Ridge (Wildwater Falls 3) DOS
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Ian

A ntes siquiera de abrir los ojos, una punzada caliente y lacerante me atravesó la clavícula derecha, recordándome que mi cuerpo, la máquina de precisión que llevaba toda la vida perfeccionando, estaba temporalmente averiado.

Parpadeé frente a la luz plomiza que se colaba por los ventanales de mi habitación.

El silencio de la casa era opresivo. Odiaba esa quietud.

Estaba acostumbrado a las mañanas eléctricas, a salir por la puerta preparado para el zumbido de la radio de emergencias y a la adrenalina bombeando en mis sienes cada vez que me subía al helicóptero de rescate.

Estar postrado a mi cama o a mi sofá por un accidente de escalada me estaba consumiendo por dentro.

Era irónico. Divertido y patético a partes iguales.

Aquellas mujeres me veían como un trofeo, una fachada de metro noventa y cinco con uniforme de rescate, pero no tenían ni la más remota idea de quién era en realidad.

Si cruzaran la puerta de mi casa y se enfrentaran al hombre hosco, frustrado e inaguantable en el que me había convertido esta última semana, saldrían corriendo en dirección contraria sin mirar atrás.

Deslicé el dedo por la pantalla, ignorando la charlatanería superficial, hasta encontrar mi verdadera red de seguridad.

Había un mensaje de mi hermana Avery, exigiendo saber si había dormido bien y amenazando con presentarse con un arsenal de túperes.

Otro de mi cuñado, Logan, con una escueta, pero precisa lista de instrucciones médicas que debía cumplir a rajatabla si no quería que el hueso soldara mal.

Mi padre, David, me había enviado el enlace a un documental sobre alpinismo extremo, su manera silenciosa de decirme que me entendía y que la montaña seguiría ahí cuando yo sanara.

Y luego estaban mis hermanos. Noah y Caleb. Leí el mensaje de mi piloto y la frustración se me clavó un poco más hondo en el pecho.

Caleb : El novato que te sustituye no es ni la mitad de bueno que tú descendiendo por el cable. El último vuelo estacionario fue un desastre, casi se enreda con el arnés. Te echamos de menos en el Alfa Uno, hermano. Cura rápido ese hueso.

Cerré los ojos un instante. Extrañaba mi trabajo con intensidad.

Echaba de menos el olor a combustible, el rugido ensordecedor de los rotores cortando el viento helado del cañón y la tensión absoluta de descender al vacío para arrancar a alguien de las garras de la montaña.

Formar parte del Equipo Alfa no era un simple empleo, era mi identidad.

Me había dejado la piel para convertirme en el mejor rescatista posible, y la inactividad forzada me estaba volviendo loco.

Tiré el teléfono a un lado y me obligué a sentarme en el borde de la cama. El mundo giró un poco, pero apreté la mandíbula y me puse en pie.

Tenía que ducharme. Tenía que vestirme. Savannah estaba a punto de llegar.

El mero pensamiento de su nombre actuó como un latigazo en mi sistema nervioso.

Entré en el baño y abrí el grifo con la mano izquierda, dejando que el agua caliente me golpeara la nuca y la espalda.

Protegí el vendaje inmovilizador como pude, moviéndome bajo el chorro con una torpeza que me enfurecía.

Quería estar presentable para ella. Odiaba que me viera como a un animal herido, débil y dependiente.

Al salir de la ducha, me sequé a duras penas y logré meterme en unos pantalones de chándal grises, apretando los dientes mientras el sudor frío me perlaba la frente por el esfuerzo.

Pero la camiseta de algodón fue mi límite.

Intenté pasar la cabeza y el brazo ileso, pero cualquier torsión del torso enviaba descargas eléctricas desde el hombro hasta el cuello.

Tras diez minutos de lucha silenciosa y respiración agitada, dejé caer la camiseta de algodón al suelo con un gruñido de pura rabia.

Me rendí. Me planté frente al espejo del baño, observando mi propio reflejo: el pecho ancho subiendo y bajando con fuerza, el abdomen tenso, la piel húmeda y el vendaje inmovilizando mi brazo derecho contra el torso desnudo. No había forma humana de vestirme solo sin desgarrar la lesión.

Pasé la mano izquierda por mi pelo corto y húmedo, resignado. Solo quedaba esperar a que Savannah cruzara esa puerta y me encontrara así: a medias, vulnerable y completamente inútil.

En la cocina y apoyado contra la encimera negra, observé el goteo oscuro del café cayendo en la jarra de cristal.

Prepararlo me había costado diez minutos de maniobras torpes, frustración contenida y una letanía de maldiciones masculladas entre dientes.

Yo era un hombre de acción. Estar reducido a un paciente inútil que ni siquiera podía pasarse una camiseta de algodón por la cabeza me resultaba humillante.

Justo cuando el aroma amargo y denso del tueste oscuro empezó a llenar la cocina, el teléfono móvil vibró sobre la isla central. El zumbido mecánico reverberó contra la madera. Giré la cabeza despacio, evitando cualquier torsión brusca del torso, y clavé los ojos en la pantalla iluminada.

Mamá .

Cerré los ojos durante una fracción de segundo y dejé escapar el aire de los pulmones en una exhalación lenta y controlada.

Adoraba a mis padres. David y Catherine Collins me habían criado con una lealtad férrea y unos valores que me anclaban a la tierra, pero en ese momento exacto de mi vida, el amor desbordante de mi madre era como una jaula cada vez más asfixiante.

Llevaba siete días soportando su escrutinio, su presencia casi diaria en mi apartamento y su insistencia agotadora para que claudicara, recogiera mis cosas y me instalara en la casa familiar hasta que el hueso soldara.

Deslicé el dedo por la pantalla con la mano izquierda y me llevé el aparato a la oreja, manteniendo el brazo pegado a las costillas.

—Hola, mamá —saludé. Forcé las cuerdas vocales para que mi tono sonara neutro, grave y perfectamente normal, ocultando el cansancio físico y la irritabilidad que me arañaba la garganta.

No responderle hubiera sido un error y responderle mal hubiera desatado los siete mil demonios del infierno.

Así que mantuve mi tono de hijo educado y respetuoso que mi padre me había enseñado desde pequeño.

—Ian, cariño —respondió Catherine. Su voz llegó cargada de esa calidez instintiva y protectora que la caracterizaba —. ¿Cómo has pasado la noche? ¿Te ha dejado dormir el dolor o has tenido que levantarte a por más analgésicos?

—He dormido bien —mentí, escueto. La realidad era que había pasado la madrugada mirando el techo, sudando frío cada vez que me movía un milímetro en el colchón.

—No te creo en absoluto, pero fingiré que sí —replicó ella, dejando claro que no se dejaba engañar por mí—.

He estado revisando mis horarios y pasaré a verte a la hora de comer.

Te llevaré algo caliente. He preparado una sopa de pollo que te vendrá muy bien para recuperar fuerzas, y de paso recogeré un poco la casa.

Te pondré una lavadora y organizaré la cocina.

No me gusta nada saber que estás ahí solo en ese estado, Ian. Deberías estar aquí, con nosotros.

La frustración me tensó los músculos de la espalda.

Un latigazo de dolor puro y candente me recorrió el hombro inmovilizado, castigándome por la rigidez repentina.

Apreté la mandíbula, sintiendo cómo los dientes rechinaban con suavidad.

Mi madre era un halcón dispuesta a lanzarse en picado para gestionar mi vida.

—Tengo la nevera llena de comida, de verdad —mentí.

Modulé la voz con un esfuerzo titánico para no sonar desagradecido ni áspero—.

Y con las tareas de la casa me apaño perfectamente para hacer lo más básico.

No es necesario que vengas, mamá. No hace falta que reorganices mis cosas ni que laves mi ropa.

—Ian, por el amor de Dios, sé perfectamente lo cabezota que eres —suspiró Catherine al otro lado de la línea.

Su tono se volvió un grado más estricto, adoptando esa autoridad que utilizaba cuando Avery o yo éramos adolescentes—.

Sé que odias pedir ayuda y que prefieres morderte la lengua antes que admitir que no puedes con algo.

Pero tienes un hueso roto. Una fractura de clavícula no es una broma.

No puedes fregar platos, no puedes barrer y dudo mucho que estés comiendo las cantidades que tu cuerpo necesita para regenerar el tejido.

¿Te estás alimentando bien o vives a base de sándwiches fríos?

Vivía a base de cereales, pero no le podía decir eso a Catherine Collins.

Miré hacia la puerta de entrada de mi apartamento, imaginando por un instante a mi madre cruzando el umbral cargada de recipientes herméticos, dispuesta a lavar mis sábanas y a dosificarme la medicación.

No quería que me trataran como a un niño.

—Puedo hacerlo, mamá —repetí. Esta vez cortando cualquier posibilidad de réplica—. Estoy bien aquí. De verdad. Ya no tengo quince años y sé cómo gestionar una lesión.

Se produjo un silencio denso en la línea.

Escuché la respiración de Catherine, pausada y reflexiva.

Sabía que estaba calibrando mi nivel de terquedad, sopesando si valía la pena iniciar una guerra abierta o si era mejor dejarme espacio para respirar.

Finalmente, la escuché exhalar, dándose por vencida, aunque solo a medias.

Comprendía que yo era un hombre adulto y que, por mucho que le doliera, no podía atarme a la pata de la cama para curarme.