Ridge
VEINTE
El soplón de la Prohibición: Durante la Prohibición, las prósperas operaciones de contrabando de Nueva Orleans fueron interrumpidas por un asociado de confianza convertido en informante que traicionó a los contrabandistas locales ante los agentes federales.
Los chivatazos llevaron a redadas, arrestos y el desmantelamiento de rutas secretas de licor, lo que sacudió el submundo de la ciudad.
Me despierto antes de que se enciendan las luces; el búnker sigue sumido en la oscuridad.
Coco duerme de lado, con el cabello suelto sobre la almohada y una mano acurrucada junto al cuello. No me permito recrearme en la imagen. El deseo es fácil. La disciplina cuesta más.
Extiendo la mano y le rozo el brazo con el pulgar, lo justo para despertarla sin sobresaltarla. Se remueve, las pestañas le aletean y su mirada se enfoca rápidamente, incluso medio dormida.
—Hola —digo en voz baja.
Me mira y el reconocimiento se asienta casi de inmediato. Sin confusión. Solo lucidez.
—Tienes que irte —le digo en voz baja—. Antes de que tu padre se levante.
Exhala suavemente, con más pesar que resistencia, y asiente.
—Lo sé.
Se incorpora para recomponerse y me doy la vuelta el tiempo suficiente para darle espacio. Cuando pasa junto a mí, el roce de su hombro es casual, pero aun así me afecta.
Me pongo los bóxers y la sigo fuera de la habitación.
Caminamos juntos por el búnker en silencio. Ella bosteza y cruza los brazos. En la puerta, se detiene.
Desactivo la cerradura y abro la pesada puerta. Ella sale delante de mí.
Avanzamos por la casa principal en silencio, con la atención dividida entre ella y el espacio que nos rodea. Nos detenemos en la puerta y ella se gira para mirarme antes de salir.
Levanto una mano y le coloco un mechón de cabello detrás de la oreja, confirmando que esto es real y finito a la vez. Mis dedos se demoran un segundo más de lo debido.
—Mándame un mensaje cuando llegues a casa —digo—. Si algo te parece raro, me llamas. No importa la hora.
Alza la mirada hacia mí. Algo se serena en sus ojos.
Me inclino y la beso. Ella me rodea el cuello con los brazos y la atraigo hacia mí por la cintura. Dios, no quiero que se vaya. Pero me aparto antes de que esto se convierta en algo más.
—Lo haré —dice.
La oficina de Stone Intermodal está tranquila a esta hora. Los ventanales de suelo a techo enmarcan la vista del río en la oscuridad, con las luces del puerto desplegadas abajo en el mismo patrón de siempre, el de los últimos treinta años.
Los papeles están esparcidos por mi escritorio, a medio ordenar, pero no consigo concentrarme en ellos. No lo he conseguido desde anoche, cuando Coco me contó lo que vio Iggy.
Las palabras de Coco me dan vueltas en la cabeza.
Iggy vio a hombres que trabajan para Duvall en sus envíos. Estaban vigilando el almacén donde llevaron a mi padre y lo asesinaron.
Las implicaciones me revuelven por dentro, cada una más grave que la anterior. Si Iggy dice la verdad, esto no es especulación ni conjetura. Es una confirmación. Puede que por fin tenga el motivo que necesitaba para dejar de dar vueltas y pasar a la acción.
Llamé a Vin en cuanto Coco confirmó que la reunión sería aquí, pero no me cogió. Quiero que sepa lo que averigüe, pero si no puede estar presente, ya se lo contaré.
Pero no voy a adelantarme. Ya lo he hecho demasiado últimamente, y me ha costado claridad más de una vez. Primero quiero escuchar lo que Iggy tiene que decir; luego decidiré qué significa.
Miro el reloj. Iggy llegará en trece minutos.
He pasado casi una hora dándole vueltas a esta reunión, sopesando si es una pérdida de tiempo o el siguiente paso necesario. Sea como sea, evitarla ya no es una opción.
Mi instinto me dice que sea cauteloso. Le hago caso.
A las diez en punto, alguien llama a la puerta. Un solo golpe firme, seguro y vacilante a la vez. Por un segundo, pienso que es Vin. Es el único que llama así.
Pero cuando levanto la vista, es Iggy quien entra, con los hombros cuadrados pero los ojos recorriendo la habitación como si estuviera memorizando salidas y ángulos.
Noto de inmediato el moretón en el lado derecho de su cara, oscuro y violáceo contra la piel. Me devuelve a la otra noche. Yo se lo hice. No me arrepiento, pero lo registro. Decido no comentar nada.
—Un hombre de palabra —digo, recostándome en la silla. Eso cuenta. Señalo el asiento frente a mí—. Puntual. Siéntate.
Iggy vacila, luego avanza y se sienta con rigidez, las manos planas sobre los muslos. No parece cómodo.
Bien.
—Eres más valiente de lo que pensaba —digo, observándolo de cerca.
Asiente, pero no dice nada.
—Te estás arriesgando al venir aquí.
—Soy consciente —responde Iggy. Su voz se mantiene firme, pero la tensión en la mandíbula lo delata—. Tengo información que podría interesarte. No estaría aquí si no fuera importante.
—Te escucho —digo, cruzando los brazos e inclinándome ligeramente hacia delante. Mi tono sigue siendo desenfadado, pero mi atención se agudiza. Le observo la cara, esos pequeños gestos que hace la gente cuando decide cuánto va a revelar.
Se aclara la garganta.
—Mira, sé que no soy de los tuyos. Pero cuando me enteré de que habían secuestrado a Coco y de que estaban inculpando a su padre por el asesinato del tuyo…
Se detiene, cortándose a media frase. Asiento levemente con la barbilla, dándole permiso para continuar.
Se pasa la mano por la mandíbula, deteniéndose cerca del moretón.
—No podía quedarme callado. Vi algo esa noche. Junto al almacén de Burgundy.
Mantengo la expresión neutra, aunque el pulso se me acelera.
—¿Qué viste?
—Dos hombres montando guardia —dice. Su voz se va afianzando a medida que habla, como si los hechos lo anclaran—. Los reconocí enseguida. Son hombres de Duvall. Sin ninguna duda. Llevan años trabajando para él.
Noto el calor subiéndome por la garganta.
—Estás seguro.
—Estoy seguro —dice, inclinándose ligeramente hacia delante—. Se llaman Ronnie y Dane. Son de los que no hacen preguntas. Verlos allí no tenía sentido al principio, pero ahora... —exhala—. Ahora sí.
Dejo escapar un gruñido bajo mientras lo proceso. Cuando llegué, el exterior estaba despejado. Sin guardias. Sin vigilantes. Si los hombres de Duvall estaban apostados antes, eso plantea preguntas que no me gustan pero que no puedo ignorar.
Asiento despacio, guardándome los nombres.
—¿Y eso es todo lo que viste?
Iggy duda, y el aire de la habitación se carga de tensión.
—No exactamente —dice.
Me enderezo ligeramente.
—Entonces no te detengas ahí.
Traga saliva.
—Había más gente entrando y saliendo. No reconocí a la mayoría. Y coches que no conocía. No me quedé mucho tiempo, pero sí lo suficiente para saber que Duvall vigilaba ese lugar antes de que las cosas se torcieran.
Algo encaja. Los huecos que llevaba tiempo rondando por fin se cierran.
Me recuesto, estudiándolo.
—El cuándo importa —digo—. ¿Cuándo fue esto?
—Alrededor de las diez —responde—. Jueves por la noche.
Asiento. Eso cuadra. Demasiado bien. Mi padre todavía estaba vivo en ese momento. Quien estuviera allí no estaba reaccionando a algo que ya había pasado. Se estaban preparando para algo que aún no había ocurrido.
Dejo que la idea repose un momento.
—¿Crees que podrías probarlo? —pregunto finalmente.
Iggy se pone rígido.
—¿Cómo?
Me recuesto más, la silla cruje suavemente.
—Caras —digo—. Nombres.
Se me tensa el estómago al pensar en las fotos. Las que Coco intentó ocultarme. Las que llevo encima como respuestas que no estaba listo para mirar.
—Espera aquí —digo, poniéndome de pie. Cruzo la habitación y abro la caja fuerte, tecleando el código sin dudar. El sobre está exactamente donde debería estar. Vuelvo al escritorio y extiendo las fotos frente a él.
—Muéstrame.
Iggy las estudia con atención, los dedos suspendidos sobre cada imagen hasta que se detienen.
—Ese es Dane —dice—. Ese es Ronnie.
Me mira.
—Lo juraría.
Eso es suficiente.
Recojo las fotos y las guardo en el sobre.
—Me has dado lo que necesitaba —digo—. Lo que me dijiste queda entre nosotros.
Iggy asiente, ya de pie.
—No tengo intención de decir una palabra sobre esto a nadie.
Se va sin decir nada más. La puerta se cierra tras él con un chasquido.
Me quedo sentado un buen rato, mirando el escritorio donde habían estado las fotos. Los nombres pesan, las caras acarrean consecuencias, y conocerlos cambia lo que viene después.
Por primera vez desde que mi padre murió, el panorama ya no está fragmentado.
Los Duvall no tropezaron con esto. Estaban allí. Esperando.
Y ahora sé exactamente hacia dónde apuntar.
Vin entra desde la sala principal, moviéndose con esa seguridad serena y pausada que le he visto toda mi vida. No mira alrededor ni espera que lo saluden. Nunca lo ha hecho.
Esa calma siempre ha sido su ventaja. Vin sabe exactamente quién es, y no malgasta energía demostrándolo.
Es lo que lo hizo indispensable para la empresa de mi padre.
Lo que lo hizo indispensable en esta ciudad mucho antes de que yo fuera lo bastante mayor para entender cómo funciona realmente el poder.
—Dime qué averiguaste —dice Vin—. Perdona que me haya perdido la reunión. ¿Conseguiste algo importante?
Sus ojos se desvían brevemente hacia el borde de la mesa, donde está el sobre. Se da cuenta de todo, por eso siempre ha sido tan valioso para nosotros. Vin es un halcón.
—Sí —digo, aclarándome la garganta. Le hago un gesto para que tome asiento—. Quería consultarte un par de cosas.
Vin se sienta, apoyando un tobillo sobre la rodilla. Relajado y atento a partes iguales.
—Adelante.
Abro los cierres metálicos de la parte superior del sobre naranja y saco las fotos, deslizándolas sobre la mesa.
—¿Recuerdas las fotos que mencioné?
La expresión de Vin se despeja ligeramente, los ojos de pronto alerta.
—Sí. Quería preguntarte por ellas. Te las dejaste el otro día. Tenía ganas de verlas.
—Ahora es tu oportunidad —digo con tono neutro—. Pensé que podrías aportar algo.
Se inclina hacia delante y coge una, estudiándola con atención. Frunce el ceño y deja escapar un gruñido.
—Joder. Hace tiempo que no veía estas.
—Las reconoces.