Ridge (Wildwater Falls 3)
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PRÓLOGO
Ian
Doce años antes
E l rugido del rotor rasgó el aire helado del cañón.
Entrecerré los ojos para protegerme de la metralla de hielo que levantaba el helicóptero de Caleb mientras ascendía, tragado por la oscuridad y la nevada implacable, llevándose a Hannah O’Malley.
Cuando el eco del motor se perdió en la distancia, el silencio que cayó sobre el barranco fue sepulcral, solo roto por el aullido del viento y los gemidos amortiguados que provenían del armazón retorcido del autobús.
Me pasé el dorso del guante por la cara para retirar la escarcha.
Veinte años. Era un bombero de rescate novato, sí, pero aquella montaña era mía.
Conocía el frío, conocía la altitud y sabía cómo la hipotermia devoraba los cuerpos.
Dejé a un lado el miedo y permití que el entrenamiento técnico de la academia tomara el control.
Hice un barrido visual rápido de la zona del impacto.
Los dos profesores que acompañaban a los chicos se acercaron a mí, temblando, con los rostros desencajados por el pánico.
Me aseguraron, con la voz rota, que habían hecho el recuento y que estaban todos.
Según ellos, había heridos de distinta consideración, pero a simple vista nada grave.
Asentí con sequedad, ignorando su pobre explicación, y avancé pisando la nieve compacta hacia el lateral del autobús volcado.
Allí estaban. Localicé a Avery de inmediato. Mi hermana pequeña estaba sentada sobre el hielo con su ropa de esquí húmeda, acurrucada junto a Carson Donovan, que permanecía apoyado contra la chapa deformada del vehículo. Y junto a ellos, una chica.
Era una adolescente de pelo espeso y color caoba, de curvas suaves bajo la ropa de abrigo rasgada.
Estaba arrodillada en la nieve, con las manos manchadas de sangre, aplicando un vendaje de inmovilización improvisado en el brazo de otro chico.
Sus movimientos eran un poco torpes, pero era evidente que sabía lo que hacía.
Me agaché junto a mi hermana.
—¿Avery? —pregunté, escrutando su rostro.
—Creo que me he roto alguna costilla por el cinturón —susurró, con la respiración entrecortada, apretándose el costado derecho—. Pero es Carson... Ian, cada vez respira peor. Ya ni siquiera puede tenerse en pie.
Desvié la vista hacia el hermano de Caleb Donovan.
La piel de Carson tenía un tono gris ceniza, casi translúcido bajo la luz de mi linterna frontal.
Su pecho subía y bajaba con un esfuerzo agónico.
Lo palpé con rapidez, buscando hemorragias externas o deformidades evidentes, pero la gruesa capa de ropa y la falta de equipo médico avanzado me cegaban.
No podía determinar el alcance real del daño y yo tampoco era médico.
Había una gran cantidad de tecnicismos que se me escapaban y eso me hizo darme cuenta de lo inútil que era en una situación así.
—Sé algo de primeros auxilios. —La voz fue suave, pero tremendamente firme. Me giré. La chica pelirroja se había acercado a nosotros. Tenía los ojos avellana, enormes y fijos en mí—. Soy Savannah.
A la luz de mi linterna la reconocí, era la hermana de Georgia Robbins mi compañera de instituto.
El parecido era inconfundible. Pero Savannah no era más que una niña de quince años.
Acababa de sobrevivir a una caída por un barranco, estaba atrapada en el frío extremo, y, sin embargo, su entereza me golpeó como un puñetazo directo al pecho.
Savannah se arrodilló junto a Carson, le tomó el pulso con unos dedos que temblaban levemente por la temperatura y observó su palidez.
Sus labios se apretaron en una línea tensa, revelando un miedo que intentaba mantener a raya.
Luego, alzó la vista hacia mí con evidente preocupación.
—¿Podemos hablar un momento en privado? —pidió en un susurro ronco.
Asentí. Me puse en pie y le ofrecí una mano para ayudarla a levantarse. Cuando sus dedos se aferraron a mi guante, sentí la rigidez de sus músculos y lo profundamente helada que estaba. Nos alejamos un par de metros de los demás, adentrándonos en la negrura gélida de la noche.
—Estás helada —le advertí, bajando la voz para no alterar al resto—. Debes tener cuidado con la hipotermia, no puedes seguir quieta en la nieve.
—Hay cosas mucho más urgentes ahora mismo —me cortó ella, negando con la cabeza, apartando un mechón caoba que se le había pegado a la mejilla húmeda—. Creo que Carson está muy grave. Por su color y su respiración... podría tener lesiones internas severas.
La miré, asimilando en silencio su capacidad de análisis.
—Ya hemos dado el aviso. Hay helicópteros en camino —le aseguré, manteniendo un tono estoico y racional—. Pero tardarán varios minutos en llegar. Y no sé si Donovan podrá dejar a Hannah O’Malley y volver a tiempo.
Savannah tragó saliva, asimilando el golpe de realidad, pero no se derrumbó. En su lugar, enderezó los hombros y empezó a hablar con una precisión clínica que me dejó paralizado.
—Noah Grant tiene una fractura de clavícula —comenzó a enumerar, mirándome a los ojos—.
El conductor tiene una pierna rota, aunque no hay hemorragia y parece estable.
Avery tiene costillas rotas, igual que...
—Me recitó, de memoria y sin dudar una fracción de segundo, los nombres de los otros compañeros que presentaban lesiones torácicas por el impacto.
Me quedé en silencio, asintiendo mecánicamente a cada dato.
Me sentía como un idiota. Los profesores, dos adultos hechos y derechos, estaban en estado de negación a un lado del camino.
Y ella, una adolescente con la ropa destrozada y el cuerpo magullado había hecho un triaje perfecto, clasificando la gravedad de la escena y sosteniendo el peso de todo su grupo.
—De acuerdo —dije, grabando la información en mi mente—. ¿Y tú? ¿Cómo estás?
La pregunta la desarmó. Fue instantáneo.
La máscara se resquebrajó y, por primera vez, vi a la chica tímida y vulnerable que se escondía debajo.
A pesar del frío extremo y de la escasa luz, noté cómo el rubor le subía por el cuello hasta teñirle las mejillas.
Parpadeó, desconcertada, como si la mera idea de que alguien se detuviera a preocuparse por ella le resultara ajena.
—Yo... estoy bien —murmuró, rehuyendo mi mirada hacia la nieve—. Solo un golpe fuerte en la cadera. Y las costillas magulladas, creo. No es nada importante.
Fruncí el ceño y di un paso hacia ella, acortando la distancia. La luz de mi frontal iluminó su rostro desde un ángulo distinto, y fue entonces cuando vi el hilo oscuro y espeso que nacía en la línea de su cabello y se perdía tras la oreja derecha.
Alcé una mano y rocé con el pulgar el borde del corte en su frente. Ella aspiró aire con fuerza, sorprendida por el contacto directo en su piel.
—Estás sangrando, Savannah. Tienes un corte profundo.
Ella se llevó la mano a la cabeza, mirándose la sangre seca en las yemas de los dedos con sorpresa genuina.
—No... no me había dado cuenta —balbuceó, restándole importancia de inmediato—. El frío debe haber ayudado a detener la hemorragia. De verdad que estoy bien. Puedo ayudarte con las evacuaciones cuando lleguen.
—Escúchame bien —le ordené. Clavé mis ojos verdes en los suyos y utilicé ese tono grave que mi padre también usaba cuando quería mi atención absoluta—.
Un golpe en la cabeza no es un juego. Si sientes náuseas, si la visión se te nubla o te mareas lo más mínimo, vienes y me lo dices de inmediato. ¿Entendido? No te lo guardes.
Savannah parpadeó, sin comprender del todo la intensidad de mi tono, pero terminó asintiendo despacio, acatando la directriz.
Estaba a punto de pedirle que se sentara a cubierto del viento cuando un grito rasgó el cañón.
—¡Ian! ¡Savannah! —El alarido de Noah Grant estaba cargado de pura desesperación —. ¡Es Carson! ¡Ha perdido el conocimiento!
El mundo volvió a acelerarse. Me giré de inmediato hacia el amasijo de hierros, pero por un microsegundo, mi mirada se quedó anclada en ella.
Mientras echábamos a correr hacia el autobús, una certeza se grabó en mi memoria: aquella niña estaba atravesando la peor noche de su vida, rodeada de miedo y sangre, y estaba demostrando tener más fuerza, más control y más humanidad que cualquiera de nosotros.