Ridge (Wildwater Falls 3) CUATRO
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CUATRO

Ian

E l zumbido monótono y vibrante de la secadora era el único sonido que rompía el silencio sepulcral de mi apartamento.

Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventana del salón, observando cómo la luz plomiza de la tarde empezaba a devorar las calles del centro del pueblo. Había sido un día miserable.

La clavícula me palpitaba con un ritmo sordo, caliente y profundamente lacerante.

Me había negado en rotundo a aceptar las constantes llamadas y mensajes de mi madre, que a media mañana se había vuelto aún más insistente con su oferta de venir a poner orden.

Para demostrarme a mí mismo que no la necesitaba, que seguía siendo el dueño de mi propia vida, había decidido hacer la colada y adecentar un poco el piso.

El resultado había sido un desastre humillante.

Trasladar la ropa mojada de la lavadora a la secadora utilizando un solo brazo me había dejado sin aliento, con el sudor perlándome la nuca y unas punzadas de dolor tan agudas cruzándome el hombro que tuve que sentarme en el suelo de la cocina durante diez minutos para no perder el conocimiento.

Ni siquiera había logrado terminar de limpiar. El paño del polvo yacía abandonado sobre la isla de la cocina, mudo testigo de mi fracaso.

Desesperado por escapar de las cuatro paredes que empezaban a asfixiarme, había intentado salir a dar un paseo.

Necesitaba el aire de la montaña en los pulmones, necesitaba el olor a tierra húmeda y a resina.

Me senté en el borde de la cama, logré meter los pies en mis botas de montaña, pero cuando intenté tensar y anudar los cordones con la mano izquierda, la torpeza me superó.

El nudo se deshacía una y otra vez. Tras el quinto intento, un tirón involuntario del hombro derecho me arrancó un gruñido ronco.

Ahora, con los pies descalzos sobre la madera del salón, me sentía como un animal atrapado en un cepo.

Caminé hasta el sofá de cuero oscuro y me dejé caer en él.

Encendí el televisor y puse un documental sobre la ascensión invernal al K2 en silencio, buscando alguna distracción visual.

Pero no había forma de encontrar una postura.

Si me reclinaba, la cincha del cabestrillo se me clavaba en las costillas; si me incorporaba, el peso del brazo tiraba de la fractura.

Y cuando por fin conseguí inmovilizar el torso apoyándome contra los cojines, mi cerebro, me tendió una trampa aún peor.

La imagen de Savannah me asaltó sin piedad.

No la Savannah tímida del pasado, sino la mujer que había invadido mi espacio unas horas antes.

Mi mente reprodujo con una nitidez torturadora el instante exacto en que se había inclinado sobre la mesa para buscar el esparadrapo en su maletín.

El cuello en pico del pijama azul cediendo.

La curva pálida y suave de sus pechos. El encaje de color rosa palo del sujetador asomando contra su piel, una promesa de feminidad tan cálida y rotunda que contrastaba violentamente con la dureza de mi mundo.

Apreté los dientes y cerré los ojos, pero fue inútil.

Podía recordar el olor a caramelo de su cuello, la presión firme de sus dedos ajustándome los vendajes, la forma en que sus pupilas se habían dilatado al encontrarse con mi pecho desnudo.

Mi cuerpo reaccionó de inmediato a la memoria.

La sangre se me acumuló en la ingle con una pesadez urgente, provocándome una erección dura y dolorosa contra la tela del chándal.

Quería agarrarla por las caderas, sentarla sobre mis muslos, dictarle órdenes contra los labios y ver cómo se derretía bajo mi control.

El tono estridente de mi teléfono móvil rompió mi ensoñación antes de que la excitación me volviera completamente loco.

Tanteé el cojín con la mano izquierda, agarré el aparato y miré la pantalla. Era Caleb. Deslicé el dedo y me llevé el móvil a la oreja, agradeciendo la interrupción.

—Dime que me llamas para decirme que han despedido al novato y me necesitáis de vuelta esta misma tarde —solté a modo de saludo, con la voz más áspera de lo habitual.

Caleb soltó una carcajada breve y cansada al otro lado de la línea. Se escuchaba el viento de fondo y el eco metálico inconfundible del hangar de la base de rescate.

—Ya me gustaría, hermano, ya me gustaría —respondió mi piloto y mejor amigo—.

Acabamos de regresar de un aviso en Granite Pass.

Accidente múltiple. El nuevo casi se nos marea con las turbulencias y ha tardado el doble que tú en asegurar el arnés de evacuación.

Noah se ha pasado todo el vuelo maldiciendo tu nombre por haberte caído de esa maldita pared de roca.

—Maldita sea... —siseé, sintiendo un pinchazo de envidia y frustración. Odiaba no estar allí. Odiaba perderme la acción, la adrenalina, la sincronía perfecta que teníamos en el Alfa Uno—. Dame un par de semanas, Caleb. Te juro que me arranco este cabestrillo y vuelvo a subir al helicóptero.

—Ni se te ocurra, Ian —me advirtió Caleb de inmediato, y la broma desapareció de su voz, dejando paso a la autoridad del líder del equipo Alfa—.

He hablado con Logan esta misma mañana. Me ha dicho que tu fractura necesita inmovilidad estricta o acabarás pasando por su quirófano para que te ponga una placa de titanio.

Haz caso de lo que diga y cúrate bien. Te necesito en el Alfa Uno al cien por cien, no a medias. ¿Entendido?

Suspiré, dejando caer la cabeza contra el respaldo de cuero del sofá. —Entendido. Cumpliré con el reposo.

—Bien. Oye, llamaba para otra cosa —añadió Caleb, rebajando el tono a uno más distendido—.

Mañana es viernes. Noah, Hannah, Logan, Avery y los demás vamos a pasarnos por The Switchback a tomar algo después del turno.

Sé que estás hecho una mierda, pero te vendría bien salir de esa cueva tuya.

¿Te apuntas? Te guardaremos un taburete.

La mención del bar local me golpeó con una mezcla de anhelo y rechazo.

Sabía que Savannah iría. Formaba parte del grupo, era la mejor amiga de Hannah, y los viernes en The Switchback eran casi una religión para nosotros.

Deseaba verla. Deseaba sentarme a su lado, rodear su silla con el brazo sano y marcar territorio en silencio ante cualquier imbécil que intentara acercarse a ella ahora que estaba libre de Phillip.

Quería verla reír con una cerveza en la mano.

Pero miré mi propio cuerpo. Los pantalones grises, el pecho vendado, la torpeza que me impedía incluso atarme los cordones de los zapatos.

No iba a presentarme en el bar arrastrando los pies y necesitando ayuda para sentarme o pedir una copa.

Mi orgullo, estúpido e inquebrantable, no me permitía exhibir mi debilidad en público.

—No cuentes conmigo esta vez, hermano —respondí, obligándome a mantener un tono indiferente—. Aún me cuesta horrores vestirme, y el ruido del bar me va a poner de peor humor. Prefiero quedarme descansando.

—Lo imaginaba. Tómate los analgésicos, Ian. Nos vemos.

—Nos vemos.

Colgué el teléfono y lo dejé sobre la mesa de centro de madera. El silencio regresó, pero esta vez, la quietud tenía un propósito. Levanté la vista hacia el reloj de pared que colgaba sobre la cocina abierta. Las tres y media de la tarde.

Savannah terminaba su turno en urgencias a las cinco. Con suerte, llegaría a mi puerta a las cinco y cuarto para traerme la medicación, tal y como había amenazado por la mañana. No tenía intención de tomármelos, pero aceptaría casi cualquier cosa con tal de tenerla cerca.

Media hora después el sonido de una llave girando en la cerradura interrumpió mis pensamientos.

No me moví. Sabía perfectamente quién era antes de que la puerta se abriera por completo.

Avery entró en el apartamento con la presteza elegante que la caracterizaba, vistiendo una gabardina oscura sobre el uniforme del hospital.

Dejó las llaves sobre la consola del recibidor con un chasquido metálico y avanzó hacia el salón. Le bastaron tres segundos para evaluar la escena: el paño del polvo abandonado en la isla, la colada a medio recoger y mi postura rígida, pero con los hombros hundidos por el cansancio físico.

—Estás hecho un asco —sentenció a modo de saludo. Se cruzó de brazos, plantándose frente al sofá—. Mamá me ha llamado. Dice que la has tratado como si fuera una extraña y que te niegas a que pise tu casa.

—No la traté como a una extraña —respondí.

Mi voz sonó más ronca y áspera de lo que pretendía, arrastrando una hosquedad que nacía directamente del dolor—.

Solo le recordé que puedo gestionar mi propia vida.

No necesito que venga a lavarme los calcetines ni a compadecerse de mí cada vez que respiro.

Avery dejó escapar un resoplido corto, una muestra de esa obstinación familiar que los Collins llevábamos grabada en los genes. Se acercó un paso más, despojándose de la gabardina para dejarla caer sobre el respaldo de una silla.

—Ian, tienes la clavícula rota. Hace solo una semana que te caíste de esa pared de roca y actúas como si fuera un rasguño —me recriminó, suavizando el tono pero manteniendo una firmeza absoluta—.

No tiene nada de malo mudarse unos días a casa de papá y mamá.

Te vendría bien que te prepararan la comida y que se encargaran de las tareas pesadas. Eres un cabezota.

—Me las apaño solo, Avery. Cada día que pasa el hueso está más estable y tengo más movilidad en la mano izquierda —insistí, apretando la mandíbula para sostenerle la mirada—. No voy a convertirme en un inválido por una fractura limpia. Sé perfectamente cuáles son mis límites.

Mi hermana me escrutó en silencio durante un minuto eterno. Sus ojos verdes, idénticos a los míos, parecieron buscar las grietas en mi armadura. Al ver que no iba a dar mi brazo a torcer, exhaló un suspiro de rendición temporal y desvió la vista hacia el ventanal.