Ridge (El legado Stone) Ridge
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Ridge

CATORCE

Me deslizo en un reservado al fondo del bar. El cuero cruje bajo mi peso mientras me acomodo, un sonido tan familiar que ya ni lo noto.

A esta hora hay poca gente. Los habituales se encorvan sobre sus copas, alzando la vista apenas lo justo para fichar al que entra antes de volver a lo suyo. Este sitio siempre ha funcionado así. O te conocen o te vigilan. A veces ambas cosas.

Esta noche he quedado con Vin para repasar la reunión con Laurent.

Hablamos brevemente después, pero él tenía otra cita y yo quería volver al búnker. Quedamos en vernos para poner las cosas en orden y trazar un plan. Quiero saber qué ha averiguado desde entonces.

La negación de Laurent me da vueltas en la cabeza desde que la pronunció. No porque quiera creerle, sino porque encaja demasiado bien para pasarla por alto. Si él no ordenó el golpe, entonces alguien quería que pensáramos que sí.

O quizá simplemente no me gusta lo que implica si dice la verdad y no estuvo detrás del asesinato de mi padre. La idea me incomoda, le dé las vueltas que le dé.

Entonces Coco me cruza por la mente y aparto el pensamiento.

Vin no se convenció de inmediato, pero me aseguró que indagaría. Dijo que había algo concreto que quería comprobar antes de volver a hablar, pero no me dijo qué.

Apenas me he acomodado cuando Vin entra con paso decidido. Su silueta se recorta contra la luz tenue.

Primero barre la sala con la mirada, como siempre. No es paranoia, es costumbre y precaución. Mi padre lo adiestró bien. Se desliza en el reservado frente a mí, calibrando ya el entorno.

Su expresión es hermética, tan indescifrable que ni me molesto en adivinar qué ha descubierto.

Beck, el camarero, aparece al instante, puntual como siempre. Lleva trabajando aquí más tiempo del que alcanzo a recordar. Su esmoquin es impecable; las solapas de satén captan la luz cuando se detiene junto al reservado.

—Sr. Moreau. ¿Escocés solo?

Me mira un instante y luego baja la vista a mi vaso medio vacío. No hace falta preguntar; sabe que me traerá otro.

Vin asiente levemente sin apartar los ojos de mí. Con eso basta.

Beck se aleja, ya sabiendo qué traer.

Vin enciende un cigarrillo; el humo se eleva perezoso entre nosotros.

—¿Has averiguado algo desde la reunión? —pregunto. Se me nota la impaciencia en la voz. Boudreaux lanzó una amenaza velada, como mucho. Pero más allá de eso, no quiero alargar esto sin necesidad, sobre todo si hemos ido a por la familia equivocada.

—Ridge...

—Estamos estancados. Necesito saber si coger a la hija de Boudreaux fue lo correcto o si solo hemos empeorado las cosas.

Vin da una calada lenta, deja escapar el humo por la boca y lo aspira de nuevo por la nariz. No responde enseguida.

—Después de la reunión con Boudreaux, estuve pensando en lo que me contaste que dijo Tripp —dice al fin—. Era demasiado rebuscado para ser mentira, así que indagué más.

Me quedo inmóvil. —Continúa.

—Dijo que alguien le ordenó pasar tiempo con los Duvall, pero sin recopilar información ni entregar nada —continúa Vin—. Eso me llamó la atención. ¿Por qué querría alguien algo así?

—Vas a tener que explicarte mejor, Vin. No te sigo.

—Todo apunta a los Duvall.

—¿Cómo?

—Eso mismo me pregunté yo. ¿Por qué iba uno de los nuestros a tratar con los Duvall?

Se recuesta con el cigarrillo entre los dedos. Casi puedo oír cómo le funciona la cabeza. Por eso siempre ha sido el brazo derecho de mi padre. Su mente trabaja de otra manera; ve conexiones donde los demás no ven nada.

—Le pedí a Wells que repasara los registros internos —dice—. No transacciones ni dinero, sino archivos. Quería saber quién había accedido a qué y cuándo.

—¿Y?

—Había un informe enterrado en el sistema —dice Vin—. Etiquetado como revisión interna, pero detallaba puntos débiles en nuestras rutas que casualmente coincidían con las mismas rutas que los Duvall habían ofrecido comprarnos.

—¿Y crees que de eso va todo esto? ¿Tripp, la cortina de humo, el asesinato?

—La casualidad no explica tanta precisión —responde Vin—.

Creo que los Duvall orquestaron todo esto para hacerse con esas rutas.

Cuando tu padre se negó, buscaron la manera de quitarlo de en medio.

Y creo que usaron a Tripp como peón sin que él lo supiera.

Y, por supuesto, se aseguraron de que tú apuntaras a Boudreaux, no a ellos.

Me inclino hacia delante. —¿Cómo coño has llegado a todo esto?

—Até cabos. Cuando dejas de mirar las piezas sueltas y ves el conjunto, solo hay una lectura posible.

Sacude la ceniza en el cenicero.

—¿Y el hombre con la marca de nacimiento? —pregunto—. ¿Por qué iba a mentir sabiendo que iba a morir igualmente?

La mirada de Vin se afila, apenas un instante. —Esa es la pieza que aún no encaja.

El silencio se alarga entre nosotros.

—Si Boudreaux no lo envió —digo despacio—, entonces alguien necesitaba que ese hombre muriera señalándolo a él.

Vin asiente una vez. —Exacto.

—Y alguien quería que estuviera tan furioso que no lo cuestionara.

—Contaban con que reaccionaras rápido —dice Vin—. Con el impulso, con el deseo de venganza.

Me recuesto un poco y dejo que la información cale.

—Así que esto podría tratarse del acceso al puerto. Pensé que la presión venía por la mano de obra, por quién trabajaba en los muelles. Esto iba dirigido a las líneas navieras.

—Eso es lo que pienso ahora.

—¿Entonces crees que fue Duvall quien ordenó el asesinato de mi padre? —pregunto en voz baja, más para mí mismo que para él.

Vin no se apresura a darme la razón. Nunca lo hace cuando sabe que necesito llegar a mis propias conclusiones.

—Sabían exactamente adónde te llevaría eso. Laurent opera lo bastante cerca de este mundo como para que el solapamiento parezca intencionado. Los Duvall contaban con eso. Contaban con que reaccionaras rápido y desataras una guerra entre las dos familias.

Tiene sentido.

—Todavía no veo cómo convencen a uno de nuestros hombres —digo—. Y a uno de Laurent. No sin algo gordo.

Vin me observa atentamente.

—Si tengo razón, y ahora estoy bastante seguro de tenerla, llegaremos a los detalles del porqué y el cómo. Pero yo apostaría por el dinero. Siempre es dinero. Y poder.

Me paso una mano por el pelo. Se me escapa una risa amarga.

—Así que perdí tiempo y buena voluntad persiguiendo al hombre equivocado. Y metí a una mujer inocente en esto.

—Sí. Y ellos permanecieron invisibles mientras tanto —dice Vin. No hay juicio en sus palabras, solo la comprensión fría de cómo hemos llegado hasta aquí.

Una rabia ardiente me recorre el cuerpo entero, y ahora mismo no tengo forma de canalizarla.

—Tenemos que arreglar esto antes de que se nos vaya de las manos. Pero esta vez quiero estar seguro antes de dar ningún paso.

La boca de Vin se curva ligeramente.

—Hay una manera de darle la vuelta. Dejamos que piensen que sigues centrado en Boudreaux de cara al público. Mientras tanto, vamos cerrando el cerco en silencio. Ya tengo a Wells buscando pruebas que respalden mi teoría, y estoy convencido de que las encontrará.

—No quiero retener a Coco más tiempo del necesario —digo con los dientes apretados—. Boudreaux se mostró comedido ayer, pero fue tajante. No quiero generar más mala sangre de la que ya hay.

—Necesitamos retenerla un poco más —dice sin vacilar—.

Ya la ven como prueba de que estás siguiendo el rastro que te dejaron.

No les sacamos del error. Mándale algo a Boudreaux para demostrarle que la estás cuidando bien.

Joder, ese búnker es más bonito que mi casa.

Por ahora, seguimos usándola. Queremos que Duvall piense que vas por el camino equivocado.

Me lo pienso. Despacio.

—¿Y Tripp?

Esta vez Vin no responde de inmediato. Pero cuando por fin lo hace, su voz suena serena y profesional.

—Está comprometido —dice—. Lo haya querido o no. Tiene que desaparecer.

—No se hace nada hasta que lo sepamos con certeza. Hasta que tenga pruebas. No voy a actuar basándome en suposiciones otra vez.

Vin me estudia durante un largo momento y luego asiente.

—De acuerdo.

Se inclina ligeramente hacia delante.

—Pero prepárate. Esto no va a parar. Están observando cómo respondes.

Me recuesto y respiro hondo.

Los neumáticos del Aston Martin crujen suavemente sobre la grava suelta mientras aparco frente a The Black Orchid y rodeo el edificio hacia la parte trasera.

Desde este lado, no revela nada. Una zona de carga, una entrada de servicio.

El tipo de acceso trasero que todo lugar como este necesita para funcionar.

Entro por una puerta lateral anodina. No está oculta, pero sí aislada.

Una sala construida para que el dinero fluya sin fricciones.

Mi padre montó las mesas privadas de alto nivel hace unos cuatro años, y Keller las dirige.

Aquí es donde se tantean los negocios en privado y se satisfacen los apetitos sin dar espectáculo.

No es un sitio donde la gente viene a perder el control. Es donde vienen a comprobar cuánto control tienen en realidad.

Dos veces por semana, el capital cambia de manos en esta sala. Esta noche, el ritmo es más rápido de lo normal.

Llevo posponiendo volver a Creston House desde que me reuní con Vin. Sé lo que debería hacer. Secuestré a Coco cuando creía que Laurent había ordenado el asesinato de mi padre.

Pero si Laurent no tuvo nada que ver, ni directa ni indirectamente, entonces retenerla deja de ser estrategia y se convierte en otra cosa muy distinta.

Debería soltarla.

La decisión debería ser obvia. En cambio, me pesa sobre los hombros, un lastre que no termina de asentarse. Mantengo el pie en el freno, el motor al ralentí, mientras el pulso me late demasiado rápido para la calma que intento aparentar.

No es arrepentimiento lo que me retiene aquí.

Es la imagen de ella donde la dejé, sentada muy erguida, observando.

No tiene miedo suficiente para suplicar, no es tan tonta como para fingir que no entiende lo que está pasando.

Me ha estado estudiando, catalogando, decidiendo qué clase de hombre soy antes de que yo mismo lo haya decidido.

Ese es el problema.