Ridge (Wildwater Falls 3) CUATRO #2
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CUATRO #2

—Como quieras. Sigue destrozándote los nervios en este encierro —dijo, restándole importancia con un gesto de la mano—.

Por cierto, Caleb me ha dicho que te ha llamado.

Mañana es viernes. Vamos a ir todos a The Switchback al terminar el turno de tarde.

Deberías venir, aunque sea un par de horas.

Te sentará bien ver caras que no sean las tuyas en el espejo del baño.

—Ya se lo he dicho a Caleb. No tengo el cuerpo para aguantar el ruido del bar ni las preguntas condescendientes de medio pueblo —corté, tajante—. Prefiero quedarme aquí.

Avery frunció el ceño. Se giró hacia la isla de la cocina y luego regresó la vista hacia mí, deteniéndose en el levísimo temblor involuntario que me recorría los dedos de la mano izquierda, un reflejo inconfundible del dolor continuo que llevaba horas soportando.

Sus ojos se abrieron un milímetro más por la sorpresa antes de transformarse en pura indignación profesional.

—No te estás tomando la medicación —afirmó.

No era una pregunta; era una acusación directa de una enfermera de cirugía que conocía al milímetro los síntomas del sufrimiento físico—.

Los botes de la farmacia no están por ninguna parte y tienes el rictus de dolor que se le queda a los pacientes cuando se les pasa la anestesia local.

¿Se puede saber qué demonios estás haciendo, Ian?

Intenté desviar la mirada hacia la televisión, buscando una vía de escape, pero ella se interpuso en mi línea de visión.

—No es para tanto —gruñí, esquivando el núcleo del asunto—. Tomo analgésicos suaves cuando el latido se vuelve demasiado molesto. Con eso es suficiente.

—¿Suficiente? ¿Un par de paracetamoles para un hueso que soporta la tensión del trapecio y del deltoides?

—Avery dio un paso hacia el sofá, con la voz encendida—.

Eso es una locura, Ian. Logan te pautó analgésicos narcóticos para las primeras dos semanas.

Necesitas relajar la musculatura para ayudar en la curación.

—Odio esa mierda —admití por fin, perdiendo la paciencia, permitiendo que la frustración aflorara sin filtros—. Odio el efecto sedante. Odio sentir que se me nubla el cerebro, que reacciono tarde y que camino como un zombi por mi propia casa. Prefiero el dolor mil veces antes que perder la lucidez.

Avery se quedó mirándome, con una mezcla de lástima y exasperación que me revolvió las entrañas. Abrió la boca para soltarme otro sermón clínico, pero me adelanté antes de que pudiera empezar.

—Además, Savannah va a traerme la medicación adecuada más tarde —solté, intentando usar un tono casual para cerrar el debate—. Ha visto que no había ido a la farmacia y me ha dicho que pasaría al terminar su guardia en urgencias para traérmela ella misma. Así que deja de preocuparte.

El silencio que cayó sobre la habitación fue instantáneo, denso y cargado de una vibración completamente distinta.

Avery cerró la boca despacio. Su postura rígida de enfermera se desvaneció y su mirada que se volvió repentinamente astuta, casi divertida.

Se apoyó contra el borde de la mesa de centro, observándome de una forma que me hizo desear no haber abierto la boca.

—¿Con que Savannah va a venir más tarde? —preguntó, arrastrando las palabras con una lentitud intencionada—. ¿Cómo os va... con todo esto?

Me mantuve inmóvil, forzando a cada músculo de mi rostro a adoptar una expresión de absoluta indiferencia.

—Bien —respondí, plano—. Es de gran ayuda. Es una excelente enfermera y sabe perfectamente cómo ajustar las cinchas del vendaje sin desplazar la fractura. Le estoy agradecido.

Avery soltó una risa, un sonido suave que se me clavó como una espina.

—Ian, por el amor de Dios, soy tu hermana —dijo, inclinando la cabeza hacia un lado, mirándome con una lucidez implacable—.

No soy tonta, y tú tampoco eres tan buen actor como crees.

Llevo meses, tal vez años, viendo cómo cambias la postura cada vez que Savannah entra en una habitación.

Conozco esa fijeza en tus ojos, hermanito.

Sé exactamente cómo la miras cuando crees que nadie te observa.

Sentí que el calor me subía por el cuello y apreté la mano izquierda contra el cojín del sofá.

—No hay nada, Avery —sentencié, endureciendo el tono para marcar el límite—. Solo es una amiga del grupo que se ha ofrecido a echarme una mano porque sabe que estoy atrapado aquí. Respeta eso.

—Deja de hacerte el tonto conmigo —me espetó ella, dando un paso adelante, desnudando la verdad sin ningún tipo de floritura—. Estamos a solas en tu casa. Puedes engañar al mundo entero, incluido a ti mismo, pero a mí no. Te gusta. Te ha gustado desde siempre.

El peso de su insistencia terminó por quebrar la última barrera de mi reserva. Exhalé el aire en un suspiro prolongado y ronco, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sofá, admitiendo la derrota frente a la única persona que compartía mi sangre y mis silencios.

—De acuerdo —confesé. Las palabras salieron densas, pesadas, cargadas de una frustración moral que llevaba una semana devorándome por dentro—.

Sí, estoy interesado. Desde hace años. Pero sería de ser un auténtico imbécil, un miserable sin escrúpulos, intentar seducir a una mujer que acaba de salir de las cenizas de un matrimonio espantoso.

Savannah lo está pasando mal, Avery. Phillip la ha machacado durante años, le ha destrozado la autoestima y está lidiando con un proceso de divorcio humillante que la tiene exhausta.

Está vulnerable, herida y viviendo con muebles prestados.

Lo último que necesita es que un tipo intimidante, serio y para nada alegre se aproveche de su cercanía para meterse en su cama. No voy a ser ese hombre.

Avery me escuchó sin interrumpirme. La dureza de su expresión se transformó en una suavidad inusual, una empatía profunda que reflejaba su propio proceso de sanación junto a Logan. Se acercó a mí y, con un movimiento delicado, apoyó la mano sobre mi rodilla sana, apretándola con fuerza.

—Te equivocas en algo, hermano —dijo en un susurro firme, mirándome fijamente a los ojos—.

Savannah no está rota; Phillip no la rompió.

La hirió y menospreció que es algo muy diferente.

Es una enfermera de urgencias, Ian. Ha sostenido a pacientes ensangrentados, ha soportado la peor noche de nuestras vidas en la montaña y tiene un temple de acero que tú mismo has visto en cientos de ocasiones en el trabajo.

Es mucho más fuerte de lo que todos vosotros creéis.

Creer que es débil o está rota es infravalorarla, como han hecho otras personas de su vida.

Me quedé en silencio, asimilando el golpe de sus palabras.

—Y tal vez —continuó Avery, poniéndose en pie y recogiendo la gabardina del respaldo de la silla—, lo que una mujer necesita después de que un gilipollas la haya hecho sentir insignificante y defectuosa durante años...

es precisamente verse en los ojos de un hombre que la mire con un deseo limpio y absoluto.

Tal vez lo que Savannah necesite para recordar quién es, sea sentirse deseada de verdad. Piénsalo.

No respondí. Mantuve la vista fija en la pantalla del televisor mientras escuchaba el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo. El clic de la puerta principal al cerrarse decretó el regreso del silencio a mi piso.

Me quedé completamente inmóvil en la penumbra del salón.

Las palabras de Avery se habían clavado en mi mente como piolets en el hielo, abriendo grietas profundas en lo que creía saber.

Recordé el rubor ardiente de Savannah de esa mañana, la dilatación de sus pupilas al recorrer mi piel y la forma en que su respiración se había alterado al estar cerca de mí.

Cerré la mano izquierda en un puño ciego, sintiendo que el deseo regresaba con una violencia física implacable.

Dudaba de mí mismo, temía ser el lobo aprovechándose de la fragilidad de la cierva, pero la certeza de que faltaban pocos minutos para que llamara a mi puerta hizo que el corazón me golpeara con fuerza contra el pecho.

✽✽✽

La oscuridad había terminado de caer sobre las calles de Wildwater Falls cuando el sonido de los nudillos golpeando la madera de mi puerta me arrancó del letargo.

El dolor en la clavícula había dejado de ser una punzada intermitente para convertirse en un latido constante, denso y febril que me irradiaba hasta la mandíbula.

Había pasado las últimas horas consumiéndome en mi propia inmovilidad, rumiando las palabras de Avery y contando los minutos con una impaciencia casi animal.

Me levanté del sofá con pesadez, arrastrando los pies descalzos sobre la madera del suelo, y abrí la puerta.

Savannah estaba allí. El aire de septiembre se coló en el recibidor, agitando los mechones caoba que se le escapaban del moño deshecho.

Llevaba el mismo abrigo oscuro de la mañana, pero el cansancio que se le marcaba en las facciones era nuevo.

Sus ojos avellana, habitualmente cálidos y compasivos, estaban ensombrecidos, endurecidos por un agotamiento que parecía calarle hasta los huesos.

Traía una bolsa de papel de un restaurante local y una pequeña bolsa blanca de la farmacia.

—Pasa —le indiqué, apartándome para dejarla entrar.

Ella cruzó el umbral en silencio. El aroma a comida caliente, a carne asada y patatas, llenó de inmediato el pequeño recibidor, pero apenas registró en mi cerebro frente a la barrera de hielo que Savannah parecía haber levantado a su alrededor.