Ridge (Wildwater Falls 3) SIETE
21%

SIETE

Savannah

E l trayecto por las sinuosas carreteras de montaña hacia Raven Ridge transcurrió en una bruma de pensamientos cruzados.

Las ruedas de mi viejo coche devoraban el asfalto húmedo, pero mi mente seguía anclada en la acera frente a The Switchback.

Aún podía sentir la presión fantasma de la mano de Ian en mi nuca y el calor abrumador de su boca contra mi cuello.

El simple recuerdo me aceleraba el pulso y me enviaba una oleada de calor líquido al bajo vientre, un contraste brutal con la temperatura exterior que marcaba el termómetro del salpicadero: medianoche cerrada y apenas seis grados sobre cero.

Giré el volante para enfilar el camino de tierra que conducía a la cabaña de Hannah.

La grava crujió bajo los neumáticos. Apagué el motor y las luces, sumiéndome en el silencio y la oscuridad protectora del bosque.

Agarré mi bolso del asiento del copiloto, exhalando un suspiro de cansancio, dispuesta a darme una ducha caliente y dejarme caer en la cama.

Sin embargo, al rodear el capó del coche, mi instinto de supervivencia me advirtió de que algo iba mal antes de que mis ojos pudieran confirmarlo.

Me detuve en seco. La sangre se me congeló en las venas.

Sentado en los escalones de madera del porche, fundido con las sombras de la cabaña, estaba Phillip.

Se puso en pie despacio, frotándose las manos enguantadas para combatir el frío, y descendió el primer peldaño.

La escasa luz de la luna que se filtraba entre las copas de los abetos iluminó su rostro afilado, desfigurado por una mezcla de indignación y soberbia herida.

—¿Te parece normal la hora a la que llegas? —atacó de inmediato, utilizando ese tono de reproche condescendiente que durante casi una década me había hecho encogerme de culpa—. Y, sobre todo, ¿te parece normal el espectáculo lamentable que has dado esta noche?

El estómago se me contrajo en un espasmo de pánico.

Era un reflejo físico por pasado años sometida a su tiranía emocional.

Pero entonces, la imagen de la pulsera hortera en la muñeca de Amber brilló en mi mente.

Apreté las llaves del coche dentro del puño hasta que el metal se me clavó en la palma de la mano.

—Lárgate de aquí, Phillip —ordené. Mi voz sonó rasposa, pero carente de cualquier temblor—. Son las doce de la noche y estás allanando una propiedad privada. No tengo absolutamente nada que hablar contigo.

Di un paso hacia atrás, manteniendo una distancia de seguridad prudencial. No quería acercarme. Phillip nunca había sido violento físicamente, lo suyo era más machacarme emocionalmente. Pero tampoco iba a jugármela a medianoche en medio del bosque.

—No me voy a ir a ninguna parte hasta que me des una explicación, Savannah —espetó él, bajando el resto de los escalones y acortando la distancia con una zancada agresiva—.

Todo el pueblo te ha visto. Te has estado restregando como una fulana barata contra Ian Collins en medio del bar.

¿Es esa tu forma de vengarte de mí? ¿Humillarme públicamente con el orangután que se dedicaba a amargarme la existencia en el instituto?

El mecanismo era de manual. Durante nuestro matrimonio, Phillip había sido un maestro absoluto en el arte de hacer luz de gas .

Siempre, sin excepción, lograba distorsionar la realidad hasta convertir cualquier agravio suyo en una ofensa hacia él.

Si me engañaba, era porque yo estaba demasiado distante.

Si gritaba, era porque yo lo había provocado.

Y ahora, su infidelidad pública y la exhibición de su nueva amante adolescente quedaban borradas de un plumazo; él volvía a ser la víctima ofendida.

Me mantuve firme en mi sitio, irguiendo la espalda, negándome a caer en su trampa.

—La única persona que te ha humillado esta noche has sido tú mismo —repliqué, y cada sílaba estaba afilada como un bisturí—.

Eres un imbécil que se pasea por el bar con una adolescente que apenas tiene edad para votar, exhibiendo la pulsera que me obligaste a devolverte.

Ese es el verdadero espectáculo lamentable y patético, Phillip.

Ahora, haz el favor de desaparecer de mi vista.

La vena del cuello se le hinchó y, durante una fracción de segundo, vi la violencia bullir en sus ojos pequeños.

Pero, al darse cuenta de que la intimidación frontal ya no funcionaba conmigo, cambió de táctica con la fluidez repugnante de un sociópata.

Sus hombros se relajaron, su expresión se ablandó en una mueca de dolor prefabricado y su tono descendió una octava, buscando la lástima.

—¿Por qué me haces esto, Sav? —susurró, dando un paso vacilante hacia mí, extendiendo una mano en un gesto de súplica—.

Sabes perfectamente lo mal que lo pasé en el instituto por culpa de Ian y su estúpido grupo de amigos.

Me hicieron la vida imposible. Eran unos acosadores.

Y ahora tú... mi propia mujer... buscas refugio en sus brazos solo para destrozarme.

Me estás castigando de la forma más cruel posible.

¿No te das cuenta del daño que me haces?

Cerré los ojos un instante, asqueada hasta la náusea. Años atrás, ese tono lastimero habría bastado para hacerme dudar de mi propio juicio. Habría acabado pidiéndole perdón por una culpa que no me pertenecía. Pero la Savannah que solía ceder ante él ya no existía.

Abrí los ojos y lo miré con frialdad, desprovista de cualquier atisbo de empatía.

—No soy tu mujer. Firmé los malditos papeles, te dejé la casa y te he devuelto hasta el último de tus ridículos regalos —le recordé, marcando cada palabra con mi dedo índice —.

No estoy intentando castigarte ni vengarme.

Sencillamente, me importas tan poco que tus traumas de instituto me resultan irrelevantes. Déjame en paz.

Phillip soltó una carcajada seca, carente de humor, y la máscara de víctima se hizo añicos para revelar de nuevo su verdadera naturaleza tóxica. Ç

—Estás celosa —sentenció, señalándome con un dedo acusador, con una sonrisa torcida que delataba el triunfo de su propio delirio—.

Por eso te has montado ese numerito con el neandertal de Collins.

No soportas ver que he rehecho mi vida con una chica joven y hermosa.

Estás rabiando de celos y quieres llamar mi atención.

Lo observé en silencio. ¿Era posible ser tan narcisista?

Phillip no era feo, físicamente hablando.

Era del montón, no destacaba por nada en especial.

Yo siempre pensé que su punto fuerte era su personalidad.

Fue tarde cuando me di cuenta de que su personalidad era la peor parte de él.

Era lo que lo convertía en alguien tóxico y horrible.

Ahora solo sentía asco por él. Un asco profundo, viscoso y visceral hacia el hombre con el que había compartido mi vida durante años.

—Si no te largas ahora mismo por donde has venido, llamaré a la policía por acoso y allanamiento —amenacé, levantando el teléfono móvil con la mano izquierda, con el pulgar suspendido sobre la pantalla.

Phillip dio un paso al frente, invadiendo mi espacio personal, tratando de imponer su presencia física.

—No te atreverías... —comenzó a sisear, con la rabia distorsionándole los rasgos.

Pero sus palabras fueron eclipsadas por el rugido ronco de un motor pesado y el haz cegador de unos faros blancos barriendo los troncos de los abetos. Un vehículo todoterreno acababa de tomar la curva hacia el camino de la cabaña. El coche se detuvo en seco a pocos metros de nosotros.

Las puertas delanteras se abrieron de golpe casi antes de que el motor se apagara. Caleb bajó del lado del copiloto, con la envergadura de un depredador a punto de saltar sobre su presa, mientras Hannah aparecía por el lado del conductor con la misma intensidad asesina.

—¿Pasa algo por aquí, Savannah? —preguntó Caleb. Su voz era un trueno grave y contenido que cortó el aire helado, y su postura, ancha y protectora, dejaba muy claro que estaba dispuesto a arrancar cabezas si yo se lo pedía.

Phillip retrocedió de inmediato, como la rata cobarde que siempre había sido frente a hombres reales. Levantó ambas manos en un gesto de rendición apaciguadora, esbozando una sonrisa nerviosa y patética.

—Solo estábamos hablando —murmuró Phillip, retrocediendo hacia su propio coche, aparcado en la penumbra del camino—. Ya me iba. Que pases buena noche, Sav.

Nadie respondió. Caleb mantuvo los brazos separados del cuerpo, con los puños cerrados, observando cómo Phillip arrancaba su coche de forma atropellada y desaparecía a toda velocidad por la carretera de la montaña.

Cuando el eco del motor se desvaneció, el silencio regresó a Raven Ridge . El temblor que había logrado reprimir frente a mi exmarido me invadió de golpe, sacudiéndome las piernas y los hombros en una descarga incontrolable de adrenalina retenida.

Hannah corrió hacia mí, envolviéndome en un abrazo cálido y feroz que me estabilizó.

—¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo ese desgraciado? —preguntó mi amiga, palpándome los brazos como si buscara lesiones ocultas.

—Estoy bien, de verdad —mentí a medias, devolviéndole el abrazo con fuerza, exhalando el aire que llevaba minutos reteniendo—.

Solo... me ha pillado por sorpresa. Ha venido a montarme una escena por culpa de lo que ha pasado en el bar, a intentar manipularme como siempre. Pero no le he seguido el juego.

Caleb se acercó y apoyó una mano pesada y reconfortante en mi hombro, transmitiéndome esa misma seguridad leal que caracterizaba a su mejor amigo.

—Nos hemos retrasado un poco al llevar a Ian a casa, si hubiéramos ido detrás de ti no tendrías que haberlo enfrentado sola —explicó el piloto, con la mandíbula aún tensa por la ira residual—.

A partir de ahora, no vuelves a casa sola de noche.

Y si ese pedazo de mierda vuelve a acercarse a ti, llamas a la policía y después a mí.

Estamos a menos de cien metros. ¿Queda claro?