TRES #3
—Buenas tardes, señora Brooks. Arthur —saludé.
Mi voz salió profesional, aséptica y carente de cualquier inflexión personal.
Me acerqué al monitor de constantes y descolgué el manguito del tensiómetro—.
Veo en la gráfica que presenta síntomas gripales, fiebre alta y dificultad respiratoria leve. Voy a tomarle las constantes.
—Está ardiendo desde anoche —repuso Brenda, suspirando con un dramatismo que conocía de sobra—.
El pobre no ha pegado ojo. Y con todo el estrés que estamos viviendo últimamente en la familia, es normal que las defensas caigan en picado.
Phillip está destrozado, ¿sabes? —Añadió esto último bajando la voz, clavando su mirada venenosa en mí—.
Se siente tan solo desde que te marchaste de casa de aquella manera...
La casa se le cae encima. Aún no entendemos cómo pudiste tirar tu matrimonio por la borda sin hablar con Phillip. Así no se hacen las cosas Savannah.
Apreté la perilla del tensiómetro con tanta fuerza que los nudillos se me quedaron blancos.
Era la misma retórica manipuladora de siempre.
Phillip, el pobre marido abandonado, la víctima perfecta; mientras que su aventura con la ayudante de la panadería quedaba convenientemente borrada de su relato.
—Por favor, Arthur, extienda el brazo —indiqué, ignorando deliberadamente el dardo envenenado de su mujer.
Me incliné sobre la camilla para ajustar el manguito de presión arterial alrededor de su bíceps. Fue entonces cuando sentí la mirada de Arthur. No era la mirada velada y febril de un paciente. Era una lascivia mal disimulada que siempre me había dedicado a escondidas.
Mientras le ajustaba el velcro, Arthur tosió, se removió en la camilla y dejó caer su mano grande y sudorosa directamente hacia mi cadera, rozando la curva de mi cintura bajo la tela del pijama con la excusa de buscar apoyo.
—Eres una chica muy apañada, Savannah —ronroneó el hombre —. Siempre tan atenta con nosotros.
El asco me subió por la garganta como ácido puro.
Di un paso atrás con un movimiento brusco, rápido y evasivo, apartándome de su alcance antes de que sus dedos pudieran cerrarse sobre mi uniforme.
El latido del corazón me golpeaba contra las costillas.
Lo miré con frialdad, dejando que el silencio denso y hostil hablara por mí.
Arthur apartó la mano, tosiendo de nuevo para encubrir su intento fallido.
—Deberías cuidarte un poco más, Savannah, tienes mala cara —comentó Brenda con tono meloso, destilando ese veneno pasivo-agresivo que había perfeccionado durante años—.
Aunque he de admitir que este pijama tan ancho te favorece muchísimo.
Te disimula estupendamente bien ese sobrepeso que siempre te ha costado tanto perder.
Fue el golpe de gracia.
Durante casi una década había agachado la cabeza ante aquellos comentarios.
La ausencia de mi madre me había llevado a buscar siempre la aprobación de mi suegra, intentando encontrar en ella el apoyo materno que jamás tuve.
Pero el mensaje de mi madre me había vaciado de cualquier necesidad de complacer a los demás, y el asco visceral que me había producido el roce de Arthur me había encendido la sangre.
Arranqué el manguito del brazo de Arthur antes de inflarlo y lo dejé caer sobre el carro de curas con un golpe metálico que resonó en todo el box.
—Sus constantes las tomará otro compañero en un minuto —anuncié, dando un paso hacia la cortina —. Voy a pedir que reasignen su caso, porque yo no voy a atenderlos.
Brenda abrió mucho los ojos, escandalizada por la afrenta. Su postura se tensó, ofendida.
—Pero ¿qué te pasa ahora? —exigió saber, alzando la voz para que se oyera en el pasillo—. ¡No puedes dejarnos aquí tirados! Arthur está enfermo. Somos familia, Savannah, te guste o no, y es tu deber atendernos a nosotros antes que a nadie.
Me detuve en el umbral. Giré la cabeza lentamente y la miré directamente a los ojos. Mantuve los hombros rectos y la barbilla alta, sintiendo una liberación feroz ardiendo en mi interior.
—Se equivoca, señora Brooks —repliqué, arrastrando cada sílaba con una claridad letal—.
Phillip y yo estamos en pleno proceso de divorcio por su infidelidad, así que ya no somos familia.
Mi única obligación en esta sala es la de ser una profesional.
Y como enfermera, mi deber es delegar a un paciente cuando el entorno se vuelve inapropiado o tóxico.
No esperé a ver sus reacciones. Di media vuelta, aparté la cortina y salí al pasillo sin mirar atrás. Caminé hasta el control de enfermería con el pulso desbocado, le pasé la gráfica de los Brooks a un compañero y me apoyé contra el mostrador.
Levanté la vista hacia el reloj digital de la pared.
Me quedaban dos horas exactas de turno. Ciento veinte minutos para salir de allí.
Estaba exhausta, saturada y al borde del colapso nervioso, pero por primera vez, sentía que había empezado a respirar aire limpio.
Deseaba acabar la guardia. Pasar por la farmacia del pueblo y llevar sus analgésicos al hombre más intenso, protector y sexy que había conocido.