Ridge (El legado Stone) VEINTICINCO
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VEINTICINCO

Coco

Mansiones del Garden District: Hogar de grandes mansiones de estilo antebellum con elaborados jardines, el Garden District fue desarrollado originalmente para los estadounidenses que se mudaron a Nueva Orleans tras la Compra de Luisiana.

El aire viciado en el estudio de mi padre pesa más de lo habitual esta noche.

Me oprime, cargado de todo lo que ninguno de los dos ha dicho jamás en voz alta, y de las decisiones que ya no puedo seguir esquivando.

El olor a cuero y libros viejos impregna la habitación, tan familiar que me ancla incluso mientras me preparo para destrozar todo lo que representa.

Mi padre está sentado tras el escritorio, con expresión deliberadamente neutra, pero la postura lo delata. Los dedos tamborilean contra la madera pulida, lentos y pausados, como si esperara ver cuánto voy a decepcionarlo.

Me detengo justo al cruzar la puerta, con las manos apretadas a los costados. La luz del jardín se filtra a través de las cortinas corridas, proyectando largas sombras sobre el suelo. Respiro hondo, sabiendo que ninguna versión de esta conversación terminará bien.

—He tomado mi decisión.

No se mueve. No parpadea.

—¿Y?

—Elijo a Ridge —digo. Las palabras salen firmes, aunque se me revuelve el estómago—. Me estás obligando a esto, y te odio por ello. Pero si me haces elegir, lo elijo a él.

El silencio se instala entre nosotros, tan denso que casi podría tocarse. Entonces se recuesta en la silla y exhala por la nariz.

—Estás tirando a tu familia por la borda por un hombre como él —dice—. ¿Acaso entiendes lo que estás haciendo, Coco?

—Entiendo perfectamente lo que estoy haciendo —replico, aunque la duda asoma en los márgenes—. Me estoy defendiendo. Por una vez. Y lo amo, lo entiendas o no.

Sacude la cabeza lentamente y deja escapar un resoplido amargo.

—Amor. Eso es lo que crees que es esto. Lo conoces desde hace tres semanas. Tres. Y en ese tiempo, te ha secuestrado, te ha arrastrado a su mundo y ha acabado con dos vidas sin dudarlo. ¿Ese es el hombre por el que estás dispuesta a sacrificarlo todo?

Las palabras golpean duro. Me encojo, pero no me muevo de donde estoy.

—Hablas como si fueras diferente —digo—. Como si no hubieras hecho las mismas cosas. Como si no me hubieras criado en este mundo. ¿Qué clase de hombre pensabas que elegiría si esta es la única realidad que me has mostrado?

Se le tensa la mandíbula. Por primera vez, el control se resquebraja.

—Quería algo mejor para ti —dice, cortante—. Quería que tuvieras una vida más allá de este desastre. Y en cambio, elegiste a un hombre que refleja todo aquello de lo que intenté protegerte. Por lo que he visto, por todas las pruebas, es peor que yo.

—Puede que no sea mejor que tú —replico con voz temblorosa pero firme—. Pero tampoco es peor. Y no tienes derecho a juzgarlo como si fueras una autoridad moral.

Da un golpe en el escritorio con ambas manos. El sonido retumba por la habitación y el pulso se me dispara.

—No me hables así.

Respiro hondo, obligándome a calmarme mientras el corazón me retumba en los oídos.

—Me rodeaste de hombres como Ridge toda mi vida —digo—. Me enseñaste quién tiene el poder y quién no. Y ahora te enfadas porque me enamoré de exactamente aquello para lo que me criaste. ¿Qué crees que ve la gente cuando te mira a ti? ¿O a tus hijos?

Las palabras quedan suspendidas en el aire, crudas y expuestas. Por un momento, creo que he cruzado una línea sin retorno.

No grita. No discute. Solo me mira con el rostro deliberadamente inexpresivo.

—Eso pensé —digo en voz baja, mientras la pelea se me escapa del cuerpo—. No vine a debatir contigo. Ni a buscar tu aprobación. Vine a comunicarte mi decisión.

Se levanta de golpe. Su presencia llena la habitación.

—Si sales ahora —dice—, no esperes que te reciba con los brazos abiertos cuando él te destroce.

Noto el escozor de las lágrimas, pero me niego a dejarlas caer.

—No lo conoces —digo, más suave—. Ni siquiera quieres conocerlo.

—Y tú no entiendes lo que estás arriesgando.

—Puede que no —digo—. Pero es mi riesgo, no el tuyo.

Me doy la vuelta antes de que pueda decir nada más. La puerta se cierra de golpe a mi espalda y el sonido resuena por el pasillo. Me quedo ahí un momento, respirando para contener la oleada de ira, miedo y algo más pesado que se instala en lo más hondo de mi pecho.

He tomado mi decisión.

Y mientras salgo de la casa que ha sido tanto refugio como jaula, sé que hay una verdad que no cambiará, crea lo que crea Laurent.

Siempre seré una Boudreaux.

Indigo Blue bulle de vida. El aire trae el aroma penetrante del alcohol y el retumbar grave de un bajo que me vibra en el pecho, constante e implacable.

Iggy se apoya en la barra con esa despreocupación de quien se cree con derecho a todo, una sonrisa ladina asomándole en los labios mientras da sorbos a un cóctel de colores brillantes e intenta captar la atención de una chica unos taburetes más allá.

Su atuendo y el grupo compacto de amigas que la rodean gritan estudiante de Loyola.

Iggy la observa como si perteneciera a ese mundo, aunque nunca termina de encajar.

Delphine está sentada a mi lado, serena como siempre. Su mirada va y viene entre Iggy y yo, aguda y calculadora. Sabe que me reuní con mi padre antes, pero le pedí que no lo sacara. Esta noche se trata de distraerme. De mantenerme en pie.

—Estás muy guapa últimamente, Coco —dice Iggy, con voz ligera, divertida—. Supongo que el amor hace milagros.

Entrecierro los ojos, ya a la defensiva. —¿Qué quieres, Iggy? Lárgate.

Se ríe, haciendo girar el líquido ámbar en su vaso. —Tranquila. Solo estoy señalando algo interesante. Siempre te has pronunciado en contra del fentanilo. Que es veneno. Que arruina todo lo que toca.

—Sí, ¿y qué? ¿Estás pensando en probarlo?

Me lanza una mirada. —No. Solo pensé que querrías saber que tu hombre está vinculado a un cargamento que está atrayendo mucha atención de gente que vigila estas cosas. Y corren rumores de que es fentanilo.

Las palabras me dejan sin aire. Por un segundo, solo lo miro fijamente. —¿De qué demonios estás hablando?

Iggy arquea una ceja, fingiendo sorpresa.

—¿No lo sabías? Llega en dos semanas, lo que significa que ya está a mitad de camino. Directo desde el extranjero, y Stone Intermodal controla el puerto de entrada. —Su boca se curva, afilada y satisfecha—. Tu novio está a punto de forrarse... y de dejar un reguero de muertos.

La habitación se inclina. Me agarro al borde de la barra, la superficie pulida resbaladiza bajo mis dedos. —Estás mintiendo.

—¿Lo estoy? —Iggy se inclina hacia delante y la sonrisa se le borra—. Vamos, Coco. No me invento esta mierda. La verdad, me sorprende que no te hayas enterado. Lleva un par de días circulando por los muelles.

El pulso se me acelera, pero no quiero que Iggy sepa cuánto me afecta esto.

—Estás muy hablador esta noche —espeto—. ¿Por qué eres tan imbécil conmigo?

Se encoge de hombros con falsa inocencia. —No pretendo ser imbécil, es solo que me sorprendió que te lo tragaras. Ridge no es diferente, solo viste mejor.

—No sabes nada de él.

Algo se tensa en su expresión. Apenas se nota, pero lo percibo. —Es cierto. No lo conozco. Pero conozco este negocio. Y sé lo que dice la gente.

Clavo los dedos en la barra, la presión mordiéndome la piel. —No sabes de qué hablas. Déjame en paz de una puta vez.

Por un momento, parece que va a replicar. Luego levanta las manos en falsa rendición. —Vale. Olvídalo.

Su sonrisa burlona regresa mientras se vuelve hacia su bebida verde brillante. —Pero luego no digas que no te avisé.

Me levanto de golpe, casi volcando el taburete. Tengo el pecho oprimido, la garganta en carne viva mientras lucho por mantener la compostura.

—Delphine —digo sin mirar a Iggy—. Vámonos.

Su mano se cierra en torno a mi brazo, firme, segura. —Por supuesto. Salgamos de aquí.

Me doy la vuelta antes de decidirlo, ya encaminándome hacia el fondo. El ruido del bar se amortigua mientras Delphine me guía hacia un rincón estrecho bañado en luz tenue. Se gira para mirarme, con la preocupación grabada en el rostro.

En cuanto estamos solas, todo se fractura. —Esto no puede ser verdad —susurro—. Ridge no lo haría. No podría.

Las manos de Delphine se posan en mis hombros, firmes pero suaves. —Coco. Respira. Iggy disfruta sembrando el caos.

Me arden los ojos.

—Pensé que podía vivir con su mundo. Pensé que tenía límites. —Se me quiebra la voz—. El fentanilo mató a Julian. Lo sabes. Lo destruyó. Y ahora el hombre que amo podría estar vinculado al mismo veneno por dinero.

Julian, mi primo, mi mejor amigo. El chico que me enseñó a trepar a los árboles y a escaparme de casa sin que nos pillaran.

Era el que todos creían que escaparía de esta vida, hasta que el fentanilo lo destrozó, pieza a pieza, sin dejar más que ruinas.

La expresión de Delphine se suaviza, pero su tono se mantiene firme. —No sabes si Ridge está involucrado. Iggy es imprudente y puede ser cruel. Sobre todo cuando intenta impresionar a una tía.

—No lo sé, Del. Algo en mis tripas me dice lo contrario.

—Coco. Para.

—Lo oyó en algún sitio —digo, con la voz hecha añicos—. Y aunque Ridge no esté directamente involucrado, es su familia. Su negocio. ¿Cómo voy a mirarlo a la cara sabiendo que trafican con esto?

Exhala lentamente. —Tienes que hablar con él. Antes de que te derrumbes, antes de que dejes que otro decida esto por ti.

Retrocedo, negando con la cabeza. —¿Y si mi padre tenía razón? ¿Y si Ridge es exactamente lo que él dice? —La tensión en el cuello y los hombros se me intensifica—. No puedo hacer esto. No puedo formar parte de algo que destruye a gente como Julian.

Delphine intenta alcanzarme de nuevo, pero me aparto. Necesito aire antes de poder pensar con claridad.

Paso por su lado y me dirijo a la puerta. El golpe del aire nocturno disipa la niebla de mi cabeza. Por primera vez desde que elegí a Ridge, la certeza a la que me aferraba empieza a resquebrajarse.

Entro en mi pequeña entrada vallada y me detengo frente a la casa.