aventura?
Mi cerebro, que llevaba dos horas peleando contra la urgencia física de tocarla, casi se cortocircuita.
—Por supuesto que no —respondí de inmediato, rotundo y tajante—. Tú no eres, en absoluto, el tipo de mujer con quien tener una aventura.
Vi cómo Savannah se desinflaba frente a mis ojos. Sus hombros cayeron, el poco brillo que le quedaba en los ojos se extinguió, y una decepción palpable y dolorosa le veló las facciones.
Se inclinó hacia delante, con la mirada clavada en la madera de la mesa, y entonces decidió revelarme algo con lo que no contaba.
—Phillip siempre decía que yo era frígida —susurró.
Me quedé paralizado.
—Entre nosotros jamás hubo... pasión —continuó ella, en un arranque de sinceridad cruda, con la voz temblando de humillación—.
Siempre fue mecánico. Yo nunca fui suficiente para encenderlo de verdad.
Él me llamaba frígida cuando se enfadaba...
y creo que lo soy. Creo que simplemente no tengo ese fuego que otras mujeres desprenden.
Así que entiendo a qué te referías, Ian.
Sé que no soy la clase de mujer que despierta esa clase de instintos.
El silencio que siguió a su confesión fue letal.
Una rabia negra, violenta y asesina me nubló la vista durante un segundo.
Me imaginé rompiéndole la tráquea a Phillip Brooks con la única mano que tenía sana.
Aquella rata miserable, incapaz de satisfacer a su propia mujer, había proyectado su mediocridad y su patética falta de hombría sobre ella, convenciéndola de que el defecto era suyo.
Me incliné hacia delante. Invadí el espacio que nos separaba hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros por encima de los platos.
—Mírame —le ordené.
Savannah alzó el rostro, sobresaltada por el tono de mi voz, y sus ojos avellana chocaron de lleno contra los míos.
—Has malinterpretado por completo mis palabras —siseé, manteniendo el contacto visual con una intensidad que casi rozaba la ferocidad.
Quería que mis palabras se le grabaran en los huesos—.
Dije que no eres el tipo de mujer para una aventura, porque eres el tipo de mujer por el que un hombre perdería la maldita cabeza.
Sus labios se entreabrieron. El asombro le ensanchó las pupilas, oscureciendo el color miel de sus iris. El aire se volvió pesado. Mi respiración se ralentizó, acompasándose con el ritmo desbocado de la suya.
—No eres un pasatiempo, Savannah —continué, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro ronco, cargado de todo el deseo que llevaba reprimiendo desde hacía años—.
No eres un desahogo de fin de semana ni una aventura de una noche.
Y no lo eres, porque te juro que, para cualquier hombre con un mínimo de inteligencia, una sola noche contigo jamás sería suficiente.
Quien te toque, te querrá para siempre. Y si tu exmarido fue demasiado imbécil y egoísta para saber cómo hacer las cosas, el defecto lo tiene él. Tú no eres frígida.
El impacto de mis palabras la atravesó. Un escalofrío visible le recorrió el cuello, bajando por la línea de su clavícula. La piel se le erizó bajo la tela fina de su jersey, y un rubor nuevo, furioso y febril le incendió las mejillas y el escote.