SEIS
Ian
D e pie frente al espejo del baño, me pasé la mano izquierda por la mandíbula recién afeitada.
Habían pasado dos semanas desde la noche en que Savannah se quedó dormida encima de mí.
Ya podía ponerme una camisa de franela sin sentir que me estaban arrancando el brazo de cuajo.
La fractura iba soldando, el dolor constante había remitido a una molestia sorda y la movilidad regresaba a pasos agigantados.
Estaba a medio camino de la curación física, pero a nivel mental, era un absoluto desastre.
Cerré los ojos un instante y mi cerebro reprodujo, con una nitidez torturadora, la sensación del peso cálido de la cabeza de Savannah descansando sobre mi muslo izquierdo.
Recordé la suavidad infinita de su pelo caoba enredándose entre mis dedos, el ritmo pausado de su respiración en la penumbra del salón y la agonía pura y dura que supuso tener su rostro a escasos centímetros de la erección implacable que me castigó durante horas. Fue un suplicio delicioso.
Reconocía sin el menor atisbo de duda que había sido el mejor momento que había compartido con una mujer en toda mi vida adulta.
Yo no era, ni de lejos, un monje célibe.
Tenía treinta y dos años y el cuerpo acostumbrado a exigir una liberación física.
Había tenido mis aventuras, siempre fuera de las fronteras de Wildwater Falls, encuentros esporádicos en los que siempre dejaba una regla inquebrantable sobre la mesa: nada de relaciones a largo plazo, nada de ataduras emocionales.
El sexo era solo una descarga. Pero el simple hecho de servirle de almohada a Savannah, rozar su cuero cabelludo mientras dormía confiada contra mí, había sido mil veces más embriagador y excitante que todas aquellas noches de sábanas revueltas juntas.
Me pasé los dedos por el pelo corto, exhalando un suspiro frustrado.
Durante esas dos semanas, Savannah había mantenido su palabra.
Había seguido visitándome, trayéndome los recipientes con comida y revisando la inmovilización de mi clavícula con una pulcritud profesional intachable.
Pero el muro había vuelto a alzarse. No habíamos vuelto a cenar juntos, ni a ver películas, ni a rozarnos más allá de lo estrictamente médico.
Su retirada me estaba matando lentamente.
Pero era viernes y estaba dispuesto a cambiar las reglas del juego.
El sonido del claxon de una furgoneta resonó en la calle. Caleb y Hannah habían llegado.
Agarré mi chaqueta con cuidado, me la eché sobre los hombros y salí al fresco de finales de septiembre. Cuando subí a la parte trasera del vehículo de Caleb, la calidez del habitáculo y las sonrisas de mis dos amigos actuaron como un bálsamo.
—¡Mírate! —exclamó Hannah desde el asiento del copiloto, girándose para evaluarme con sus inconfundibles ojos de jefa de trauma—. Tienes mucho mejor color, Collins. Parece que ser un paciente obediente da sus frutos.
—Me conformo con no terminar en un quirófano, O’Malley —repliqué, esbozando una media sonrisa.
Caleb arrancó el motor con una carcajada breve.
—Me alegra verte fuera de esa cueva, hermano —dijo el piloto, mirándome por el espejo retrovisor—. Vamos a por una cerveza.
The Switchback nos recibió con su atmósfera inconfundible: una mezcla de olor a lúpulo, madera encerada, humo de leña y fritura.
El bullicio del inicio del fin de semana llenaba el local, pero mis ojos escanearon el espacio abarrotado con la precisión de un radar hasta localizar nuestro rincón habitual al fondo del bar.
Allí estaban. Y allí estaba ella.
Savannah estaba sentada en un taburete alto, vestida con unos vaqueros oscuros que se ceñían perfectamente a sus curvas y un jersey de punto color crema que dejaba uno de sus hombros al descubierto.
Reía abiertamente por algo que Noah le estaba contando, con los ojos avellana brillando bajo la luz cálida de las lámparas de filamento.
El instinto de posesión me golpeó el pecho con tanta fuerza que casi me deja sin aliento. Avancé entre las mesas, flanqueado por Caleb y Hannah, sintiendo que la gravedad del bar entero me empujaba hacia ella.
Cuando llegamos a la mesa, la atención se volcó sobre mí.
—¡Por fin! —exclamó Avery, levantándose de un salto. Mi hermana pequeña me rodeó la cintura y me dio un abrazo mucho más apretado y largo de lo habitual —. Empezaba a pensar que tendríamos que ir a sacarte con el equipo de excarcelación.
—Ha salido el ermitaño de la montaña —se burló Noah, dándome una palmada cuidadosa en la espalda sana, con su habitual sonrisa canalla—. Te estábamos guardando el sitio, hermano.
—Más te vale no haber forzado ese callo óseo, cuñado —añadió Logan Pierce, abrazando a Avery por la cintura, mirándome con la ceja arqueada propia de un cirujano ortopédico que no se deja engañar por falsas mejorías.
—Estoy cumpliendo las normas, doc —murmuré, devolviéndoles el saludo a todos, empapándome de la lealtad y la camaradería que me anclaba a aquel lugar.
Caleb, a mi lado, asintió con fervor, dejando claro que estaba contando los minutos para volver a tenerme en la puerta del helicóptero. Éramos una familia.
Pero mi objetivo era claro. Esquivé los dos taburetes libres frente a mí y caminé directo hacia el único asiento que quedaba justo al lado de Savannah.
Me senté a su lado, invadiendo su espacio vital con un movimiento deliberado. Mi rodilla izquierda rozó la tela de sus vaqueros bajo la mesa. Pude notar el respingo casi imperceptible que dio al sentir el contacto.
—Hola —le dije, bajando el tono de voz para que mis palabras se colaran por debajo del ruido del bar, destinadas únicamente a ella.
Savannah giró el rostro hacia mí. El rubor le tiñó las mejillas casi al instante, un contraste precioso con el brillo de sus ojos.
Ella era la única persona a la que veía a diario, habíamos desarrollado cierta confianza, a pesar de los muros que levantaba Savannah a su alrededor; pero aquí, rodeados de gente, en un espacio público donde durante años se había sentido juzgada y minimizada, se volvía tímida y cautelosa.
—Hola, Ian —respondió en un susurro cálido, ofreciéndome una sonrisa afable y cariñosa, aunque mantenía las manos entrelazadas sobre la madera de la mesa en un gesto de nerviosismo contenido—. Tienes... tienes buen aspecto.
—Me siento mucho mejor —aseguré, sosteniéndole la mirada con una fijeza que no dejaba lugar a dudas sobre la naturaleza de mis intenciones —. Especialmente ahora.
Savannah parpadeó, asimilando el peso de mis palabras, y se mordió el labio inferior para reprimir una sonrisa más amplia. No intentó apartar su rodilla de la mía. Me recosté en el taburete, dispuesto a disfrutar de la noche.
Las jarras de cerveza helada acababan de aterrizar sobre la madera desgastada de nuestra mesa, dejando un rastro de condensación brillante, cuando la pesada puerta de roble de The Switchback se abrió de par en par.
Giré la cabeza con lentitud, con el instinto de alerta disparándose en mis venas, y lo vi.
Phillip Brooks acababa de cruzar el umbral.
No venía solo. Iba escoltado por otra pareja del pueblo y, colgada de su brazo con una afectación exagerada, caminaba Amber, su amante.
Verlo allí era raro. Phillip detestaba aquel bar; cuando estaban casados, las pocas veces que Savannah lograba convencerlo de ir, él se pasaba la noche amargado, humillándola con comentarios pasivo-agresivos o, en el peor de los casos, levantándose y dejándola plantada frente a todos nosotros.
Su presencia aquella noche no era casual.
—Qué estómago hay que tener —masculló Hannah por lo bajo, con un tono cargado de ácido, clavando sus ojos en la chica que acompañaba al exmarido de su mejor amiga—. Esa niña apenas acaba de cumplir los dieciocho años. Es repulsivo.
Desvié la vista hacia Savannah. La mujer que llevaba toda la noche riendo, relajada y luminosa, pareció encogerse sobre sí misma.
Sus hombros se hundieron, su mirada cayó hacia la superficie de la mesa y el bochorno le tiñó las mejillas.
Phillip y Amber se sentaron en una mesa a escasos metros de la nuestra, enfrascados en una exhibición de caricias grotescas y risas artificialmente altas, diseñadas específicamente para ser vistas.
Y entonces, el destello dorado capturó la luz de las lámparas.
Amber levantó la mano para llamar a la camarera, y el brillo inconfundible de los dijes casi nos cegó a todos.
Llevaba la pulsera. La misma pulsera ostentosa, hortera y recargada de diamantes que Phillip le había exigido a Savannah hacía un par de semanas a cambio de la firma del divorcio.
Se la había arrancado a su exmujer solo para colgarla en la muñeca de una adolescente.
La sangre me hirvió en las venas. A mi alrededor, el grupo reaccionó con la misma ferocidad. Noah apretó los puños sobre la mesa hasta que los nudillos se le quedaron blancos, y Logan se inclinó hacia delante con la mandíbula tensa, dispuesto a levantarse.
—Si me dais cinco minutos, le arranco los dientes a ese imbécil —gruñó Noah, con la voz vibrando de furia contenida.
—Ponte a la cola —secundó Logan.
—Tranquilos —ordenó Caleb. Nuestro piloto mantenía los brazos cruzados, pero la frialdad asesina de sus ojos desmentía su aparente calma—. No vamos a montar una escena. Es exactamente lo que él quiere.
—Caleb tiene razón. Es una provocación de manual. Está buscando casito —sentenció Avery, fulminando a Phillip con la mirada.
Pero Savannah no los escuchaba. Estaba paralizada, atrapada en el centro de la atención y la lástima de sus propios amigos. Sabía lo que pasaba por su cabeza: odiaba ser la víctima, odiaba que la compadecieran, y la exhibición de la pulsera la estaba ahogando de vergüenza.
No lo pensé. Me deslicé en mi taburete, acortando el último milímetro que nos separaba, y pasé mi brazo izquierdo por encima del respaldo de su silla. La envolví en mi espacio, reclamándola a la vista de todo el local.