Ridge (Wildwater Falls 3) TRES
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Savannah

E l ritmo en la sala de urgencias del Wildwater Regional Trauma Center poseía una cadencia propia, olor a antiséptico y el pitido rítmico de los monitores de constantes vitales.

Había días en los que el caos te engullía por completo, noches en las que la sangre y el frío de la montaña llenaban los boxes de desesperación.

Pero aquel jueves por la mañana, la marea estaba inusualmente en calma.

Durante las primeras horas de mi turno me había movido en mi elemento.

Había atendido a un carpintero local con un corte profundo por una sierra circular y había derivado a cirugía a un adolescente con una apendicitis.

En urgencias, yo tenía el control absoluto; mis manos no dudaban y mi voz nunca temblaba.

Era el único lugar del mundo donde me sentía yo misma, donde estar en mi piel era cómodo y satisfactorio.

A media mañana decidí tomarme un descanso. Me quité los guantes de nitrilo, me lavé las manos y recorrí los pasillos de linóleo gris hacia la cafetería del hospital. El intenso aroma a hospital fue dejando paso al olor reconfortante a café tostado y pan caliente.

Hannah y Avery ya me estaban esperando en una de las mesas del fondo, junto a los grandes ventanales que ofrecían unas vistas impresionantes del bosque que rodeaba el pueblo.

Verlas juntas siempre me producía una punzada de gratitud infinita.

Hannah O’Malley, mi mejor amiga dese que nos conocimos a los diez años, llevaba su bata blanca inmaculada y desprendía esa aura de autoridad que la había consolidado como la superestrella de la cirugía de trauma del hospital; a su lado, Avery Collins removía un té descafeinado con la vista perdida en la montaña.

La hermana de Ian tenía un brillo especial en la piel, una suavidad incipiente que delataba sus ocho semanas de embarazo.

Era reservada, como buena Collins, pero la felicidad que había encontrado junto a Logan Pierce tras dejar atrás los fantasmas de su adolescencia resultaba innegable.

Me dejé caer en la silla de plástico frente a ellas y rodeé mi vaso de café de cartón con ambas manos para robarle el calor.

—¿Cómo lo aguantas? —preguntó Avery a modo de saludo.

Clavó sus idénticos ojos verdes —esos ojos que compartía con su hermano mayor— directamente en los míos—.

Conociendo a Ian, debe de estar subiéndose por las paredes.

Me sorprende que no te haya echado de su casa a gritos para demostrar que puede valerse por sí mismo.

Sentí que una ola de calor traicionera me subía por el cuello, recordando con demasiada nitidez la imagen de esa misma mañana: el pecho ancho y desnudo de Ian, la tensión de sus músculos bajo mis dedos mientras le ajustaba la cincha del cabestrillo, y la forma en que me había mirado, con una intensidad cruda que me había dejado sin aliento.

—En realidad, se está portando bastante bien. Me deja ayudarle con las curas y con la comida sin demasiadas quejas. No es para tanto, Avery.

—Que mi hermano acepte ayuda con algo ya es un milagro —bromeó ella, apoyando una mano de forma inconsciente sobre su vientre aún plano—. En serio, Savannah. Te agradezco enormemente que estés pendiente de él. Yo intenté pasarme ayer y casi me cierra la puerta en las narices.

—Solo espero que esté haciendo el reposo adecuado —intervino Hannah, adoptando al instante su tono médico, frunciendo el ceño con preocupación profesional—.

Esa fractura de clavícula necesita inmovilidad estricta para que el callo óseo se forme correctamente.

Como fuerce la articulación, acabará en el quirófano de Logan para una reducción abierta y fijación con placa. ¿Se está tomando la pauta analgésica?

—Está cumpliendo a rajatabla —mentí, sin que me temblara la voz, sosteniéndole la mirada a la mejor cirujana del hospital.

Fue un acto reflejo. Sabía perfectamente que Ian no había tocado las pastillas para el dolor, pero delatarlo frente a su hermana y su médico habría sido una traición a la burbuja de intimidad que estábamos construyendo.

Le llevaría los analgésicos más tarde y no me iría hasta que lo vira tomándolos.

—Me alegro —suspiró Hannah, relajando los hombros—. Oye, ¿Habéis visto a Sloane hoy? Jamás la había visto tan estresada, al llegar he ido a su despacho para comentar el cuadrante del mes que viene y llevaba la blusa del revés. Ni se había dado cuenta.

El cambio de tema fue un salvavidas. Miré a Hannah, intrigada.

—¿Sloane? No la he visto ¿Le ocurre algo? —pregunté. La directora médica del hospital era una mujer imponente, siempre profesional, pero mantenía esa aura de amabilidad y empatía que la convertían en la mejor persona para dirigir un hospital como el nuestro.

—Lleva días arrastrando unas ojeras horribles y su nivel de exigencia está por las nubes —comentó Hannah en voz baja, revolviendo su café con la cucharilla de plástico—.

Creo que está lidiando con algún problema familiar con Jonah.

Caleb me comentó que la vio discutiendo por teléfono en el helipuerto del hospital el otro día, pero...

no he querido preguntar directamente. Si Sloane necesita hablar, lo hará.

No quiero inmiscuirme en su vida privada si ella no abre la puerta.

—Me preocupa que le pueda estar pasando algo y no nos lo cuente. Sloane es muy reservada con su vida personal —murmuró Avery, dándole un sorbo a su té antes de mirarme de hito en hito—. Hablando de eso. ¿Novedades del frente legal? ¿O el idiota de tu exmarido sigue alargando el trámite?

La mención de Phillip actuó como un jarro de agua helada. El ambiente cálido de la mesa se evaporó, sustituido por el peso que llevaba arrastrando toda la mañana en el pecho.

—He recibido un correo de mi abogado cuando venía hacia el hospital —confesé. El tono de mi voz se volvió opaco, desprovisto de la dulzura habitual—. Phillip ha añadido una nueva exigencia de última hora. Quiere que le devuelva los regalos de aniversario.

Hannah detuvo el movimiento de su cucharilla de golpe.

—Dime que es una maldita broma —siseó Hannah, inclinándose sobre la mesa—. ¿Está pidiendo que le devuelvas los regalos? ¿Después de haberte sido infiel, de haberte humillado y de haberse quedado con la casa y los muebles?

—Quiere los cuatro dijes de la pulsera —aclaré, sintiendo un asco profundo al recordar la ostentación de aquella joya de oro y piedras preciosas—.

Sabéis lo espantosa y hortera que era. Sabéis que no podía ponérmela para trabajar por riesgo de desgarro con los guantes, y a él le daba igual.

Solo le importaba que se viera lo caro que era el regalo.

—Yo los tiraría por el desfiladero de Wildwater Gorge —recomendó Avery, con un humor negro que me arrancó una media sonrisa—. O se los haría tragar. Podemos usar el endoscopio de digestivo si se resiste.

—No voy a pelear por esa horterada —dije, negando con la cabeza, irguiendo la espalda con una determinación que sorprendió incluso a mis propias amigas—.

Ya le he dicho a mi abogado que se los devolveré por mensajería certificada.

Pero le he puesto una condición innegociable: le entrego los dijes en el momento exacto en que estampe su firma en los malditos papeles del divorcio. No antes.

Avery y Hannah se quedaron en silencio, asimilando la firmeza de mi decisión. No había rastro de la Savannah apocada que pedía perdón por todo.

—Y en cuanto el juez dicte la sentencia —añadí, sintiendo que el corazón me latía con fuerza—, voy a iniciar los trámites del registro. Se acabó ser Savannah Brooks. Voy a recuperar mi apellido de soltera. Volveré a ser Savannah Robbins.

Hannah dejó su vaso sobre la mesa, extendió la mano y apretó la mía con una fuerza reconfortante, transmitiéndome todo el apoyo de su lealtad inquebrantable.

—Brindo por Savannah Robbins —dijo, con una sonrisa fiera que le iluminó el rostro.

Iba a responder, sintiendo que el nudo de mi garganta por fin empezaba a deshacerse, cuando un sonido agudo y estridente rompió la atmósfera de la cafetería.

El busca de trauma de Hannah cobró vida en la cinturilla de su pantalón, vibrando con una urgencia letal, y un segundo después, el busca quirúrgico de Avery se sumó a la cacofonía.

Hannah se puso en pie de un salto, leyendo la pantalla de su dispositivo con los ojos convertidos en hielo.

—Código rojo. Accidente múltiple en Granite Pass . Tienen heridos con compromiso torácico llegando en el Alfa Uno en tres minutos —anunció la jefa de trauma, colgándose el fonendoscopio al cuello mientras Avery ya echaba a correr hacia los ascensores del ala de cirugía.

—Ve —le dije, levantándome yo también, sintiendo que la adrenalina me llamaba de vuelta a las trincheras—. Yo vuelvo a urgencias a preparar los boxes de estabilización.

Hannah asintió con un gesto seco y salió disparada tras Avery.

Me quedé un segundo a solas en medio del pasillo, respirando el aire aséptico del hospital, sabiendo que, pasara lo que pasara, estaba recuperando el control de mi vida.

Savannah Brooks estaba a punto de morir en los juzgados, y Savannah Robbins estaba lista para reclamar su lugar en el mundo.

✽✽✽

La vorágine del accidente múltiple en Granite Pass había convertido la sala de urgencias en un campo de batalla durante un par de horas, exigiendo de mí esa concentración absoluta y quirúrgica que me permitía desconectar del mundo exterior.

Había canalizado vías, administrado fluidos de resucitación y asistido a Hannah en el box de estabilización hasta que los pacientes críticos fueron trasladados a los quirófanos de la segunda planta.

Cuando la calma regresó a los pasillos y el zumbido de los monitores recuperó su cadencia habitual, me refugié en la pequeña sala de descanso del personal para robarle cinco minutos al reloj.

Me dejé caer en el sofá de escay granate, sintiendo cómo el cansancio se me acumulaba en la base de la columna.