Ridge (Wildwater Falls 3) CUATRO #3
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CUATRO #3

—No deberías haberte molestado en traer la cena, Savannah —murmuré, cerrando la puerta con la mano izquierda, sintiendo una punzada de culpa al ver lo exhausta que estaba—. Podría haber pedido que me trajeran algo. No tienes por qué cargar con mis comidas después de un turno de urgencias.

Ella dejó las bolsas sobre la isla de la cocina con movimientos mecánicos. No me miró.

—La medicación que te he traído es un narcótico fuerte —respondió, con un tono plano, profesional y desprovisto de cualquier atisbo de la calidez que nos había envuelto esa misma mañana—.

Necesitas tener el estómago lleno antes de tomarla, o acabarás vomitando bilis y forzando la musculatura del pecho. He preferido asegurarme.

Fruncí el ceño. Caminé hasta la cocina y me dejé caer en la silla de madera. Savannah se quitó el abrigo, se lavó las manos en el fregadero con agua casi hirviendo y se colocó frente a mí para revisarme el vendaje.

Su silencio era sepulcral. No hubo parloteo nervioso, no hubo explicaciones clínicas sobre la calcificación ósea ni sobre el tiempo que me quedaba para recuperar la movilidad.

Sus dedos, que horas antes me habían parecido una caricia, ahora se movían con una eficiencia clínica y distante, ajustando los velcros de la cincha sin demorarse ni una fracción de segundo más de lo necesario sobre mi piel.

Percibí la tensión rígida en sus hombros, la forma en que apretaba los labios y la dureza que le tensaba la mandíbula. Algo le había pasado durante ese turno.

La frustración que yo mismo llevaba arrastrando todo el día, espoleada por el latido incesante del hueso fracturado, empezó a nublarme el juicio.

Cuando Savannah retrocedió un paso, sacó un blíster de la bolsa de la farmacia, extrajo una pastilla blanca y me la tendió junto a un vaso de agua, mi orgullo herido se rebeló.

—No voy a tomarme eso —gruñí, apartando la vista hacia la encimera. El dolor me estaba volviendo arisco, estúpido e irracional—. Ya le dije a Avery que detesto el efecto sedante. Me deja el cerebro como si estuviera relleno de algodón. Puedo aguantar el tirón.

Savannah se quedó inmóvil. La pastilla descansaba sobre la palma de su mano, suspendida en el aire entre los dos.

Y entonces, el dique se rompió.

El sonido del vaso de cristal golpeando la encimera fue como un disparo en el silencio de la cocina. Savannah no me gritó de inmediato; el estallido comenzó como un temblor en sus manos, una indignación pura y volcánica que le subió por el pecho hasta incendiarle los ojos.

—¡Eres un maldito cabezota insoportable, Ian Collins! —estalló. Su voz, normalmente dulce y contenida, salió con una fuerza que hizo vibrar el aire a mi alrededor—. ¡Te vas a tomar la maldita medicación y vas a dejar de quejarte como un niño pequeño al que le han quitado un juguete!

Me quedé paralizado, clavado en la silla, con los ojos muy abiertos. Jamás la había visto así. Era fuego puro.

—¡Tienes gente que te adora! —continuó, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con una fiereza que me cortó la respiración—.

Tienes a tu madre llamándote, a tu hermana revisándote, a tus compañeros de equipo pendientes de ti.

¡Tienes suerte de que la gente se preocupe por ti y quiera ayudarte!

¿Te crees que la vulnerabilidad es una debilidad? ¡Es un maldito privilegio!

Sus manos se cerraron en puños a los costados de su cuerpo. El pecho le subía y bajaba con una agitación violenta.

—¡Tienes suerte de no tener un ex idiota, narcisista y cobarde que te exige que le devuelvas hasta el último de sus asquerosos regalos de aniversario antes de dignarse a firmar el divorcio!

—Las palabras salían de su boca atropelladas, cargadas de una bilis y un dolor que me revolvieron las entrañas—.

¡Tienes suerte de no tener una madre que te llama al trabajo para anunciarte que vuelve al pueblo, no para apoyarte cuando tu vida se desmorona, sino para estar cerca de tu hermana porque tú nunca has sido ni serás suficiente para ella!

Savannah se detuvo de golpe, ahogando un sollozo seco en la garganta. La confesión quedó suspendida en el aire. Sus ojos avellana brillaban por la acumulación de lágrimas que se negaba a derramar frente a mí.

La observé en un silencio absoluto. La presión en mi pecho no tenía nada que ver con la lesión.

Avery tenía razón: Savannah no estaba rota.

Estaba harta. Era una mujer fuerte, fiera y leal que llevaba demasiado tiempo rodeada de imbéciles que se alimentaban de su energía, que la menospreciaban y la utilizaban como un felpudo emocional.

La madre narcisista. El exmarido patético. Las exigencias interminables de un entorno tóxico. Y ahora, yo. El supuesto héroe obligándola a pelear conmigo para que me dejara cuidar.

Asimilé cada una de sus palabras y las grabé a fuego en mi memoria. Me prometí a mí mismo que jamás volvería a ser uno de esos idiotas.

Alcé la mano izquierda, despacio, para no asustarla, y tomé la pastilla blanca que había quedado junto al vaso de agua en la encimera.

—Tienes toda la razón —murmuré, con una voz ronca mirándola a los ojos.

Me metí el medicamento en la boca y di un trago largo de agua. Dejé el vaso sobre la mesa y me recosté en la silla, relajando la postura.