SEIS #2
Savannah dio un pequeño respingo. Giró el rostro hacia mí, con los ojos avellana enormes, dilatados por la sorpresa.
—¿Qué... qué haces? —preguntó, en un susurro apenas audible que me rozó la mandíbula.
Me incliné hasta que mis labios rozaron la concha de su oreja.
—Enviarle un mensaje a ese imbécil de una maldita vez —le respondí, con la voz convertida en un ronroneo grave y oscuro.
Vi cómo el rubor de la vergüenza se transformaba en otra cosa.
No se apartó. Al contrario, dejó escapar un suspiro tembloroso y permitió que mi brazo la rodeara, apoyando una fracción de su peso contra mi costado sano.
Empecé a acariciarle el pelo con movimientos lentos y rítmicos, deslizando los dedos por las hebras caoba, ofreciéndole un ancla para sacarla de su propia mente.
Observé a Phillip por encima de la cabeza de Savannah. Sus ojos pequeños y mezquinos acababan de clavarse en nuestra mesa. Pude ver el instante exacto en que registró mi brazo alrededor de Savannah. Su sonrisa arrogante vaciló.
Pero Savannah seguía rígida. Aunque el calor de mi cuerpo la reconfortaba, la tensión de saberse el centro de las miradas compasivas de Hannah, Avery y los chicos la mantenía al borde de la humillación. Necesitaba que dejara de pensar en ellos. Necesitaba que solo pensara en mí.
Deslicé la mano izquierda por debajo del espesor de su cabello y envolví su nuca. Mis dedos largos se cerraron sobre su piel cálida, aplicando una presión firme y absolutamente posesiva.
Savannah soltó un jadeo sordo, cortísimo. Su columna vertebral perdió la rigidez del miedo y se arqueó ligeramente hacia mi mano, rindiéndose a mi tacto.
—Sígueme el juego —le exigí en un murmullo áspero contra su sien.
Mantuve la mirada clavada, fría y desafiante en Phillip. Sin romper el contacto visual, ladeé la cabeza y planté mis labios directamente sobre el cuello de Savannah, justo en el punto donde el pulso le latía desbocado bajo la piel.
El impacto de su aroma me golpeó con la fuerza de un alud.
Olía a azúcar tostado, a caramelo, a algo goloso y adictivo, como a piruleta.
Aspiré ese olor, hundiéndome en la suavidad de su cuello, dejando que mis labios se demoraran sobre su piel más de lo que cualquier falsa actuación requeriría.
Contra mi boca, sentí cómo la piel de gallina le bajaba por el cuello hasta los brazos.
Estaba temblando. Y temblaba por mí.
Mi mano seguía anclada en su nuca, masajeando la base de su cráneo, manteniéndola exactamente donde yo la quería. Cuando por fin levanté la vista, aún con mis labios pegados a su piel, la escena en la otra mesa había estallado.
Phillip tenía el rostro inyectado en sangre, desfigurado por una rabia impotente.
Incapaz de contener la humillación, se puso en pie de un salto, empujando la silla hacia atrás con un chirrido violento.
Agarró a Amber por el brazo con brusquedad, ignorando las quejas de la chica y la confusión de sus acompañantes, y la arrastró hacia la puerta del bar, desapareciendo en la noche fría.
Una extraña y oscura satisfacción se instaló en mi pecho al ver la puerta cerrarse tras él, pero el verdadero triunfo no tuvo nada que ver con él. El verdadero triunfo era el peso de Savannah contra mi costado, su respiración agitada y el ligero temblor de su cuerpo.
Despegué mis labios de la piel de Savannah con una lentitud agónica, reacio a renunciar a esa sensación que amenazaba con consumirme.
Cuando finalmente retiré la mano de su nuca, soltando el agarre firme que la había mantenido anclada a mí, noté cómo tomaba aire de forma entrecortada.
El rubor que le encendía las mejillas ya no era producto de la vergüenza por culpa de Phillip, sino del sofoco innegable que acababan de provocarle mis labios.
Me recosté en el taburete, adoptando mi máscara habitual de imperturbabilidad, y crucé la mirada con mi hermana.
Avery tenía una ceja arqueada y me dedicaba una expresión de pura ironía.
A su lado, Caleb removía su cerveza con una media sonrisa burlona grabada en el rostro.
Ninguno de mis amigos pronunció una sola palabra sobre la escena que acababan de presenciar, pero la satisfacción colectiva por la huida del imbécil de Brooks flotaba en el ambiente como un bálsamo.
—Tengo que ir al baño —anunció Avery de pronto, rompiendo la tensión estática. Se inclinó para dejar un beso rápido en los labios de Logan antes de ponerse en pie.
Savannah aprovechó la vía de escape como si le fuera la vida en ello.
—Te acompaño —se apresuró a decir, bajándose del taburete con movimientos un tanto torpes, evitando mirarme a los ojos mientras seguía a mi hermana hacia el fondo del local.
En cuanto la silueta de Savannah desapareció por el pasillo de los lavabos, Caleb se inclinó sobre la mesa, apoyando los antebrazos en la madera y acortando la distancia entre nosotros.
—Ha sido un espectáculo fantástico, hermano —murmuró mi piloto, con la burla bailando en sus ojos claros—. Aunque debo decir que ha parecido demasiado creíble para ser una simple maniobra de distracción.
Sostuve la mirada de mi amigo sin parpadear, parapetándome en mi más estricto silencio.
No iba a morder el anzuelo. No iba a darle la satisfacción de confirmar en voz alta lo que ambos ya sabíamos: que no había habido ni un ápice de fingimiento en ese beso.
Me había encantado rodearla, me había fascinado sentir cómo se derretía ante la presión de mis dedos en su nuca, y me había embriagado su olor dulce hasta el punto de la locura.
Bajo la mesa, la fricción de la tela de mis vaqueros contra la gruesa erección que me latía en la ingle era una tortura constante.
Iba a tardar una eternidad en desinflarse, y el latigazo sordo de mi clavícula herida apenas era suficiente para distraerme del deseo físico que me exigía seguir tocándola.
El resto de la noche transcurrió entre raciones de cena compartidas y otra ronda de cervezas.
Cuando por fin dimos por terminada la velada, el grupo se congregó en la acera frente al bar, envueltos en el frío mordaz y la neblina que descendía de las montañas.
Los adioses se sucedieron entre abrazos y promesas de verse en el hospital o en la base de rescate el lunes.
Me mantuve a un lado, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, conteniendo la respiración cuando Savannah se separó de Avery y caminó hacia mí.
Se detuvo a escasos centímetros de mi pecho. Estaba tímida, envuelta en su abrigo, pero había una determinación nueva en la forma en que alzó la vista para encontrarse con mis ojos.
—Gracias por espantarlo, Ian —susurró, y antes de que pudiera prever el movimiento, se alzó sobre las puntas de los pies, apoyó una mano con suma delicadeza en mi hombro sano y presionó sus labios contra mi mejilla.
Fue un beso casto, una caricia fugaz y suave que me rozó la línea de la mandíbula, pero tuvo el impacto de una descarga eléctrica.
Me quedé petrificado. Cada instinto primitivo de mi cuerpo me ordenó sacar la mano del bolsillo, agarrarla por la cintura, pegarla a mí y borrarle la timidez a base de reclamar su boca de verdad, allí mismo, bajo la luz de las farolas. Quería ahogarme en ella.
Pero apreté la mandíbula, recurriendo a unas reservas de autocontrol que no sabía que poseía, y me obligué a mantener las manos en su sitio.
—No ha sido nada, Savannah —repliqué, con la voz oscura y rasposa por el esfuerzo de contenerme—. Era eso, o cruzar el bar para partirle la cara a ese idiota. Y los dos sabemos que, con este hombro, lo del puñetazo habría sido una pésima idea.
Ella soltó una pequeña risa cristalina, asintió despacio y se despidió con la mano antes de caminar hacia su coche.
Minutos después, el calor de la calefacción de la furgoneta de Caleb contrastaba con la tensión silenciosa que me dominaba. Hannah conducía por las calles vacías de Wildwater Falls mientras yo ocupaba el asiento trasero, observando las sombras de los edificios deslizarse por el cristal.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la puerta de mi edificio, agarré el tirador de la puerta.
—Ian —me llamó Hannah, deteniendo el motor.
Me giré. Hannah me miraba fijamente, con esa seriedad implacable que utilizaba para gobernar las peores emergencias. De pronto, la dureza de sus facciones se rompió en una sonrisa cálida y cómplice que surgió de la nada.
—Sé perfectamente que no estabas fingiendo absolutamente nada con ella ahí dentro —afirmó Hannah, sin preámbulos, siempre directa —. Confío en ti. Es una de las mejores personas que conozco, así que te lo diré una sola vez: no la cagues.
No necesité emitir un discurso ni dar explicaciones. Sostuve su mirada con absoluta solemnidad y le dediqué un único, lento y rotundo asentimiento de cabeza, dándole la razón sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Jamás la iba a cagar con ella.