Ridge (Wildwater Falls 3) SIETE #2
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SIETE #2

Asentí despacio, sintiendo que el nudo en la garganta se me deshacía. Las lágrimas de pura tensión amenazaron con desbordarse, pero las contuve.

—Queda claro. Gracias, Caleb. Gracias a los dos.

Mientras observaba cómo la furgoneta de Caleb daba la vuelta para regresar a su casa, un único y egoísta pensamiento cruzó mi mente: deseaba desesperadamente estar de vuelta en el sofá de Ian Collins, sintiendo la presión protectora de su mano en mi pelo y el peso de su cuerpo anclándome a la tierra.

✽✽✽

Envuelta en el edredón nórdico, con la mirada clavada en las vigas de madera del techo sumidas en la penumbra, me sentía incapaz de conciliar el sueño.

La adrenalina del enfrentamiento con Phillip seguía circulando por mi torrente sanguíneo.

Odiaba el poder residual que ese hombre aún ejercía sobre mí.

Había firmado el divorcio, le había devuelto todo lo que me exigió, y, sin embargo, su patética necesidad de hacerme sentir pequeña seguía persiguiéndome hasta la puerta de mi propia casa.

El zumbido vibratorio de mi teléfono móvil sobre la mesilla de noche rasgó la quietud de la madrugada.

Me sobresalté, girando la cabeza de inmediato. Pero al coger el aparato y ver la pantalla iluminada, el estómago me dio un vuelco muy distinto.

Era un mensaje de Ian.

Ian : Me han dicho que Phillip estaba esperándote en los escalones del porche. ¿Estás bien?

El aliento se me atascó en la garganta, pero mis dedos volaron sobre el teclado virtual.

Savannah: ¿Cómo te has enterado tan rápido?

Ian: Caleb se ha asegurado de avisarme. Me ha dicho que el imbécil de tu ex se ha largado en cuanto han visto su coche, pero necesito oírlo de ti. Dime que estás a salvo.

La firmeza protectora de sus palabras me envolvió como una manta caliente. Cerré los ojos un segundo, exhalando el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Savannah: Sí, estoy a salvo. Solo ha sido uno de sus arrebatos narcisistas. El divorcio ya está firmado, le he devuelto todo, solo quiero que me deje en paz.

No hubo respuesta escrita. En su lugar, a los pocos segundos, la pantalla cambió para mostrar una llamada entrante. El nombre de Ian parpadeó en letras blancas.

Deslicé el dedo para descolgar, llevándome el auricular a la oreja mientras me acurrucaba bajo las sábanas, sintiendo un cosquilleo de pura anticipación.

—Hola —susurré en la oscuridad.

—Teclear con un solo brazo es una maldita tortura, y más cuando estoy a punto de coger las llaves del coche para ir a buscar a ese infeliz y partirle la mandíbula —gruñó Ian a modo de saludo. Su voz vibró a través del altavoz, densa y oscura. Se me erizaron los vellos de los brazos.

—No puedes conducir con ese hombro —le recordé, esbozando una sonrisa débil que él no podía ver, pero que de alguna manera supo intuir—. Además, ya se ha ido. Caleb y Hannah lo espantaron antes de que la cosa fuera a más.

Escuché cómo Ian exhalaba pesadamente al otro lado de la línea. Percibí el sonido de la madera crujiendo, como si estuviera apoyándose en el cabecero de su cama.

—Si vuelve a acercarse a ti en mitad de la noche, Savannah, me da igual lo que diga el médico. Iré yo mismo.

El calor que se expandió por mi caja torácica ante esa declaración de intenciones fue abrumador.

—Ian —murmuré, dejando que la tensión abandonara mis hombros por fin—. Gracias. ¿Cómo estás tú? ¿Te duele mucho el hombro tras el paseo al bar?

—Palpita un poco, pero he tomado la medicación que la enfermera mandona me dejó pautada —respondió él, y noté cómo el filo cortante de su voz se suavizaba hasta convertirse en un susurro íntimo—. Estoy bien.

—Normalmente los sábados no voy a tu casa —comenté, mordiéndome el labio inferior, jugando nerviosa con el borde del edredón—. Pero... después del esfuerzo de esta noche, no sé si estarás muy dolorido mañana. ¿Necesitas que vaya?

Se hizo un silencio breve en la línea. Un silencio denso y eléctrico que me aceleró las pulsaciones.

—Sí —sentenció Ian, sin un ápice de duda—. Ven mañana. Seguro que te necesito.

—De acuerdo —accedí, con la voz un tono más aguda por la excitación repentina que me asaltó—. Iré a mediodía. Llevaré ingredientes frescos del mercado y prepararé la comida allí. Necesitas proteínas de calidad para ese hueso, no solo estofados recalentados.

—Me parece perfecto. Haré lo que me mandes.

Me acomodé en la almohada, sintiéndome extrañamente eufórica.

Lo que empezó como un mensaje de comprobación de seguridad se transformó en una conversación de madrugada que fluyó con una naturalidad pasmosa.

Hablamos durante casi una hora.  Ian me escuchó divagar sobre mis próximos turnos en urgencias y actuó como un pilar inamovible cuando le confesé el estrés asfixiante que me producía la inminente llegada de mi madre, Evelyn.

En lugar de invalidar mis miedos o llamarme exagerada, Ian validó cada una de mis emociones, ofreciéndome una perspectiva racional y una lealtad férrea que me hizo sentir profundamente anclada a la tierra.

—Es tarde, Savannah —murmuró Ian finalmente, tras un largo bostezo mío que no pude reprimir—. Ha sido un día largo y necesitas dormir. Te dejo descansar.

—Tú también deberías dormir, Ian. Nos vemos mañana.

—Buenas noches, preciosa. Cierra bien la puerta.

El clic de la llamada finalizada me dejó a solas con el latido ensordecedor de mi propio corazón.

Preciosa .

Solté el teléfono sobre el colchón y me llevé las manos al rostro, sintiendo la piel ardiendo.

Me deslicé bajo las sábanas, arrastrando los dedos instintivamente hacia mi propio cuello, rozando la piel exacta donde sus labios se habían hundido horas antes en el bar.

La humedad fantasma de su boca, la presión posesiva de su mano gigante en mi nuca y la gravedad de su voz a través del auricular colisionaron en mi mente con una fuerza devastadora.

La revelación me dejó sin aliento. Un calor líquido, pesado y urgente se acumuló entre mis muslos, provocándome una humedad punzante que me hizo apretar las piernas con un gemido ahogado.

Entre el noviazgo y el matrimonio, había pasado casi nueve años con Phillip.

Y, sin embargo, Ian Collins me acababa de excitar a un nivel primario como jamás lo había conseguido mi exmarido.

No había necesitado desvestirme ni llevarme a la cama.

Le había bastado con dos toques en un bar abarrotado, un beso marcado a fuego en el cuello y una hora de charla cálida, protectora y madura de madrugada.

Me abracé a la almohada, asustada y fascinada a partes iguales por el abismo que se estaba abriendo a mis pies.

✽✽✽

El mediodía del sábado se presentó con un cielo inusualmente despejado, tiñendo las calles de Wildwater Falls de una luz nítida y dorada que, sin embargo, no lograba templar el ambiente.

Aparqué frente al edificio de Ian cargada con tres bolsas de papel que desprendían el aroma fresco de la tierra y las hierbas aromáticas.

Había pasado la mañana en el mercado local, perdiéndome entre los puestos para huir de los ecos de la noche anterior, y lo que empezó como una compra rápida para el almuerzo del día se había convertido en un impulso irrefrenable de llenar su despensa hasta los topes.

Quería asegurarme de que no tuviera que levantar un solo dedo durante la próxima semana.

Subí los escalones de madera de la entrada con el corazón latiéndome fuerte. Tras el encontronazo con Phillip y la posterior llamada de Ian de madrugada, entrar en su casa se sentía diferente, como si estuviéramos desdibujando una línea que ya no sabríamos cómo volver a trazar.

Llamé con los nudillos, sosteniendo el peso de las bolsas contra mi cadera. La puerta cedió entreabierta y me quedé petrificada en el descansillo, con las palabras atascadas en la garganta.