Ridge (Wildwater Falls 3) DOS #3
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DOS #3

Savannah parpadeó, sacudiendo la cabeza, e intentó recuperar su compostura, aunque el carmín de sus mejillas la delataba.

—Siéntate —ordenó, señalando una de las sillas de madera de la cocina, adoptando de golpe su tono de enfermera al mando—. Voy a revisarte esa inmovilización y te ayudaré a vestirte.

Obedecí. Caminé hasta la silla y me dejé caer en ella, separando ligeramente las piernas. Me fascinaba esa dinámica. Me resultaba adictivo cederle el control de mi cuerpo herido.

Savannah dejó su maletín médico sobre la mesa, se lavó las manos en el fregadero con agua caliente y se colocó frente a mí.

Su proximidad me envolvió. Cuando sus dedos tibios y expertos rozaron la piel de mi trapecio para aflojar la tensión de la correa del cabestrillo, tuve que apretar la mandíbula para no soltar un gruñido de puro placer.

—Llevas una semana desde el impacto, Ian —empezó a parlotear para llenar el silencio—.

El tejido blando todavía está inflamado y el callo óseo apenas está en la primera fase de formación.

He visto decenas de fracturas de tercio medio de clavícula en urgencias que terminan en el quirófano porque el paciente se confía y desplaza los fragmentos.

Tienes que mantener la tensión correcta en el vendaje para que los hombros sigan retraídos.

—Lo sé —respondí en un suspiro ronco, sin apartar la mirada de su rostro. Estaba evitando mis ojos, pero no me importaba, porque eso me permitía contemplarla a placer.

—En un par de semanas —continuó ella, concentrada en el ajuste del velcro que me cruzaba la espalda, inclinándose lo suficiente como para que su aliento cálido me acariciara el cuello—, si la radiografía de control muestra buena calcificación, podrás empezar a quitarte el cabestrillo para ducharte y hacer movimientos pendulares suaves.

Eso evitará que el hombro se congele y vestirte dejará de ser una tortura.

Asentí despacio, aunque apenas estaba procesando la terminología médica.

Mi atención estaba anclada en la curva de sus labios.

Estaban entreabiertos por la concentración, húmedos y llenos.

La necesidad de alzar la mano izquierda, agarrarla por la nuca y tirar de ella hacia mi boca me golpeó con la fuerza de un alud.

Imaginé lo que sería besarla allí mismo, reclamar esa boca que llevaba años observando en la distancia, enredar los dedos en la mata espesa de su pelo caoba y sentir cómo se derretía contra mi pecho.

—Necesito esparadrapo para fijar un borde de la cincha que te está rozando la piel —murmuró, retrocediendo un paso para abrir su maletín.

Al inclinarse sobre la mesa, el cuello en pico de su pijama azul cedió hacia delante.

Mi mirada cayó directamente sobre el escote que la tela dejó al descubierto.

La visión me secó la boca: la piel pálida, suave y llena de la curva de sus pechos rotundos, contenida por la delicadeza de un sujetador de encaje rosa palo.

La erección fue instantánea, implacable, latiendo contra la tela de mis pantalones de chándal con una fuerza que amenazó con nublarme el juicio.

El dolor agudo de mi hombro quedó completamente sepultado bajo el peso del deseo.

Me obligué a clavar las uñas de mi mano sana en la madera del asiento, manteniéndome inmóvil y tragándome la necesidad animal de tirar de ella y sentarla a horcajadas sobre mis muslos.

Savannah cortó un trozo de esparadrapo, ajena al abismo al que me acababa de arrojar, y selló el borde de la cincha con profesionalidad.

Luego, cogió la camiseta de algodón que yo había abandonado sobre el respaldo de una silla y, con una delicadeza extrema, me ayudó a pasar primero el brazo inmovilizado y luego la cabeza, deslizando la tela por mi pecho hasta cubrirme.

—Listo —dijo, dando un paso atrás. Se miró el reloj de pulsera y un destello de urgencia le cruzó las facciones—. Se me hace tardísimo para el turno.

—Gracias, Savannah. No tenías por qué hacer esto.

Ella negó con la cabeza, agarrando su abrigo y el maletín con movimientos rápidos. Antes de llegar a la puerta, se detuvo en seco y giró sobre sus talones, su mirada estaba fijada sobre la mesita junto a la puerta. En la que había arrojado mis recetas de calmantes el día que regresé del hospital.

—No has ido a la farmacia a por la receta de los analgésicos pautados, Ian.

—No me hacen falta —repuse, apoyando la espalda en el respaldo de la silla—. El dolor es soportable.

—El dolor retrasa la curación, porque tensas los músculos que deberías relajar —me rebatió, cruzándose de brazos—. Esta tarde, cuando termine el turno, pasaré a traértelos yo misma. Y te los vas a tomar.

—Savannah, no te preo...

—Te los traigo esta tarde —sentenció. Me dedicó una última mirada severa, que escondía un brillo que quise interpretar como de cariño, y abrió la puerta—. Cómete el estofado. Nos vemos luego.

El eco de la puerta al cerrarse se quedó conmigo mucho después de su marcha, junto con su voz mandona, sus labios jugosos y su olor a caramelo irresistible.