CINCO
Savannah
M e quedé allí de pie, con los puños aún apretados a los costados y el pecho subiendo y bajando de forma errática. El subidón de adrenalina empezó a disiparse, dejando a su paso un frío repentino y un sofoco de pura vergüenza que me trepó por el cuello hasta quemarme las mejillas.
Parpadeé, rompiendo el trance, y desvié la mirada hacia la encimera de granito. Me sentí profundamente idiota. Acababa de gritarle a Ian Collins en su propia casa.
Di un paso atrás por puro instinto, cruzando los brazos sobre mi estómago en un gesto defensivo que llevaba años perfeccionando. Me encogí un poco, que Ian hubiera reculado con tanta facilidad me avergonzaba aún más.
—Lo siento —murmuré. Mi voz salió frágil, despojada de toda la fiereza de hacía un segundo —. Siento mucho haber estallado así. No tenía ningún derecho a hablarte con ese tono.
Levanté la vista despacio, él ya se había tragado la pastilla narcótica.
Estaba recostado contra el respaldo de la silla de madera, con los hombros relajados y el pecho ancho subiendo y bajando a un ritmo pausado.
Sus ojos verde claro no albergaban ni un ápice de juicio ni de enfado; me observaban con una fijeza cálida cargada de un respeto que me desarmó por completo.
—He tenido un día espantoso, Ian, y he pagado mi frustración contigo —continué, sintiendo la necesidad imperiosa de explicarme —.
Recibí un correo de mi abogado esta mañana informándome de que Phillip exige que le devuelva hasta el último de los regalos de aniversario para dignarse a firmar el divorcio.
Luego... a mediodía, recibí una nota de voz de mi madre.
Llevo años sin verla. Vive en Portland. Pero me ha anunciado que se muda a Wildwater Falls en cuatro semanas solo porque Georgia regresa al pueblo.
Va a volver para estar con ella, e incluso a kilómetros de distancia se las ha arreglado para hacerme sentir defectuosa.
Ian no me interrumpió. No apartó la vista. Me escuchaba sin juicio ni reproche en su mirada.
—Y para rematar el turno —añadí, soltando una risa amarga y carente de humor—, los padres de Phillip han aparecido en mi box de urgencias. He tenido que pedir que reasignaran el caso porque estaba a punto de perder los nervios.
Dejé caer los brazos a los lados, sintiendo un agotamiento absoluto después de un día de mierda.
—No quiero sonar como una quejica —concluí, negando con la cabeza—. Especialmente contigo. Tú eres el que tiene un hueso roto, el que lleva una semana encerrado entre estas cuatro paredes, soportando el dolor y la frustración de no poder ir a trabajar. No debería haberte soltado toda esta miseria.
Ian se inclinó ligeramente hacia delante. El movimiento del torso, a pesar del cabestrillo, destilaba una tranquilidad protectora.
—No me has soltado ninguna miseria, Savannah. Y no eres una quejica —dijo. Su voz era grave y ronca. Sonaba como un refugio—. Eres una mujer que ha aguantado demasiado durante demasiado tiempo.
El contraste entre su actitud huraña de esa misma mañana y la suavidad que me ofrecía en ese instante me cortó la respiración.
—No he sido un paciente fácil. Lo sé —continuó Ian, mirándome directamente a los ojos —. Te prometo que voy a dejar de ser tan difícil. Me tomaré los calmantes sin rechistar y cumpliré con el reposo. Pero tienes que hacerme un favor a cambio.
Tragué saliva, hipnotizada por la intensidad de su mirada.
—¿Qué favor? —pregunté en un susurro.
—No me dejes tirado esta noche —pidió, señalando con la barbilla las bolsas de papel que descansaban sobre la isla de granito—.
Quédate a cenar conmigo. Saca esos recipientes, siéntate aquí y desahógate todo lo que necesites.
Te escucharé. No te juzgaré. Podemos hacernos compañía juntos en nuestra miseria.
Un calor inmenso se expandió por mi caja torácica. Me enternecí de una forma tan profunda y visceral que me asustó.
Mientras daba un paso hacia la isla y empezaba a sacar los envases con la cena, una revelación brutal me golpeó la mente.
Acababa de gritarle a Ian Collins. Acababa de perder los estribos con un hombre de metro noventa y cinco, con un bombero de rescate que desprendía una presencia alfa intimidante, un hombre endurecido por la montaña y las emergencias.
Y, sin embargo, no le tenía el más mínimo miedo.
Durante casi diez años, jamás había alzado la voz contra Phillip.
Había tragado bilis, había soportado sus humillaciones y su desprecio sin devolverle una sola réplica, aterrorizada por sus represalias emocionales, por sus silencios castigadores o por sus insultos.
Me había hecho pequeña frente a un tipo mediocre.
Pero frente a Ian, me había permitido explotar, mostrar mi rabia, mi frustración y mis sombras, sabiendo que él no iba a utilizar mis emociones en mi contra. Me había dado el espacio para estallar y, en lugar de castigarme, me había ofrecido apoyo y su atención. Podía ser yo misma.
Asentí en silencio, sacando los cubiertos del cajón con las manos por fin estables, y me senté frente a él.
Pensé en traer hamburguesas o un buen filete, pero sabía que para Ian sería difícil comer con un brazo inmovilizado, así que opté por el estofado de albóndigas caseras y puré de patatas del restaurante de los Pierce. Serví dos platos y una buena ración de pan junto con sendos vasos de agua.
Observé a Ian por encima del borde de mi vaso. Ahora comía despacio, manejando el tenedor con la mano izquierda con una destreza admirable, aunque la rigidez de su mandíbula delataba el esfuerzo constante por no mover el hombro derecho.
—Me he peleado con la colada esta tarde y he perdido por goleada —confesó de pronto, rompiendo la quietud.
Su tono era grave, pero había un matiz de ironía resignada que me arrancó una media sonrisa—.
Intentar pasar la ropa de la lavadora a la secadora con un solo brazo es una experiencia humillante.
He terminado sentado en el suelo de la cocina, sudando como si hubiera escalado la cara norte del Denali.
Apoyé los codos sobre la madera de la mesa. Por primera vez en todo el día, me sentí verdaderamente tranquila.
—Ian, es una pelea absurda —le reprendí suavemente—. Si el cesto acumula ropa sucia durante una semana, te prometo que el universo no va a implosionar. No tienes que demostrarle a nadie que eres invencible.
—La inactividad me vuelve loco, Savannah.
—Lo sé. Pero tu único trabajo ahora mismo es darle un respiro a tu cuerpo.
Tienes que centrarte en descansar para que ese hueso suelde correctamente —le recordé, pinchando un trozo de zanahoria con el tenedor—.
Odiarás más la inactividad si acabas en el quirófano de Logan por haber forzado la máquina.
Al pensar en su cuerpo, mi mirada, que hasta ese momento se había mantenido en sus ojos, descendió de forma instintiva hacia la amplitud de sus hombros bajo la camiseta de algodón gris.
A pesar del cabestrillo y de la postura ligeramente encorvada por el dolor, proyectaba un aura de poder imposible de ignorar.
Era el tipo de hombre que no necesitaba alardear de su fuerza ni levantar la voz para dominar una habitación.
Mis ojos se posaron en su mano izquierda, apoyada sobre la mesa.
Eran unas manos grandes, marcadas por los callos de la cuerda de escalada y del trabajo duro en la montaña.
Dedos largos, firmes y precisos. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral al imaginar cómo debían sentirse esas manos sobre la piel desnuda de una mujer.
Cómo sería ser el foco de esa atención intensa y callada.
El calor se me acumuló en el bajo vientre, un deseo denso y repentino que me hizo apartar la vista hacia mi plato con rapidez, asustada por la magnitud de mi propia fantasía.
Era una locura. Sentirme atraída por él era natural, Ian no era alguien del montón, pero cruzar la línea en mi cabeza me parecía del todo inadecuado.
Ian era un héroe local, un hombre centrado y espectacular.
Yo era una mujer que dormía en una casa prestada, que aún arrastraba la vergüenza de un divorcio traumático y que se encogía ante los mensajes de voz de su propia madre.
¿Quién iba a quererme? No era suficiente para él. Jamás lo sería.
—Caleb me ha llamado antes de que llegaras —comentó Ian, ajeno al torbellino de inseguridades que me estaba devorando, y continuó hablando con una fluidez que me tomó por sorpresa.
Estaba acostumbrada a un Ian silencioso y observador.
Jamás hubiera imaginado que en la intimidad de su piso fuera tan comunicativo —.
Está desesperado. Dice que el novato que me sustituye no tiene la estabilidad necesaria.
Está cometiendo errores nada propios de un miembro del equipo Alfa.
—Es normal que eches de menos la acción, Ian —respondí, aferrándome a la conversación para huir de mis pensamientos—. Te has dedicado a salvar vidas colgado de un cable durante más de una década. Es la primera vez que te ves obligado a parar de golpe. Debes tener paciencia.
—Noah es el mejor técnico sanitario que he visto en acción —continuó él, con los ojos brillando al hablar de su equipo—.
Trabajar con él en el Alfa Uno te da una seguridad brutal.
Si yo no estoy para estabilizar el descenso, toda la sincronía del equipo se va al infierno.
Odio no estar allí para cubrirles las espaldas.
—Ellos también te echan de menos —le aseguré, sonriendo con sinceridad al ver la lealtad feroz que le profesaba a su manada—.
Caleb y Noah saben que los tres tenéis una química envidiable.
Hacéis rescates que otros equipos ni siquiera intentarían.
Noah me lo comenta a menudo, ¿sabes? Siempre dice que eres el rescatista más rápido descendiendo por el cable y sacando a la gente del abismo. Que confía en ti a ciegas.