Ridge (El legado Stone) Epílogo #2
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Epílogo #2

En realidad no. Me duele la mandíbula, y me doy cuenta de que la he tenido apretada las últimas tres manzanas.

Roto los hombros, pero no se aflojan. El zumbido bajo las costillas no cesa, esa voz que me dice que observe, que mida, que catalogue cada maldita variable en un radio de seis manzanas.

Le echo la culpa a mi entrenamiento en Quantico.

Solo cansada. Solo adaptándome.

Eso es lo que me vengo repitiendo desde el ascenso. Nuevo puesto, nueva presión, más en juego. Claro que estoy tensa. Cualquiera lo estaría.

Leah tropieza con una grieta del pavimento y le agarro el codo antes de que se vaya de bruces.

—Uf. Gracias.

—Mira por dónde pisas.

—Sí, agente.

Hace el saludo militar, y su sonrisa es tan radiante que casi rompe lo que sea que me pasa.

Llegamos al bordillo y escaneo el paso de peatones. Tenemos luz verde, el contador en cuenta atrás: quince segundos. Los borrachos están más cerca, uno de ellos se tambalea hacia una familia con camisetas a juego. La madre lo fulmina con la mirada, pero el tipo ni se entera.

Me recoloco, lista para moverme, pero Leah sigue ajustándose la correa del bolso, y no pienso irme sin ella.

El semáforo peatonal marca diez mientras la fila de carruajes se acerca. Le agarro el brazo para indicarle que hay que moverse, y espabila.

Leah baja de la acera, y cuando me uno a ella, mi atención se desvía un instante hacia el tipo borracho que ahora se tambalea hacia atrás, agitando los brazos, derramando la bebida. Uno de ellos tropieza y choca conmigo, y pierdo el equilibrio.

En una fracción de segundo, mi pie tropieza con el borde de la acera en mal ángulo, y la gravedad gana. Salgo disparada hacia la calle. Levanto las manos por instinto, pero no llegan a tiempo, y los adoquines se precipitan hacia mis rodillas.

El carruaje está justo ahí.

Los cascos retumban cada vez más cerca mientras las ruedas metálicas chirrían. Los turistas gritan y ríen porque aún no lo saben, o no pueden ver.

Mi cuerpo se bloquea. Cada músculo se congela como si alguien hubiera cortado la corriente, y lo único que puedo hacer es ver cómo el enorme caballo embiste hacia mí, sacudiendo la cabeza, con espuma salpicando del bocado.

El conductor tira de las riendas y grita algo que no puedo oír por encima del rugido en mis oídos.

Muévete, muévete, joder, muévete—

Nada.

Mis pulmones se contraen. Mi garganta se cierra. La calle se inclina bajo mis palmas, y estoy paralizada. El pánico me inunda el pecho.

Una mano se cierra alrededor de mi brazo. El agarre es de hierro, aunque con un instante de vacilación.

Me tiran hacia atrás con tanta fuerza que el hombro me grita de dolor, y de repente hay un cuerpo entre la calle y yo. Es sólido, inamovible, y bloquea el ruido, la luz y las ruedas que pasan rozando tan cerca que levantan polvo sobre mis zapatos.

Jadeo. El aire vuelve a entrar en mis pulmones.

El hombre no me suelta. Su otra mano me sujeta el codo, y su cuerpo permanece plantado frente a mí, un muro de fuerza contenida que no se inmuta cuando el carruaje pasa atronando. Su respiración es constante y controlada, como si ni siquiera se hubiera agitado.

Huelo algo limpio. Su jabón, o quizá colonia, algo penetrante y caro que atraviesa la humedad del Barrio. El calor irradia de donde su mano me agarra el brazo, con los dedos apretando tan fuerte que mañana sentiré su marca.

—Respira —dice él.

Su voz es baja, serena, y atraviesa la espiral en mi cabeza como una cuchilla.

—Eso estuvo cerca.

Parpadeo. Mi visión se aclara, y lo veo por primera vez.

Unas gruesas gafas negras enmarcan sus cautivadores ojos marrones. Tiene la mandíbula marcada y el cabello rubio oscuro echado hacia atrás, despeinado pero con intención. Sus ojos me recorren una vez, me evalúan, y luego se fijan en algo detrás de mi hombro.

Me suelta el codo pero mantiene la mano en mi brazo. Su mirada se desplaza hacia los tipos borrachos, ahora paralizados en la acera, con los ojos muy abiertos; uno de ellos todavía agarra su estúpido vaso de plástico.

—Largaos.

No lo dice alto ni como amenaza, pero la certeza tranquila en su voz hace que ambos se encojan. Se tambalean hacia atrás. Uno murmura algo que podría ser una disculpa. El otro tropieza con los propios pies. Desaparecen en segundos.

La mano del hombre cae de mi brazo.

La ausencia es inmediata y desorientadora. La piel todavía me arde donde me tocó, y el pulso me martillea tan fuerte en los oídos que apenas oigo el ruido de la calle, que vuelve a colarse.

—¡Quinn!

Leah choca contra mí, me agarra de los hombros, con el rostro pálido y frenético.

—Dios mío, ¿estás bien? Estaba al otro lado de la calle cuando me di cuenta de que habías caído, y tuve que esperar a que pasara el carruaje. ¿Estás bien?

Abro la boca, pero no sale nada. Tengo la garganta tensa y la lengua gruesa e inútil.

—Quinn, háblame.

Asiento. Expulso el aire entre los dientes.

—Estoy... sí. Estoy bien.

No estoy bien. Las rodillas me tiemblan, las manos me tiemblan, y la adrenalina me arde bajo la piel como corriente eléctrica. Lo único que siento es el peso fantasma del agarre de ese desconocido, el calor de su cuerpo, la firmeza que me salvó. Literalmente.

Leah sigue hablando, señalando el cartel en el lateral del carruaje, enfadada con el conductor y con esos imbéciles que chocaron conmigo, pero no la escucho.

Busco entre la multitud en cuanto me doy cuenta de que se ha ido. Es como si nunca hubiera estado allí. No hay rastro, salvo el moretón que ya se forma bajo mi manga y el subidón en la sangre que no se calma.

—Quinny, en serio, ¿estás...?

—Estoy bien —digo, y se me quiebra la voz.

Me aclaro la garganta e intento de nuevo.

—Solo necesito un segundo.

La mano de Leah me frota la espalda, me ancla con suavidad, pero lo único en lo que puedo pensar es en que su mano no se sintió nada como la de él. En que su presencia no reconfortaba, sino que imponía. Un escalofrío me recorre y me lo sacudo de encima.

—Siéntate.

La mano de Leah me presiona el hombro y me guía hacia un banco frente a una galería cerrada. El olor a ladrillo húmedo y yeso viejo flota en el aire, y la farola sobre nosotras parpadea.

—No necesito sentarme.

—Casi te atropella un caballo. Te vas a sentar.

Me hundo en el banco porque discutir requiere una energía que no tengo. La madera está húmeda bajo los muslos, y el frío me traspasa los vaqueros. Leah se agacha frente a mí, con el rostro pálido bajo la luz de la farola, y me coge el brazo.

—Déjame ver.

—Está bien.

—Quinn.

Me subo la manga. El moretón ya se forma. Hay cinco marcas distintas donde sus dedos presionaron, oscuras contra mi piel. Leah toca el borde, ligera como una pluma, y hace una mueca.

—Eso va a doler mañana.

Ya duele. Un dolor profundo que pulsa al ritmo de mi corazón, pero no lo digo. Me bajo la manga y me inclino hacia delante, con los codos sobre las rodillas.

—¿Cómo ha pasado eso siquiera? Un segundo estamos cruzando la calle, y al siguiente te rescata un Clark Kent rubio.

—La verdad, no lo sé. Creo que uno de esos tipos borrachos me empujó y perdí el equilibrio.

Leah se sienta a mi lado y me da un golpecito con la cadera. —Supongo que tienes que estar preparada para cualquier cosa en esta ciudad.

Se me revuelve el estómago. Las náuseas me golpean de repente, adrenalina residual que no tiene adónde ir. Trago saliva y me concentro en los adoquines entre mis pies. Cuento las grietas. Respiro por la nariz.

—Tienes razón, ese tipo sí parecía Clark Kent. Más delgado, pero estaba para comérselo. Supongo que eso es un consuelo.

—¿Le pediste el número?

Mi mano se mueve automáticamente hacia el brazo y mis dedos rozan el moretón a través de la tela.

Me río nerviosa, como si en ese momento hubiera estado pensando en pedirle el número a un tipo. —Estaba un poco distraída con el caballo.

Leah se recuesta en el banco con los brazos cruzados, y la mirada que me lanza es puro cálculo. —Buen punto. Qué pena.

—Vámonos. Estoy bien, te lo prometo.

—Estás temblando.

Bajo la vista. Las manos me tiemblan en el regazo, con los dedos apretados. Las aplano sobre los muslos y presiono hasta que el temblor cesa.

—Es normal asustarse.

No, no lo es. Porque no debería haberme quedado paralizada. Debería haberme movido. He entrenado para situaciones peores que esta, amenazas reales, no turistas borrachos y mala suerte. Pero en cambio, me quedé bloqueada como una novata, y si ese hombre no hubiera estado allí...

Corto el pensamiento de raíz y lo entierro donde no pueda alcanzarme.

—Fue un accidente. Ya pasó.

Leah suspira y me agarra del codo como si fuera frágil y pudiera romperme. Me ayuda a levantarme igual que yo hago con mi abuela. Me doy cuenta de que me duelen las rodillas, pero no digo nada.

Caminamos en silencio. El Barrio se va vaciando a medida que nos alejamos de Bourbon; el ruido se reduce a jazz que sale por las puertas abiertas y alguna que otra carcajada.

Para cuando llegamos a los coches, el agotamiento me pesa en los huesos. Leah me abraza con fuerza antes de ir hacia el suyo, y conduzco a casa en piloto automático. Vaya final tan dramático para lo que se suponía que iba a ser un cóctel tranquilo.

Llego a la cafetería temprano porque siempre llego a la cafetería temprano.

Me hago con una mesa en la esquina y ya tengo el portátil abierto y el cuaderno al lado antes siquiera de sentarme.

—Quinn —llama la barista para avisarme de que mi pedido está listo. El zumbido de la máquina de espresso y el murmullo de las conversaciones crean un ritmo predecible que me resulta familiar.

Abro el calendario y empiezo a construir el día pieza por pieza.

Reunión informativa a las nueve. Revisión de caso a las once.

Almuerzo que probablemente me saltaré. Llamadas por la tarde con el enlace de la DEA y alguien de la oficina del fiscal estatal cuyo nombre debería recordar, pero no recuerdo.

Los delitos financieros tienen sentido. El dinero deja rastro, los números no mienten. Sigues el patrón, conectas los puntos y construyes el caso transacción a transacción. La paciencia gana.