Ridge #3
Asiente una vez. —Tu padre entendía eso.
Oír hablar de él me deja sin aliento. Eso no ha cambiado desde la noche en que lo encontré.
Vin asiente. —Y lo están. Con ellos fuera de juego, volvemos a los negocios. Los muelles no necesitan drama. Necesitan previsibilidad.
Doy otro trago.
—Boudreaux sigue siendo parte de esto —digo—. Me guste o no.
Vin no discute. —Él se encarga del lado laboral, las colocaciones, las relaciones sindicales de mierda. Mantiene a la gente trabajando. Tú traes la carga. Tú generas el volumen que mantiene todo esto vivo.
Roles diferentes, mismo ecosistema.
—No tenemos que caernos bien —digo—. Solo tenemos que cumplir con lo nuestro.
La comisura de Vin se tuerce ligeramente. —Exactamente. Todos ganan dinero si cada uno hace lo que le toca.
Bajo la mirada hacia mi vaso, observando cómo se mueve el líquido. La ciudad sigue en movimiento ahí fuera. Los barcos siguen llegando. Los contenedores siguen apilándose.
Apuro el resto de la bebida y dejo el vaso en la mesa. —Me fijé en que no estuviste allí esta noche.
Vin me sostiene la mirada sin pestañear. —No pensé que necesitaras refuerzos. Y alguien tenía que dejarse ver. Los teléfonos no paraban de sonar, así que me aseguré de que todo estuviera bajo control.
La respuesta tiene sentido. Con él siempre lo tiene.
Aun así, la pregunta se queda flotando más de lo que debería. La dejo pasar.
—Bien —digo, poniéndome de pie—. Mantente al tanto. Estoy listo para volver al trabajo. Se acabó eso de ir apagando fuegos.
No sé cómo he llegado hasta aquí.
Tengo las manos apoyadas en el marco de su puerta, las palmas abiertas, la frente presionada contra la madera como si fuera lo único que me mantiene en pie.
No recuerdo haber llamado. No recuerdo haberlo decidido. Un momento estaba en el coche, y al siguiente ella está ahí, con los ojos muy abiertos, recorriendo la calle con la mirada.
—Ridge —dice, en voz baja pero cortante—. ¿Qué haces aquí? Sabes que dijimos que no era seguro que aparecieras así.
No espera respuesta. Me agarra de la manga y tira de mí hacia dentro, cerrando la puerta rápidamente tras nosotros.
Me tambaleo, apenas consigo mantenerme en pie. Entonces caigo en la cuenta, de forma vaga y difusa, de que nunca he visto dónde vive. Tanto escondernos, tanto desearnos, y nunca había cruzado este umbral.
—Tienes una casa preciosa —digo, con las palabras lentas y torpes en la boca.
Ella resopla.
—Cállate. Dudo que puedas ver nada. ¿Qué has hecho esta noche? —Arruga la nariz—. Hueles a alcohol y a puros. Siéntate.
La lámpara de la mesita arroja una luz suave por la habitación. Es cálida y constante mientras todo lo demás está borroso y se inclina. El suelo ha decidido moverse sin avisar, y el bourbon se me revuelve en el estómago.
Percibo un rastro tenue de su vainilla dulce y algo más intenso debajo, y eso hace que pensar sea aún más difícil.
Se arrodilla frente a mí y lleva las manos a mis botas.
—No tienes que hacer eso —murmuro. Me cuesta arrastrar las palabras—. Solo... quería darte las buenas noches. No podía terminar el día sin verte.
Me mira con expresión indescifrable, que luego se suaviza más de lo que merezco. —Cariño, el día terminó hace horas.
Me quita una bota, luego la otra, y las deja ordenadas a un lado.
—El sol saldrá pronto —añade—. Ese será un nuevo día.
—No debería estar aquí —digo, dejándome caer contra el sofá, con la cabeza ladeada para poder mirarla.
—Tienes razón —dice con calma—. Y estás borracho.
Se pone de pie y me quita la chaqueta de los hombros. Sus manos son firmes y seguras, y no merezco ni lo uno ni lo otro ahora mismo.
La dobla sobre el respaldo de una silla como si esto fuera normal. Como si yo no hubiera entrado cargando algo feo y pesado.
El alcohol y la realidad de estar aquí, en su espacio, según sus reglas, aflojan algo que llevo años manteniendo a raya. Es el tipo de dolor que aprendí hace mucho a no tocar.
Mi madre cruza mi mente sin avisar, y la aparto igual de rápido.
—Siempre tengo cuidado —digo—. Pero esta noche... no quería tenerlo.
—Podrías haber llamado —dice con suavidad—. Me dijiste que estarías ocupado toda la noche. Habría ido a verte al búnker.
Suelto una risa áspera.
—¿Cómo no se me ocurrió?
La verdad flota en el aire, sin pronunciar. No quería esconderme. Quería venir aquí. Quería cruzar su puerta como si tuviera todo el derecho de estar aquí.
Me toma la mano, y su calor es lo primero que percibo.
Algo en mí se desplaza demasiado rápido, demasiado bruscamente. Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.
—Te quiero.
Su mano se queda inmóvil.
Durante un instante, la habitación queda en perfecto silencio. Ni un murmullo de la ciudad. Ningún sonido salvo el latido de mi pulso en los oídos.
Abre la boca.
Niego con la cabeza, despacio y con intención.
—No —digo—. Solo... no digas nada ahora mismo.
No sé si la estoy protegiendo a ella o a mí mismo. Solo sé que si habla, esto se convertirá en algo que no estoy preparado para afrontar sobrio.
No se aparta ni responde. Y me doy cuenta de que estoy jodido.