Ridge (Wildwater Falls 3) DOS #2
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DOS #2

—De acuerdo —cedió, aunque la nota de sospecha seguía vibrando en cada sílaba—.

En el fondo eres exactamente igual de testarudo que tu padre, Ian Collins.

Os creéis invencibles hasta que os caéis a pedazos.

Pero escúchame bien: te doy margen porque confío en ti.

Ahora bien, si llego a enterarme de que estás sufriendo en silencio, de que no comes bien o de que necesitas más ayuda de la que estás dispuesto a aceptar, no me importará tu orgullo.

Invadiré ese piso de soltero tuyo, te cuidaré como es debido, y te aseguro que aceptarás mi ayuda sin rechistar. ¿Ha quedado claro?

Esbocé una sonrisa torcida, sin alegría, observando mi propio reflejo distorsionado en el acero inoxidable de la campana extractora.

—Ha quedado claro. No te preocupes.

—Que tengas un buen día, cariño. Llámame si te siente mal. Bueno, da igual, te llamaré yo más tarde para ver cómo estás.

—De acuerdo. Adiós, mamá.

Colgué el teléfono antes de que pudiera añadir una sola directriz más.

El clic final me devolvió al silencio de mi cocina.

Solté el móvil sobre el mármol y apoyé ambas caderas contra la isla, bajando la vista hacia mi propio cuerpo.

Llevaba unos pantalones de chándal grises de algodón gastado que colgaban bajos en mis caderas, y el torso completamente desnudo, excepto por los gruesos vendajes blancos que anclaban mi brazo derecho al pecho.

Rechazaba la ayuda de mi madre con una ferocidad casi irracional. Sin embargo, mi mente no tardó ni un segundo en traicionarme, volando directamente hacia la única persona de la que sí deseaba depender.

Savannah.

Pensar en ella me provocó un calor espeso en el bajo vientre que nada tenía que ver con la lesión.

La dicotomía era absurda: odiaba ser vulnerable ante el mundo, detestaba la compasión en los ojos de mi familia, pero la idea de que Savannah cruzara esa misma puerta en menos de media hora para invadir mi espacio y rozar su piel cálida contra mi pecho desnudo mientras me ajustaba las vendas... eso era distinto.

No era ninguna novedad para mí que mi obsesión por Savannah iba más allá de lo racional.

Había pasado años deseándola en silencio, observándola en el pueblo de la mano de un imbécil incapaz de apreciarla.

Ella había hecho su elección años atrás y eso me había obligado a dar un paso al lado y observar como la chica más preciosa del pueblo le sonreía a diario a un idiota narcisista incapaz de verla de verdad.

Pero yo veía a Savannah, siempre la había visto.

Primero como la adolescente capaz de mantener la calma durante la peor noche de su vida, luego como la joven que se quedó sola en el pueblo y aun así sonreía a la vida dispuesta a salir adelante.

Más tarde como la mujer más increíble sobre la que mis ojos se habían posado, con un instinto médico de otro mundo, pero amable y dulce. Y absolutamente preciosa.

Levanté la vista hacia el reloj de la pared. Aún faltaban veinte minutos para su llegada, y la espera ya me estaba devorando vivo.

Fueron tres golpes secos y rítmicos en la madera de la puerta los que rompieron la tensión que me atenazaba los músculos.

No necesité asomarme a la mirilla para saber de quién se trataba.

Había memorizado esa cadencia durante la última semana.

Me despegué de la isla de la cocina y crucé el pequeño pasillo de mi piso.

Giré el pomo con la mano izquierda y abrí.

Savannah estaba allí, enmarcada por el umbral, envuelta en el inconfundible pijama hospitalario de color azul que delineaba sus curvas con una precisión que me secó la garganta al instante.

Llevaba el abrigo oscuro desabrochado, el pelo caoba cayéndole en cascada sobre los hombros y un par de bolsas en las manos.

El frío de la mañana se coló en mi recibidor, empujando hacia mí el aroma sutil a caramelo de su piel mezclado con el olor de comida casera.

—Hola —saludó, con la voz ligeramente atropellada, alzando una de las bolsas de papel como si fuera un escudo—. He... he hecho demasiado desayuno. Y también he preparado estofado para comer. Era absurdo guardar las sobras en la nevera para mí sola, así que te he traído un par de fiambreras.

Me quedé mirándola en silencio. Savannah Robbins era una enfermera de urgencias curtida; lidiaba a diario con politraumatismos, paradas cardíacas y el caos más absoluto del hospital sin que le temblara el pulso.

Y, sin embargo, allí estaba, tartamudeando una excusa adorable para justificar por qué había cocinado para mí.

—Gracias, Savannah. Pasa —dije, apartándome a un lado para dejarle espacio.

Acepté la bolsa que me tendía sin rechistar, sin una sola queja sobre mi independencia o mi capacidad para alimentarme por mí mismo. Era la primera vez que cocinaba para mí. Lo que me asfixiaba de mi madre, me resultaba embriagador viniendo de ella.

Savannah dio un par de pasos hacia el interior y cerró la puerta a sus espaldas. Al girarse, sus ojos avellana subieron desde el suelo y chocaron de lleno contra mi torso desnudo.

Vi cómo sus pupilas se dilataban una fracción de segundo antes de que la mirada se le desviara, casi por instinto, hacia la línea de mis abdominales, recorriendo el ancho de mi pecho y la tensión de los músculos que rodeaban el vendaje de la clavícula.

El rubor le subió por el cuello, una marea escarlata que le tiñó las mejillas con una rapidez fascinante.

Yo era plenamente consciente de mi físico, pero no me había quedado sin camiseta para impresionarla; sencillamente, la lesión me había vencido.

Sin embargo, presenciar su reacción alteró mi pulso como si hubiera corrido los cien metros lisos.

Ella era una profesional del trauma. Había visto cientos de cuerpos desnudos, destrozados, atléticos y de todo tipo sobre las camillas de urgencias, y nada de eso la perturbaba.

Pero ver mi cuerpo la había desarmado. Esa constatación, brutal y silenciosa, envió un latigazo de pura excitación a mi bajo vientre.

—No he podido ponerme la camiseta —murmuré, con un tono más grave y rasposo de lo normal, rompiendo su trance.