UNO
Savannah
E l sol de mediados de septiembre apenas empezaba a despuntar sobre las copas oscuras de los abetos de Raven Ridge, filtrando una luz dorada y oblicua a través de los ventanales de la cabaña.
Era jueves, y la quietud del bosque siempre me regalaba un instante de paz antes de enfrentarme al caos de la sala de urgencias del Wildwater Regional Trauma Center.
Me ajusté la cinturilla del pijama quirúrgico azul y me pasé las manos por el tejido suave para alisarlo.
Ese uniforme era mi armadura; dentro de la sala de urgencias sabía exactamente quién era y qué se esperaba de mí.
Fuera de ella, todo era mucho más complicado.
Mi vida actual era el verdadero caos, viviendo en una cabaña prestada, con muebles prestados y sin idea de cuál iba a ser mi siguiente paso.
Me acerqué a la encimera de madera y cerré con cuidado las tapas herméticas de las fiambreras.
Había preparado estofado de ternera a fuego lento, espeso y nutritivo.
Una ración para mi turno en el hospital, y otra, considerablemente más grande, para Ian Collins.
Me repetía a mí misma, como un mantra silencioso, que solo estaba ayudando a un amigo que se recuperaba de una mala caída en la montaña.
Pero la verdad, la que me aceleraba el pulso y me ruborizaba las mejillas cuando estaba a solas, era mucho más compleja.
Había un placer oscuro y profundo en el hecho de que Ian Collins me permitiera cuidarlo.
Él era la definición misma de la independencia: un rescatista estoico, un hombre inmenso y racional acostumbrado a sacar a los demás de los lugares más peligrosos.
Sin embargo, con la clavícula fracturada tras un accidente de escalada, había cedido un milímetro de su férreo control.
Saber que ese macho alfa silencioso y orgulloso comía lo que yo le preparaba, que me permitía invadir su espacio para ajustarle los vendajes rozando su piel caliente, me otorgaba una sensación de intimidad que jamás había experimentado.
Durante la última semana, verle antes y después de mi turno se había convertido en mi adicción secreta.
Apilé las fiambreras junto a las llaves del coche justo cuando la pantalla de mi móvil se iluminó sobre el mármol, vibrando con insistencia. El nombre de mi hermana mayor parpadeó en la pantalla.
Sonreí, sintiendo cómo el pecho se me ensanchaba de pura calidez al descolgar.
—¿Me llamas para asegurarte de que te he dejado espacio en los armarios, doctora Robbins? —pregunté, apoyando la cadera contra el borde de la cocina.
—Algo así, y para asegurarme de que Evelyn Robbins no ha aparecido por sorpresa —respondió Georgia, con su habitual tono cálido pero cargado de ese sarcasmo afilado que la sala de urgencias de Portland había endurecido—. Hola, hermanita.
—Hola, Gia —murmuré. El alivio que me producía escuchar su voz era inmenso—. Mamá no ha asomado por aquí, tranquila. Sabe que el frío de la montaña le estropea el cutis.
Georgia soltó una carcajada seca, áspera y maravillosamente familiar. Mi madre nunca había sido un refugio para ninguna de las dos, pero mientras que a mí sus críticas me habían hecho pequeña y dubitativa, a Georgia la habían convertido en un muro de contención. La adoraba por eso.
—Mejor así, porque si me la encuentro en la puerta el día de mi mudanza, doy la vuelta y me vuelvo a la ciudad —dijo Georgia, y aunque bromeaba, noté la tensión subyacente en su voz—.
Aún no me creo que vaya a hacer esto, Savannah.
Once años sin pisar Wildwater Falls... Siento que me estoy metiendo en la boca del lobo.
—Te estás metiendo en mi cabaña, que es mucho más segura —la tranquilicé, enrollando el cable del cargador entre los dedos—. Y yo me muero de ganas de tenerte aquí. Sé que hemos pasado fines de semana juntas en Portland, pero... no es lo mismo. Necesito a mi hermana.
Se hizo un silencio breve al otro lado de la línea. Un silencio espeso, cargado de todas las razones no dichas por las que Georgia huyó del pueblo hacía más de una década y que yo aún no terminaba de comprender del todo.
—Yo también lo necesito, Sav —admitió por fin, con la voz despojada de escudos—. Prepárate, porque pienso invadir tu espacio, usar tus tazas y criticar tus turnos de urgencias. Llego en una semana.
—Te estaré esperando con café y la cama hecha —prometí, sintiendo una punzada de pura felicidad en la garganta.
—Vete a salvar vidas. Y ten cuidado en la Riverbend Road , que sé que vas con prisas.
—Lo tendré. Un beso, Gia.
Colgué el teléfono y me quedé un segundo mirando la pantalla oscura, respirando el aroma a canela de la cocina prestada de Hannah. Mi vida entera estaba en pleno proceso de demolición y reconstrucción. Cogí las fiambreras, me colgué el bolso del hombro y salí al fresco de la mañana de septiembre.
Subí a mi sedán de segunda mano y cerré la puerta de un tirón, aislando el murmullo incesante del bosque de Raven Ridge, y acomodé con cuidado las fiambreras en el asiento del copiloto.
Apenas había tenido tiempo de abrocharme el cinturón cuando la pantalla de mi teléfono, abandonado en el posavasos, se iluminó con un destello blanco.
Era una notificación de correo electrónico, un nudo se instaló en la boca de mi estómago, porque sabía sin necesidad de mirar quién era el remitente.
La bilis me subió por la garganta al leer el nombre de mi abogado en la vista previa.
Desbloqueé la pantalla con dedos rígidos, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba de pura anticipación.
Era otra maniobra dilatoria, la millonésima petición y exigencia de mi exmarido, otra migaja de miseria arrojada por Phillip para alargar el proceso de divorcio.
Leí las tres líneas de texto y la respiración se me atascó en los pulmones.
Me exigía la devolución de los regalos de aniversario.
Cuatro años de matrimonio resumidas en cuatro ridículos dijes para una pulsera.
Solté una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor, y dejé caer la nuca contra el reposacabezas. Era un movimiento tan mezquino, tan patético y tan propio de él que me enfureció hasta hacerme temblar las manos.
Odiaba esa pulsera con toda mi alma. Era ostentosa, extravagante y de un gusto hortera que rozaba lo insultante.
Oro amarillo macizo y piedras preciosas engarzadas que pesaban en mi muñeca como una cadena de presidiario.
Phillip sabía perfectamente que, como enfermera de urgencias, las normas de higiene y seguridad me prohibían llevar joyas colgantes.
Sabía que los bordes afilados de los engarces destrozaban los guantes de nitrilo, se enganchaban en los pijamas quirúrgicos y arañaban las sábanas de los pacientes.
Lo sabía, y jamás le importó. Los regalos nunca habían sido para mí; habían sido monumentos a su propio ego, exhibiciones de escaparate para demostrarle al pueblo lo espléndido y buen marido que era, mientras me machacaba la autoestima en la privacidad de nuestra casa.
No quería nada de él, muchísimo menos esos regalos cutres y horteras.
Me importaban tan poco como los muebles y todo lo que contenía nuestra casa que ya le había cedido para acelerar el proceso.
Pero la humillación quemaba. La exigencia de devolver regalos, como si fuera una ladrona, era el último intento desesperado de un hombre mediocre por mantenerme atada.
Me estaba castigando por ser yo la que dio el paso definitivo para liberarme de él.
Como si pillarlo revolcándose con su ayudante de panadería no fuera suficiente motivación.
Apreté la mandíbula hasta que el dolor me subió por las sienes. Tecleé la respuesta con pulsaciones furiosas y erráticas, casi clavando las uñas en el cristal de la pantalla.
“Que se quede con la maldita pulsera y con cada uno de los dijes. Se los enviaré por mensajería certificada esta misma tarde. Pero asegúrate de que esto es lo último. Infórmale de que los tendrá en sus manos solo si se compromete a estampar de una vez su firma en los papeles del divorcio” .
Yo había firmado hacía semanas. Había capitulado, había vaciado mi hogar y había borrado mi huella de su vida. Y se me escapaba de todo entendimiento por qué él seguía alargando el proceso.
Le di a enviar, sintiendo una chispa de rabia caliente en el pecho. Bloqueé el teléfono y lo arrojé al asiento del copiloto, justo al lado de la comida caliente que había preparado para un hombre que, incluso herido y en silencio, valía mil veces más que el cobarde del que intentaba huir.
Giré la llave de contacto. El motor rugió y pisé el acelerador. Tenía que pasar por casa de Ian antes de enfrentarme al caos de la sala de urgencias. Con un poco de suerte, ver esos ojos verdes tan carismáticos conseguiría calmar la furia que me quemaba en el pecho.
✽✽✽
El trayecto por la Riverbend Road me envolvió en una monotonía de pinos oscuros y asfalto húmedo. Traté de concentrarme en la carretera, en las curvas serpenteantes que conectaban las afueras con el centro de Wildwater Falls, y dejé que mi mente derivara hacia el hombre que me esperaba.
Llevaba exactamente una semana ejerciendo de enfermera personal improvisada de Ian Collins, y cada día que pasaba, su nivel de hostilidad reprimida aumentaba de forma exponencial.
Era como intentar curar a un león enjaulado.
Ian era un hombre de acción, diseñado para la supervivencia, la montaña y la adrenalina; la inmovilidad forzada de la clavícula astillada lo estaba consumiendo.
Su frustración no se dirigía hacia mí, siempre se mantenía inusualmente calmado y silencioso en mi presencia.
Pero lo veía en su mirada, en su gesto cada vez que recibía una llamada de su familia o de sus compañeros.
Estaba al borde y aún le quedaban semanas por delante para poder hacer vida normal.
Mientras tomaba el desvío hacia el núcleo urbano, la memoria me arrastró de vuelta a la sala de urgencias, a la noche de su accidente.
Recordé la escena con una nitidez casi palpable: Catherine Collins, con su instinto maternal desbordado, lo acorralaba contra la camilla.
Insistía, en que debía mudarse temporalmente a la casa familiar para que pudieran cuidarlo.
Ian la escuchaba con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de fracturarse los dientes, asfixiado por un exceso de cuidado que detestaba y que lo hacía sentir inútil.
Yo estaba a un lado, preparando el inmovilizador y una buena dosis de calmantes, y vi la desesperación contenida en sus ojos.
Me ofrecí a ayudarlo casi por instinto, odiaba verlo así, a punto de explotar, pero con cierta mirada vulnerable que no me gustaba nada en su semblante siempre seguro y controlado.
Le propuse llevarle la comida y ajustarle los vendajes en su propia casa para que mantuviera su independencia.
Lo dije convencida de que su orgullo lo obligaría a rechazarme; creía que jamás permitiría que nadie lo viera atrapado en su propia debilidad.
Sin embargo, no lo hizo. Recordé cómo la sala pareció quedarse sin aire cuando Ian apartó la vista de su madre, fijó sus ojos verde claro en los míos con una intensidad que me quemó la piel y, tras un silencio denso, aceptó mi ofrecimiento.
Tragué saliva, apretando los dedos alrededor del volante forrado de cuero sintético.
No podía mentirme a mí misma: la atracción que sentía por Ian era real, una corriente subterránea que me desestabilizaba cada vez que entraba en su órbita.
Era innegable que se trataba de uno de los hombres más espectaculares de Wildwater Falls.
Más de un metro noventa de puro músculo funcional, una expresión de dureza magnética y una lealtad que lo convertía en el centro de gravedad de nuestro grupo.
Pero la realidad era como una jarra de agua fría.
Ian y yo no jugábamos en la misma liga. Nunca lo habíamos hecho.
A pesar de su estoicismo y de esa falta de coquetería barata, Ian arrastraba un séquito silencioso de mujeres en el pueblo, dispuestas a hacer cualquier cosa por una chispa de su atención.
Yo daba por sentado que un hombre como él tenía sus aventuras, encuentros discretos y pasionales que jamás salían a la luz.
Alguien con ese nivel de presencia jamás se fijaría en mí.
No en Savannah, la chica tímida, la de las curvas que Phillip siempre se encargó de menospreciar.
Los primeros edificios de ladrillo y madera oscura del pueblo aparecieron a través del parabrisas.
Reduje la velocidad y solté un suspiro amargo.
La verdad era que yo tampoco estaba en posición de confiar en mi propio criterio.
Mis elecciones sentimentales eran un desastre comprobado.
Había entregado casi una década de mi vida a Phillip, convencida de que era un refugio seguro, y había resultado ser una rata traicionera, un narcisista de manual que había desollado mi autoestima capa a capa.
Aparqué frente a la casa de Ian y apagué el motor.
Estaba exhausta, inmersa en las cenizas de un divorcio humillante y completamente vacía por dentro.
No tenía energía para buscar segundas oportunidades, ni mucho menos el valor para fantasear con coquetear con Ian Collins.
Aunque existiera la remota, imposible y ridícula posibilidad de que él bajara la mirada hacia mí, yo no era más que un desastre en reconstrucción.
Alguien que por el momento no era capaz ni de salvarse a sí misma.