Ridge (El legado Stone) TRECE #2
27%

TRECE #2

El resplandor traza los bordes de las líneas negras, la tinta curvándose sobre el músculo.

Son historias que quiero conocer. La luz se detiene en la sombra áspera de su barba, suavizando la severidad que suelo asociar con él.

En el sueño, el control se afloja lo suficiente para revelar al hombre que hay debajo. No parece débil, solo vulnerable.

Algo se asienta en mi pecho para lo que no tengo un nombre claro.

Me digo a mí misma que esto nunca estuvo destinado a ser más que estrategia. Acostarme con él fue supervivencia. Fue una baza, una forma de mantenerme viva el tiempo suficiente para encontrar una salida.

Lo repito como si fuera un hecho al que aferrarme.

Pero al verlo así, esa certeza se difumina.

El hombre a mi lado no parece mi captor mientras duerme.

Su cuerpo es pesado e inmóvil, la respiración lenta y uniforme, un brazo extendido donde cayó en algún momento de la noche.

La tensión que lleva cuando está despierto ha desaparecido de su rostro, dejando algo vulnerable en su lugar. Es inquietante cuánto lo suaviza eso.

Cada caricia entre nosotros me ha arrebatado algo que pretendía mantener intacto.

No de golpe ni de forma dramática, sino como una erosión constante.

Como su mano en mi espalda demorándose un segundo más de lo necesario, o su mirada cuando cree que no lo veo.

Y luego está el cuidado que tiene conmigo, del que nunca habla.

Su brazo se mueve y roza el mío.

El contacto apenas existe. Piel contra piel, casual. Y aun así contengo el aliento como si me hubieran pillado haciendo algo malo.

Su mandíbula sigue relajada, la boca distendida, las pestañas oscuras contra la piel. Esta es la versión de él que nadie debería ver.

Debería darme la vuelta. Poner distancia entre nosotros. Recordarme quién es él para mí.

Pero no lo hago. Me permito observar el lento subir y bajar de su pecho. Sus dedos se curvan ligeramente, como si incluso dormido se aferrara a algo. Su calor se filtra hacia mi costado, constante y reconfortante, y por un momento, no quiero ser prudente.

La luz cambia, se calienta, se desliza por las líneas de su piel. He aprendido lo suficiente en el poco tiempo que llevamos juntos para saber cómo suele ir esto. Llega la mañana. Él se va con ella.

Sus ojos se abren despacio.

Durante una fracción de segundo, no hay armadura, solo una conciencia serena. Su mirada vulnerable encuentra la mía y se clava en mis ojos. Es como si estuviera ubicándose, recordando dónde se encuentra y con quién.

—Hola —murmura, con la voz ronca del sueño.

Antes de que pueda darle demasiadas vueltas a cómo vamos a manejar este momento, los dos despiertos en su cama, se inclina y me besa.

Es suave. Sin prisa. Nada que ver con el hambre que impulsó las otras veces. Sin dudas, sin aristas. Solo un contacto firme y deliberado, como si estuviera eligiendo estar aquí en lugar de gestionar el momento.

Esta intimidad me inquieta más que cualquier caricia brusca.

Esto no lo había planeado.

Cuando se aparta, me río suavemente, con los nervios tiñendo el sonido.

—No te vas.

Arquea una ceja.

—¿Eso esperabas?

—Sí —admito—. Hasta ahora no te habías quedado precisamente.

Exhala, un sonido entre risa y algo más denso. Su mano se desliza hasta mi cintura y descansa allí sin acercarme.

—Quizá no me fío de mí mismo si me quedo.

La atracción es inmediata, y la sofoco igual de rápido. Si nos quedamos aquí con la guardia baja, pierdo la única ventaja que aún tengo. Así que no dejo que llegue tan lejos.

—No tienes por qué —digo con ligereza, aunque las palabras pesan más de lo que pretendía—. Siempre queda el café. Y las mamadas. Nada de eso tiene que significar nada fuera del momento.

Su boca se curva, lenta y reacia. Su pulgar presiona una vez sobre mi cadera.

—Eso último —dice en voz baja— tendrías que demostrarlo.

Me deslizo por su cuerpo lentamente, consciente de cómo sus músculos se tensan en cuanto lo toco. El control que mantiene con tanta firmeza no desaparece, pero se resquebraja en los bordes.

Cuando lo tomo en mi boca, su gemido es desinhibido, lo bastante crudo como para hacer que el calor me recorra el cuerpo.

—Coco —murmura, con una mano enredada en mi pelo, empujándome ligeramente la cabeza.

Me quedo con él hasta que su cuerpo se tensa y cede, hasta que el sonido que emite es puro instinto, sin rastro de pensamiento.

Y trago.

Cuando vuelvo a subir, su mirada es intensa, escrutadora. Lo que sea que destella en ella es real, pero queda sin decir.

—El café —dice en voz baja, limpiándome el semen del labio con el pulgar— podría ser peligroso si conviertes esto en costumbre.

Sonrío.

—Parece que te gusta el peligro. Considéralo un servicio público.

Se pasa la mano por el pelo y mira al techo. Lo que daría por saber qué le pasa por la cabeza.

Nos acomodamos juntos de nuevo, el calor persistiendo entre nosotros. La tensión ha desaparecido, el control se ha restaurado. Es entonces cuando me doy cuenta de que solo el calor no basta para evitar que esto se convierta en algo más.

Quiero saber más sobre quién es Ridge Stone, entender qué lo ha convertido en el hombre que es.

—Bueno —digo con ligereza—, cuéntame de esos famosos hermanos tuyos. Eres el mayor, ¿no?

—El mayor —dice—. Y al que culpan cuando las cosas se tuercen.

—Mi padre no creía en dar opciones —dice al fin—. Alguien tenía que asegurarse de que todo no se viniera abajo.

—Y ahora ese alguien eres tú.

Asiente una vez, y algo en su expresión cambia de un modo que me dice que la herida es reciente, antes de que él lo confirme.

—Hace poco más de una semana —dice.

No pregunto qué pasó. Tengo preguntas, pero ninguna que quiera plantear ahora.

Sea cual sea el papel de mi padre en todo esto, sea lo que sea que Ridge crea o sospeche, ahora mismo es solo un hombre que perdió a su padre hace diez días y está tumbado en la oscuridad hablando con la mujer a la que retiene aquí, y eso ya es bastante imposible de por sí.

—Lo siento —digo en voz baja.

Y lo digo en serio, que es la parte que no me esperaba.

Lo acepta con un asentimiento; la mandíbula se le tensa un momento antes de relajarse. El silencio que sigue es distinto a los anteriores, más denso y más honesto, de esos que no necesitan llenarse.

Al cabo de un rato, se gira hacia mí, cambiando deliberadamente de tema de esa manera que ya he aprendido a reconocer como señal de que ha decidido dar algo por zanjado.

—Coco —dice—. No es diminutivo de Corinne por casualidad, ¿verdad?

Le cuento la historia de cómo lo pronunciaba mal de niña y cómo el nombre acabó quedándose.

—Te pega —dice—. Coco tiene garra.

—Eso me han dicho.

El silencio vibra de nuevo, cargado y frágil. Lo rompo antes de que se vuelva peligroso.

—Sobre ese café —murmuro mientras le recorro el pecho con los dedos.

Su mano se cierra sobre la mía y la detiene.

—Lo preparo yo —dice—. Deberías ducharte primero.

Se desliza de debajo de mí y ya se está poniendo los vaqueros con una soltura ensayada.

Vuelvo a fijarme en el reloj de la mesita de noche, de ese tipo que no necesita anunciar lo que cuesta.

El hombre al que vi dormir y que llegué a conocer, aunque fuera brevemente, se ha ido, sustituido por el que está al mando, el que mantiene todo en orden, bajo control, el que ya está pasando página.

Me quedo donde estoy, con su calor aún persistiendo contra mi costado, y entiendo demasiado tarde que este momento nunca estuvo destinado a durar. Fue prestado. Algo que se permitió a sí mismo antes de volver a ponerse la armadura.

Y el peligro ya no es que me retenga aquí.

Es que una parte de mí no quiere irse.