Ridge (Wildwater Falls 3) TRES #2
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TRES #2

No había comido nada en toda la mañana y, aunque el túper de estofado me llamaba como nunca, solo tenía tiempo para una barrita de cereales que me comí mientras me deslizaba la goma del pelo para liberar la tensión que me tiraba del cuero cabelludo.

Saqué el teléfono móvil del bolsillo de mi pijama azul y la pantalla parpadeó al desbloquearse, revelando una notificación solitaria en el centro del cristal.

Era un icono de nota de voz. Duración: dos minutos y catorce segundos.

El remitente era Evelyn Robbins.

El estómago se me contrajo con la violencia de un latigazo.

Mi madre rara vez me llamaba, y cuando lo hacía, jamás era para interesarse por mi bienestar de forma genuina.

Sus comunicaciones siempre traían consigo una agenda oculta, una crítica velada o una exigencia disfrazada de consejo maternal.

Dudé durante varios segundos, con el pulgar suspendido sobre el botón verde del reproductor.

La valentía que había sentido unas horas antes en la cafetería, cuando decidí recuperar mi apellido y mi identidad, vaciló ante la sola mención de la mujer que había cimentado mis inseguridades más profundas.

Apreté los dientes, subí el volumen del auricular para no tener que usar el altavoz y me llevé el teléfono a la oreja.

La voz de mi madre fluyó a través del pequeño altavoz, perfectamente modulada, con esa dicción pulcra y aristocrática que siempre parecía fuera de lugar en una zona tan agreste como Wildwater Falls.

— Hola, Nana —comenzó la grabación.

Cerré los ojos con fuerza. Detestaba ese apodo.

Un diminutivo ridículo, infantil y empequeñecedor que utilizaba para mantenerme en mi sitio.

Del mismo modo que llamaba “Gigi” a Georgia, un apodo que mi hermana odiaba con la misma intensidad, pero que en los labios de mi madre sonaba chic, sofisticado y digno de admiración.

Esa simple palabra, Nana, bastó para que mi armadura empezara a agrietarse.

— Supongo que estarás trabajando, como siempre, así que te dejo este mensaje para que lo escuches cuando tengas un momento libre —continuó Evelyn, con un tono que rezumaba una mezcla letal de condescendencia y falsa compasión—.

He hablado con tu hermana esta mañana. Mi pobre Gigi me ha confirmado que su traslado es oficial.

Sabes que me opuse a que dejara su puesto en Portland, pero con todo el escándalo de tu divorcio, supongo que siente que debe ir a vigilarte.

Mi hermana no regresaba por eso. Si mi madre era o no consciente era algo que se me escapaba.

Y mi divorcio no era un escándalo; era lo único posible para mi salud mental.

Phillip se había acostado con otra mujer a la vista de todo el pueblo, pero en la retorcida lógica de mi madre, la humillación pública y el fracaso matrimonial eran manchas en mi expediente, defectos de mi carácter por no haber sabido mantener a mi marido.

— En fin, que la gente en ese pueblo debe de estar hablando lo que no está escrito sobre nosotros, y no pienso permitir que tu hermana afronte ese ambiente sola —prosiguió la voz grabada, arrastrando las vocales con un dramatismo ensayado—.

Así que he tomado una decisión, Nana. He hablado con la inmobiliaria y me mudo con vosotras.

En cuatro semanas estaré instalada de nuevo en Wildwater Falls.

Ahora que Georgia regresa, lo correcto es que yo también esté allí.

Una madre debe estar cerca de su hija cuando esta da un paso atrás en su carrera.

Te veré pronto. Abrígate, Dios sabe que la constitución que heredaste de tu padre también te hace más propensa a los resfriados.

Un clic metálico marcó el final del mensaje.

El teléfono se me escurrió de los dedos y cayó sobre mis muslos. El silencio de la sala de descanso me pareció ensordecedor. No podía respirar. Era como si una mano invisible, con las uñas afiladas y el tacto de hielo, se me hubiera cerrado en torno a la garganta.

«Ahora que Georgia regresa, lo correcto es que yo también esté allí».

La confirmación fue brutal por lo explícita que resultaba.

Evelyn no volvía para apoyarme en medio de la peor crisis emocional de mi vida.

No le importaba que me hubiera quedado sin casa, sin muebles y sin matrimonio.

No le importaba mi salud mental. Volvía única y exclusivamente por Georgia.

Yo no era más que un daño colateral. La causa de que mi hermana supuestamente estuviera tirando su carrera por la ventana abandonando un gran hospital en la ciudad para trabajar en un simple hospital regional.

Me froté la cara con ambas manos, sintiendo la piel fría y tirante.

Una sensación de desaliento absoluto, densa y oscura como el fango, se instaló en mi pecho.

Me sentí culpable, una hija horrible y antinatural por desear con todas mis fuerzas que mi madre se quedara en Portland a más de quinientos kilómetros de distancia.

La sociedad, la religión, la inercia del mundo entero te enseñaban que debías amar a tu madre por encima de todas las cosas, que debías buscar su refugio y su consejo.

Pero el refugio de Evelyn Robbins estaba lleno de cristales rotos.

Y sus consejos siempre enmascaraban una crítica, una culpa o un motivo oculto para infravalorarme.

Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, e intenté estabilizar mi respiración.

En cuatro semanas, la mujer que había originado mi síndrome del impostor, la que me había hecho dudar de mi cuerpo, de mi inteligencia y de mi valía antes siquiera de que Phillip entrara en mi vida, estaría paseando por las mismas calles que yo.

Metiéndose en mi vida y robándome la poca paz que había conseguido acumular desde el divorcio.

Una lágrima solitaria se me escapó, trazando un surco caliente por mi mejilla hasta morir en la comisura de los labios. Me la limpié con furia, utilizando el dorso de la mano.

Ya no podía más. Comprendí, con una claridad dolorosa y lacerante, que jamás sería suficiente para ella.

No importaba cuántas vidas salvara en urgencias, no importaba que me estuviera reconstruyendo desde las cenizas, para Evelyn siempre sería la hija defectuosa, la que no era tan brillante, ni tan delgada, ni tan perfecta como su preciada Gigi.

Me puse en pie con las piernas temblando ligeramente.

Recogí el teléfono, lo silencié y lo guardé en el bolsillo.

Tenía cuatro semanas para blindarme, cuatro semanas para prepararme para el huracán Evelyn.

Suspiré profundamente, me ajusté el pijama quirúrgico y abrí la puerta de la sala de descanso.

El caos de la sala de urgencias me esperaba, y en ese momento, enfrentarme a la sangre, al dolor y a la muerte me parecía infinitamente más sencillo que sobrevivir a la falta de amor de mi propia madre.

No había recorrido ni la mitad del pasillo cuando el busca de mi cadera emitió un pitido agudo y seco.

El parpadeo del dispositivo indicaba que me necesitaban de vuelta en los boxes de urgencias de baja prioridad.

Me acerqué al control de enfermería, recogí la gráfica que me tendía el celador y deslicé la cortina del box número cinco con un movimiento fluido.

Me quedé petrificada. El oxígeno pareció evaporarse del minúsculo cubículo.

Sentado en la camilla, envuelto en una sudoración febril y tosiendo con un estertor húmedo, estaba Arthur Brooks.

Y de pie, a su lado, con el bolso de piel firmemente sujeto entre las manos y el abrigo de lana peinada impecable, se encontraba Brenda.

Mis suegros. O, para ser exactos, mis casi exsuegros.

El olor dulzón que siempre acompañaba a mi suegra, como a levadura fermentada inundó el box, mezclándose con el olor a enfermedad y revolviéndome el estómago al instante.

—Vaya, por fin alguien nos atiende —murmuró Brenda. Sus ojos pequeños y afilados, idénticos a los de Phillip, me repasaron de arriba abajo con una lentitud calculada, deteniéndose en mi uniforme quirúrgico azul—. Savannah. Qué casualidad tan oportuna.

Tragué saliva, obligando a mis músculos a destensarse. Estaba al límite de mi capacidad emocional, pero mi ética profesional era el único salvavidas al que podía aferrarme.