CINCO #2
Ian detuvo el tenedor a mitad de camino y me miró.
Y entonces, me di cuenta de un detalle abrumador: me estaba escuchando.
No solo me oía; me escuchaba de verdad. Sus ojos seguían el movimiento de mis labios, procesando mis palabras, valorando mis opiniones sin interrumpirme, sin desestimar lo que yo aportaba a la conversación.
Phillip jamás había hecho eso. Mi exmarido utilizaba mis silencios para coger aire y seguir hablando de sí mismo.
Ian, en cambio, me daba el espacio, me cedía la palabra y me hacía sentir que mi voz importaba.
Terminamos de cenar enfrascados en una dinámica cómoda. Cuando Ian dejó los cubiertos sobre el plato vacío, noté que la tensión de sus hombros había disminuido. El narcótico empezaba a hacer efecto, relajando los músculos y nublando ligeramente el brillo de sus ojos.
Me puse en pie, recogí ambos platos y los llevé hacia el fregadero.
—Yo me encargo de fregar esto —anuncié, abriendo el grifo del agua caliente—. Tú, al sofá.
Ian frunció el ceño por puro acto reflejo, apoyando las manos en la mesa para incorporarse.
—No tienes que hacerlo, Savannah. Tú también estás cansada. Puedo meterlos en el lavavajillas...
—He dicho al sofá, Collins —le interrumpí, girando la cabeza por encima del hombro para clavarle una mirada severa que escondía una sonrisa—. Órdenes médicas. Me has prometido dejar de ser gruñón y obedecer esta noche. Y recoger la cocina cuenta como un esfuerzo innecesario para esa clavícula.
Esbocé una sonrisa triunfal cuando lo vi exhalar un suspiro grave y asentir.
—A sus órdenes, enfermera —murmuró, arrastrando las palabras con una mezcla de cansancio y un magnetismo ronco que me aceleró el pulso.
Se giró despacio y caminó hacia el salón, dejándome a solas con el sonido del agua corriendo y un sentimiento de pertenencia tan profundo que me asustó más que cualquier amenaza exterior.
✽✽✽
El sonido del agua al colarse por el desagüe del fregadero y el leve crujido del paño de cocina mientras me secaba las manos marcaron el final de mis tareas.
Dejé el trapo doblado con pulcritud sobre la encimera y me giré hacia el salón.
La única iluminación de la estancia provenía de la gran pantalla del televisor, que arrojaba destellos azulados y blancos sobre las paredes de madera oscura.
Ian estaba recostado en el sofá de cuero, con el brazo izquierdo apoyado sobre el abdomen y las piernas ligeramente separadas.
Me acerqué lentamente, arrastrando las suelas de mis zapatillas por el suelo, hasta distinguir la inmensidad blanca y helada que ocupaba la pantalla. Una figura masculina arrastraba a una mujer a través de la nieve profunda de una cordillera interminable.
—Es La montaña entre nosotros —murmuré, deteniéndome detrás del sofá. Reconocí al instante a Idris Elba y a Kate Winslet—. Es una de mis películas favoritas.
Ian ladeó la cabeza ligeramente para mirarme por encima del hombro.
—Ah, ¿sí? —preguntó en voz baja.
—Sí. Me fascina la conexión que se forja entre ellos —expliqué, rodeando el mueble para quedar dentro de su campo de visión—. Cómo el instinto de supervivencia los despoja de todo y los obliga a confiar el uno en el otro hasta el punto de enamorarse. Es una intimidad preciosa.
La comisura de los labios de Ian se curvó en una media sonrisa que lo hacía parecer un actor de cine devastadoramente guapo.
—Yo la he puesto para ver el realismo de la supervivencia en plena montaña —confesó, con ese tono grave y sosegado que me enviaba vibraciones directas a la base del estómago.
Me eché a reír por lo bajo. Hacía mucho tiempo que no me reía así, genuinamente. El contraste entre mi visión romántica y su mente analítica de bombero de rescate era tan abismal como perfecto. Nuestras miradas se engancharon en medio del salón. El aire pareció espesarse.
Ian sostuvo mi mirada sin titubear, con una intensidad que me dejó sin aliento.
—Siéntate —me pidió, o más bien me ordenó con una suavidad magnética, apartándose hacia un lado del sofá para hacerme sitio—. Acompáñame a ver si las técnicas de supervivencia son verosímiles.
Acepté de buen grado. Me senté a su izquierda, dejando una distancia prudencial, pero lo suficientemente cerca como para percibir el calor que irradiaba su cuerpo y el aroma a jabón limpio que desprendía su piel.
Doblé las piernas bajo mis caderas y me acomodé contra el respaldo.
—¿Tienes palomitas? —pregunté, rompiendo el silencio mientras la película avanzaba.
Ian soltó una pequeña carcajada ronca, negando con la cabeza.
—No —admitió—. No acostumbro a tener noches de película. Lo mío suele ser leer o repasar mapas topográficos hasta caer dormido.
—Qué aburrido, Collins —bromeé sin pensar, contagiada por la confianza que nos rodeaba—. La próxima vez las traeré yo.
Las palabras abandonaron mi boca antes de que mi cerebro pudiera filtrarlas.
Me quedé helada. Acababa de auto invitarme a una futura noche de cine en su casa, asumiendo una continuidad en nuestra rutina que excedía con creces el papel de enfermera improvisada.
Sentí que el calor me subía por el cuello, incendiándome las mejillas a una velocidad vertiginosa.
Parpadeé, buscando una excusa para retroceder.
Pero Ian no me dejó huir. Giró el rostro hacia mí y me observó con una fijeza insoportablemente suave. No había burla en sus ojos, solo una aceptación rotunda que me desarmó por completo.
—De acuerdo —sentenció, con la voz un tono más grave de lo normal—. La próxima vez, te encargas tú de traer las palomitas.
Tragué saliva, incapaz de apartar la vista.
Asentí en silencio y devolví la vista a la pantalla. Mis párpados comenzaron a pesar, cerrándose por fracciones de segundo cada vez más largas, hasta que la nieve de la pantalla se fundió a negro en mi mente.
Me desperté de forma abrupta, con el corazón encogido por la desorientación inicial. El televisor mostraba los créditos finales en un absoluto silencio.
Mi cabeza no descansaba sobre el respaldo del sofá. Descansaba sobre la pierna de Ian.
En algún momento de la película había terminado acurrucada contra él, con la mejilla firmemente apoyada sobre su muslo izquierdo.
La textura del pantalón de chándal raspaba ligeramente contra mi piel, pero lo que dominaba mis sentidos era la firmeza musculosa de la pierna que me sostenía, y el calor abrumador que emanaba de él.
Sentí un peso cálido y protector sobre mi cabeza. La mano izquierda de Ian, grande y pesada, estaba completamente enredada en la mata de mi pelo caoba. Sus dedos largos descansaban contra mi cuero cabelludo con una naturalidad posesiva que me cortó la respiración.
Me incorporé de golpe, casi tropezando con mis propias piernas, horrorizada por mi atrevimiento.
—¡Lo siento! —exclamé en un susurro ahogado, apartándome el pelo de la cara, sintiendo que la sangre me ardía de pura vergüenza—. Dios mío, Ian, lo siento muchísimo. Me he quedado dormida encima de ti.
Ian no se inmutó. Me miró desde su posición recostada, con los ojos entrecerrados por la relajación de la medicación y una expresión de paz que jamás le había visto. Su mano, que había estado enredada en mi pelo, cayó sobre su propia rodilla.
—No te disculpes —murmuró, y su voz, rasposa por el letargo, vibró en el silencio del salón—. Me ha encantado sentirme útil, Savannah. Me gusta servirte de almohada.
La franqueza de sus palabras y la ausencia total de incomodidad por el contacto físico me desestabilizaron aún más. El pulso me latía en las sienes. El nivel de intimidad que habíamos alcanzado en esa penumbra era demasiado real, demasiado peligroso para la precaria estabilidad de mi mundo.
—Es... es muy tarde —balbuceé, poniéndome en pie con torpeza, huyendo de mis propios instintos y de la necesidad imperiosa de volver a tumbarme sobre él—. Tengo que irme a casa.
Agarré mi bolso de urgencias y mi abrigo de la silla del pasillo, moviéndome con una rapidez caótica que contrastaba con la quietud que él seguía proyectando desde el sofá.
—Descansa, Ian. Nos vemos mañana.
—Buenas noches, Savannah.
Giré el pomo y salí al rellano, cerrando la puerta a mis espaldas, sintiendo que el frío de la noche no sería suficiente para apagar el incendio que acababa de prenderse en mi interior.