VEINTITRÉS
Coco
La habitación está en silencio. Hasta los pájaros de fuera se han quedado quietos. Es ese silencio que te oprime hasta que casi zumba.
Este silencio siempre parece seguir a una noche de fiesta en esta ciudad.
Escuché gente en la calle hasta tarde, voces que flotaban mucho después de medianoche.
Eso fue antes de que Ridge apareciera borracho en mi puerta, antes de que el videoportero se iluminara a una hora en la que nadie respetable debería estar despierto.
Dios, espero que mi padre no haya puesto a nadie a vigilarme.
El cuerpo de Ridge está cálido junto al mío. Su brazo descansa pesado sobre mi cintura y me ancla allí; su respiración, lenta y acompasada, contra mi espalda.
Ambos dijimos varias veces que era mejor que no viniera. Más sensato. Más seguro. Y aun así, verlo plantado en mi puerta hizo que todo pensamiento lógico saliera volando por la ventana.
La luz de la mañana se cuela por las cortinas, suave y pálida, como si el mundo aún no hubiera decidido despertar. Todo está suspendido, contenido por el silencio.
No quiero que termine.
Lo observo mientras duerme. Las líneas duras de su rostro han desaparecido, la tensión que lleva a todas partes se ha aliviado por una vez. Su respiración es lenta y acompasada, su boca relajada de un modo que casi no reconozco.
Es íntimo de una forma que tocarlo estando despierto nunca llega a serlo.
Le paso los dedos por la frente, apartándole el cabello con suavidad. No se mueve. Quiero memorizar esta versión de él, la tranquilidad y la quietud, la calma frágil que se asienta entre nosotros.
Sus palabras de anoche surgen de todos modos, sin que nadie las llame.
Te quiero.
Lo dijo sin preámbulos ni vacilación. Como si yo ya lo supiera, y él simplemente estuviera diciendo lo que ambos sabemos.
El recuerdo aún me desarma. Sigo sin poder asimilarlo: lo que significa, por qué lo dijo.
Ya he repasado ese momento una docena de veces, buscando el punto en que malinterpreté algo o me equivoqué. Seguro que hay un momento en que deja de ser real.
Porque quererlo siempre ha sido peligroso. Decirlo en voz alta, aún más.
Y entonces la duda se cuela y lo arrebata todo antes de que pueda deleitarme de verdad. Quizá fue el alcohol.
Sigo dándole vueltas, intentando averiguar cómo preguntar sin romper lo que sea que tengamos, cuando su respiración cambia. Abre los ojos, alerta incluso recién despierto.
Por un segundo parece desorientado, recorre la habitación con la mirada. Luego sus ojos se posan en mí y algo en su expresión se relaja.
—Buenos días —digo en voz baja.
Las ganas de subirme encima de él son inmediatas y me distraen. Anoche se quedó dormido antes de que pudiera hacer nada, y mi cuerpo no ha aceptado la espera con elegancia.
—Buenos días —murmura. Su voz es ronca, vulnerable—. ¿Llevas mucho despierta?
—Un rato —me incorporo y recojo las piernas debajo de mí—. Pensando. Disfrutando de tenerte en mi cama.
Frunce el ceño, pero no me interrumpe. Solo me observa, sereno y paciente, como si supiera que algo se avecina y no intentara evitarlo.
—Anoche —digo, con la mirada fija en mis manos, que retuercen la sábana—. Lo que dijiste... ¿lo decías en serio?
Las palabras salen de mi boca y enseguida sé que ha sido un error.
Hay una pausa tan larga que se me encoge el estómago. Cuando levanto la vista, ya está sentado contra el cabecero, con expresión deliberadamente neutra.
—No digo cosas que no sienta, Coco —dice—. Borracho o sobrio.
Eso lo he aprendido de él, tiene razón. Ridge no malgasta palabras. Pero aun así necesitaba oírle decir que no iba a retractarse.
—Ridge...
Niega con la cabeza una vez.
—No. No te pido nada a cambio. Ni promesas ni discursos.
Apoyo la mano en su pecho; el ritmo constante bajo la palma me ancla.
—Me alegro de que lo dijeras —susurro.
No digo nada más, todavía no. Quiero que, cuando lo diga, sepa que no es una respuesta automática ni porque me sienta obligada a corresponder.
Me observa un segundo más de lo necesario, con la mano aún sobre la mía, el pulgar trazando círculos lentos y distraídos sobre mis nudillos.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice.
Asiento.
—Si nada de esto importara —continúa en voz baja—. Tu padre. Yo. El desastre que nos rodea. Si no te estuvieran controlando ni acorralando. ¿Qué es eso que siempre has querido hacer pero nunca te has permitido desear en voz alta?
La pregunta me pilla desprevenida. Nadie me pregunta cosas así. Me preguntan qué hago, con quién salgo o qué piensa mi padre. No preguntan qué quiero cuando nadie mira.
Vacilo, noto el calor que me sube por el cuello porque decirlo en voz alta parece casi un capricho.
—Es una tontería —digo.
—Prueba.
Miro nuestras manos y luego a él.
—Siempre quise aprender sobre vinos. No de forma superficial, sino en serio —se me escapa un pequeño suspiro.
—Eso mola. Ni sabía que se pudiera estudiar eso. ¿Por qué no lo haces?
—Es que no encaja del todo. Para empezar, el programa de sommelier que de verdad quiero hacer está en California. Sonoma. Me gusta meterme en internet y soñar con ello, pero no es realista.
—¿Por qué no? Deberías hacerlo.
Niego con la cabeza.
—Para empezar, es carísimo. Por no hablar de que tendría que vivir tres meses en el viñedo. Es poco práctico para alguien que no tiene el dinero suficiente como para que esas cosas no importen.
No me interrumpe, ni sonríe ni lo descarta.
—Era solo algo en lo que pensaba —añado, echándome atrás—. No algo que fuera a hacer de verdad.
Asiente una vez, como si estuviera guardando la información en un lugar concreto en vez de simplemente absorberla. Su pulgar se queda quieto sobre mi mano.
—Gracias por contármelo —dice simplemente—. Me gusta saber más de ti.
—Tenemos que sacarte de aquí antes de que alguien te vea —digo, cambiando de tema—. Pero no sin antes darte los buenos días como es debido.
Mi mano se desliza más abajo, y su respiración cambia antes de que termine de cerrar los dedos alrededor de su polla hinchada.
Su mirada se clava en la mía, con una intensidad repentina.
—Se acabó lo de escondernos, Coco —dice—. No voy a ocultarme como si tuviera algo de lo que avergonzarme.
Me quedo quieta.
—A tu padre no le va a gustar —continúa, con voz firme y decidida—. Me da igual lo que piense o lo que le guste. No eres una niña. Eres una mujer adulta. Si esto es lo que quieres, lo hacemos a la luz. Se acabaron los secretos.
El pulso se me acelera.
—Ridge, sabes lo peligroso que podría ser. Mi padre... —me detengo, trago saliva—. Es demasiado pronto.
Se le tensa la mandíbula.
—No le tengo miedo. Estoy harto de mirar por encima del hombro, de andar escondiéndonos como adolescentes. Esto no puede seguir oculto para siempre si de verdad vamos a seguir adelante. Lo sabes.
Tiene razón. Odio que tenga razón.
—Lo resolveré —digo en voz baja—. Hablaré con él cuando sea el momento adecuado.
—El momento adecuado no espera eternamente —su voz se suaviza un poco, pero la determinación sigue ahí—. Si quieres esto, si me quieres a mí, tienes que dar la cara.
Su ultimátum, aunque no se dé cuenta de que eso es lo que me está dando, frena el calor que había ido creciendo. Todavía lo deseo. Eso no desaparece. Pero algo más frío se cuela junto al deseo.
Me está pidiendo que elija.
Una vez que se lo diga a mi padre, no habrá vuelta atrás. No podré volver a la versión de mi vida que existía antes de Ridge.
Es él.
O mi padre.
Rosie's Roost está a un paso de Magazine Street, lo bastante apartado como para que siga sintiéndose nuestro.
La puerta se atasca un segundo cuando la empujo. El aire cálido me sale al encuentro, trayendo consigo el olor a café y un toque dulce por debajo. Las paredes de ladrillo están cerca, son familiares, y las ventanas son lo bastante estrechas como para mantener el mundo exterior a raya.
Esta mañana, el lugar bulle. Las conversaciones se solapan. Las tazas tintinean contra los platillos. La máquina de espresso sisea y borbotea detrás del mostrador, incansable y viva. Cualquiera pensaría que bastaría para hacerme volver en mí, pero no es así.
Me siento frente a Delphine en nuestra mesa de esquina de siempre, con las dos manos rodeando una taza que no he tocado.
La cerámica está caliente contra las palmas, firme y sólida, y me ancla de un modo que necesito más de lo que quisiera.
Mis pensamientos no se ralentizan para acompasarse con el local.
—Bueno —dice Delphine, observándome por encima del borde de su taza—. ¿Qué pasa? Tienes esa mirada.
Me recuesto en la silla y dejo escapar un suspiro.
—Es Ridge.
Arquea las cejas, con el interés avivado. Se inclina hacia delante, los codos sobre la mesa.
—¿Qué pasa con él?
—Anoche me dijo que me quiere. O muy temprano esta mañana.
Se le disparan las cejas, se le abre la boca.
—Coco. Eso es enorme. Déjame adivinar. ¿Otro encuentro clandestino en el búnker que acaba con una declaración de amor eterno?
—Shh —siseo, echando un vistazo por el café—. Se supone que nadie debe enterarse de eso.
Resopla.
—Te prometo que, si alguien nos oye, no va a pensar en guaridas subterráneas ni en romances torturados. ¿Por qué estás tan nerviosa? Pensaba que estarías en una nube.
—Lo estoy —digo rápidamente—. Estoy encantada. Pero hubo algo más. Algo gordo.
Se le curva la boca.
—Por favor, dime que no es un voto de servidumbre sexual de por vida.
—Para —la fulmino con la mirada—. Hablo en serio.
Se pone seria al instante.
—Vale. ¿Qué es?
—No lo llamó ultimátum —digo, bajando la voz—, pero lo pareció. Dice que se acabó lo de escondernos. Que si vamos a seguir con esto, tendrá que ser a la luz.
A Delphine se le tensa la expresión. No se apresura a llenar el silencio, y se lo agradezco más de lo que soy capaz de expresar.
—Solo han pasado tres semanas desde que pasó todo —continúo, echando un vistazo alrededor aunque nadie nos presta atención—. Tres semanas, Del. Nada más.
—Si somos precisos —dice con suavidad—, apenas llevas dos semanas en casa.