SIETE #3
Ian estaba allí de pie. Vestía únicamente unos pantalones cortos de deporte de un tejido técnico oscuro que se ceñían a sus muslos musculosos, y llevaba el torso completamente desnudo.
Estaba de perfil a mí, terminando de realizar un movimiento pendular lento y semicircular con el brazo derecho de forma totalmente pasiva, inclinando el torso hacia delante para dejar que la gravedad gobernara la articulación.
Me quedé hipnotizada. Bajo la luz cenital del pasillo, los músculos de su espalda y de sus hombros se movían con cada movimiento.
El grosor de sus pectorales, el relieve esculpido de sus abdominales y la tirantez de los vendajes blancos que aún enmarcaban su clavícula derecha formaban una estampa de una masculinidad tan arrolladora que sentí un vuelco violento en el estómago.
Un calor líquido e implacable me encendió la base del vientre.
Ian se incorporó despacio al notar mi presencia, exhalando un suspiro ronco. Sus ojos verde claro me recorrieron con esa fijeza depredadora y calmada que empezaba a desarmarme las defensas.
—Lo siento, Savannah —murmuró, pasándose la mano izquierda por el pelo corto y húmedo, con una sonrisa levísima y un tanto apurada—.
Logan me tiene haciendo estos malditos ejercicios tres veces al día para que el hombro no se quede rígido.
No esperaba que llegaras tan pronto. Déjame que me ponga la camiseta y el cabestrillo.
—No... no te preocupes —balbuceé, sintiendo que el rubor me encendía las mejillas con la fuerza de una quemadura—. No pasa nada. Yo... acabo de llegar del mercado.
Él se apartó a un lado para dejarme paso, y crucé el umbral a toda prisa.
Dejé la compra sobre la isla de la cocina, intentando concentrarme en la textura del papel para estabilizar mis pulsaciones.
Cuando Ian regresó, ya llevaba puesta una camiseta negra de algodón que, a pesar de cubrirlo, marcaba la inmensidad de su pecho, y el cabestrillo ortopédico fijando su brazo derecho.
Me apresuré a vaciar las bolsas para disimular mi nerviosismo, extendiendo los ingredientes sobre la encimera limpia.
—He comprado pollo de corral, verduras de temporada, un poco de calabaza, romero fresco y caldo casero —expliqué, alzando la voz con un tono que pretendía ser puramente profesional—.
También he traído fruta, lácteos y algo de carne magra para congelar.
Hace muchísimo tiempo que no cocino un plato casero para nadie más que para mí o para los tápers que te traía, e ir al mercado me ha dado ganas de encender los fogones de verdad.
Me detuve al darme cuenta de que el único sonido en la habitación era el de mis propias manos organizando los tarros. Ian no había dicho nada.
Me giré despacio. Estaba apoyado contra el marco de la puerta de la cocina, con las piernas cruzadas y el hombro sano relajado, mirándome fijamente. El rubor me subió de nuevo por el cuello, haciéndome sentir repentinamente expuesta.
—Yo... lo siento —añadí de inmediato, jugueteando nerviosa con una rama de romero—. No pretendía invadir tu cocina ni imponerte tus comidas de la semana. Sé que eres muy independiente y tal vez prefieras gestionar tu nevera a tu manera...
—Savannah —me cortó él. Su voz bajó una octava, volviéndose un murmullo grave —. No es eso.
Dio dos pasos lentos hacia la isla, deteniéndose al otro lado del mueble de madera, obligándome a alzar la mirada para sostener el peso de sus ojos verdes.
—Aparte de mi madre —confesó, y sus facciones estoicas se suavizaron con una vulnerabilidad inédita que me encogió el corazón—, jamás en mi vida ninguna mujer se había preocupado por si como bien, por si tengo la nevera llena o por cuidar de mí de esta manera.
Ver que estás aquí, organizando mis cosas...
no es una invasión. Es lo mejor que me ha pasado en esta casa desde que me mudé.
Una ola de ternura inmensa y profunda me inundó el pecho, borrando de un plumazo cualquier rastro de timidez.
La aceptación de Ian y la forma en que validaba mi presencia me hicieron sentir valorada.
Con él no había deudas emocionales ni peajes que pagar; solo una gratitud limpia que me ensanchaba el alma.
Ian bajó la vista hacia las verduras esparcidas y esbocé una pequeña sonrisa al notar cómo su instinto servicial intentaba abrirse paso a pesar de su inmovilidad.
—Dime en qué puedo ayudarte —se ofreció, señalando la tabla de cortar con la mano izquierda—. Puedo intentar pelar las patatas o trocear algo si me das un cuchillo que corte bien. Prometí obedecer.
Me eché a reír por lo bajo, una risa suave que pareció flotar en el espacio cálido de la cocina.
—Ni hablar, Collins —repliqué, cruzándome de brazos con una falsa severidad que hizo que sus labios se curvaran en una media sonrisa.
—¿Entonces qué se supone que debo hacer mientras tú trabajas? —preguntó, inclinando la cabeza con un gesto sexy que me aceleró el pulso.
Me acerqué a la isla, sosteniéndole la mirada.
—Puedes hacerme compañía si quieres —sugerí en un susurro —. Quédate ahí, háblame de la montaña y mírame cocinar. Con eso es más que suficiente.