Ridge (El legado Stone) Ridge #2
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Ridge #2

Está detrás de una estantería y una puerta reforzada que mi padre añadió durante la renovación.

El espacio se construyó originalmente en los años veinte como oficina de seguridad privada, cuando las familias con este tipo de dinero preferían gestionar su propia protección en lugar de depender de la ciudad.

La sala tiene paredes gruesas, sin ventanas, y suficiente aislamiento para que las conversaciones no se oigan en el resto de la casa.

Mi padre la conservó cuando restauró la casa. No por teatralidad, sino para situaciones donde la privacidad importa.

Tripp está sentado en una de las sillas de respaldo recto cuando entro. Tiene las manos entrelazadas entre las rodillas, los hombros tensos.

En cuanto me ve, se endereza un poco más.

Rhodes está sentado en un sillón a un lado, con los brazos cruzados, observándolo con esa mirada aguda y analítica que siempre ha tenido.

Keller incluyó a Rhodes en la conversación antes, cuando todo empezó a complicarse, porque conoce a Tripp personalmente. Fue Rhodes quien contactó con él y le pidió que viniera a una reunión.

Keller no lo involucra en situaciones como esta a menos que tenga que hacerlo. La universidad sigue siendo lo primero, al menos oficialmente.

Me acerco más y me inclino para hablarle directamente al oído.

—¿Qué has oído hasta ahora? —pregunto en voz baja—. ¿Algo que merezca la pena indagar?

Rhodes echa un vistazo a Tripp antes de responder.

—Nada concreto —dice en voz baja—. Sigue insistiendo en que alguien de Stone Intermodal se puso en contacto con él, pero afirma que no sabe quién.

—¿Cómo?

—Snapchat. Ya sabes, los mensajes que desaparecen, lo cual es conveniente para él. La cuenta ya no existe.

—Por supuesto que no. —Me paso una mano por la mandíbula—. ¿Qué más?

—Mencionó algunas reuniones que aún no podemos explicar. Dice que le ordenaron contactar con ellos, pero no sabía por qué. No hay documentos, no hay dinero. Solo presentaciones.

—¿Quién?

—Tipos de poca monta —dice Rhodes—. La mayoría están vinculados a los Duvall de alguna manera.

Aprieto los puños.

—Si no hay forma de verificar nada de esto —digo—, no puedo fiarme de nada de lo que dice.

Rhodes esboza una leve sonrisa.

—O cree que alguien lo está protegiendo —dice en voz baja—, o es mucho más tonto de lo que pensábamos.

Dejo que eso cale. Rhodes es joven, pero tiene olfato para detectar gilipolleces.

Lo que a veces me preocupa es la facilidad con que puede convertir ese instinto en algo más frío. La presión funciona cuando está controlada. Mal usada, rompe cosas que no pretendías romper.

—De acuerdo —digo en voz baja—. Veamos cuánto aguanta su versión.

Avanzo hacia el interior de la sala; el sonido de mis zapatos sobre el suelo de madera resuena en el silencio.

Tripp levanta la vista de inmediato.

La arrogancia habitual que pasea por los muelles ha desaparecido esta noche.

Beau capta mi mirada. Le hago un leve gesto con la cabeza y retrocede unos pasos, dándonos espacio. La puerta detrás de él permanece cerrada.

Acerco la silla frente a Tripp y me siento, como si esto fuera solo una conversación entre dos hombres.

De cerca, veo la tensión en sus hombros, las manos apretadas una contra otra.

No me interesa asustarlo todavía. No hasta que sepa si tuvo algo que ver con el asesinato de mi padre o si es solo otro idiota que creyó que podía jugar con fuego.

—Así que —digo con calma—, has tenido tiempo para pensar.

—Ridge, yo solo... —Traga con dificultad—. Solo intentaba ayudar a la familia. Tienes que creerme. Estaba velando por nuestros intereses.

Cruzo los brazos con soltura.

—Desde mi punto de vista —digo—, parece que estabas velando por ti mismo.

Sus ojos se desvían hacia Rhodes y luego vuelven a mí.

—No. Me llegó información de que había oportunidades para trabajar más de cerca con tu padre. Si pasaba las pruebas, sería de confianza. Lo único que tenía que hacer era contactar con los Duvall y mantener el contacto. Nunca les dije nada.

El nombre me resulta familiar, pero mantengo la expresión neutra.

—Y decidiste encargarte de eso por tu cuenta —digo—. Sin pedir autorización. Sin consultarlo con nadie.

Se encoge de hombros.

—Me dijeron que no le contara a nadie lo que estaba haciendo. Esas fueron las órdenes explícitas.

—¿Órdenes de quién?

Parpadea, aturdido.

—Yo... no sé exactamente. Fue por escrito, decía que era una prueba. —Sacude la cabeza con la respiración entrecortada.

—Sé que suena loco, pero encontré un informe, algo en los archivos que señalaba debilidades en la operación de Duvall. Pensé que estaba ahí por una razón. Pensé que era una prueba.

—Una prueba —repito.

Junto a mí, Rhodes cambia de postura, observando atentamente.

—Qué momento más interesante —digo—. Teniendo en cuenta que mi padre fue asesinado.

Tripp se sobresalta.

—No. Dios, no. Él era como un padre para mí. Nunca...

—Entonces, ¿por qué te reunías con el enemigo a sus espaldas?

Vacila.

—Pensé...

—Pensaste —interrumpo—. Ese es el problema. Deja de dar rodeos.

Su respiración se acelera. —No sabía que acabaría así. Lo juro. Pensé que estaba haciendo lo correcto.

—¿Pensaste en el riesgo para la familia si te estaban engañando? —pregunto—. ¿Quién obedece a alguien que ni siquiera puede identificar?

Abre la boca, buscando una respuesta. Dejo que el silencio se extienda.

Los ojos de Tripp van de mí al suelo.

Me pongo de pie y doy un paso lento hacia atrás, dejándole un espacio que claramente no quiere. Las palabras de Rhodes resuenan en mi mente.

—Crees que no nos daríamos cuenta —digo—. Que podrías jugar a agente doble sin que nadie te pillara. Aunque hubieras dado con algo real, ¿qué te hizo pensar que tenías autoridad para actuar solo?

—No la tenía —jadea—. Lo juro. Pensé que por eso estaba ahí. Para que yo lo encontrara. Pensé que tu padre, o tú, me estabais pasando información en secreto. Poniéndome a prueba. Eso decía el memo.

Lo estudio. Está demasiado asustado para resultar convincente. Demasiado confundido para mostrarse seguro.

—Bonita historia —digo—. Daría para una película de espías. Pero esto es la vida real, Tripp. Y no te creo.

—Lo juro —gime.

Rhodes interviene con voz cortante. —Así que te pasamos un memo secreto y te dijimos que «pasaras el rato» con nuestra competencia en las rutas de envío —dice, haciendo comillas en el aire.

—¿Eso es lo que estás diciendo? —pregunta Rhodes.

Tripp abre la boca, la cierra. —No lo sé. Sí. Eso es lo que digo. Pensé que estaba destinado a encontrarlo.

—¿Dónde está ese memo? —pregunto.

—Decía que lo destruyera —dice rápidamente—. Así que lo hice. Lo quemé.

—Mentira —espeta Rhodes—. Nos está tomando el pelo.

Contengo la ira que me arde en el pecho. Tonto o peón, da igual. Cruzó una línea.

Por un momento, Coco cruza mi mente. Está abajo esperando. Cada minuto que paso aquí es tiempo perdido.

Me enderezo.

—Es suficiente por ahora.

Tripp levanta la vista de golpe.

—Vete a casa —digo—. Pero mantente localizable. No hemos terminado con esto.

Sus hombros se relajan de alivio, aunque intenta disimularlo.

—Volveremos a hablar.

Beau se hace a un lado y Tripp se levanta despacio, mirándonos a los tres antes de dirigirse a la puerta.

Me vuelvo hacia Rhodes. —Vamos.

Rhodes me sigue al pasillo y la puerta se cierra tras nosotros. Espera hasta que nos alejamos unos pasos antes de hablar.

—No puedes estar creyéndote esa historia.

—Es tan extraña que no puedo ignorarla —digo—. No damos directivas así. Si alguien usó nuestro nombre para contactar con los Duvall, quiero saber quién y por qué.

Me froto la mandíbula y aparto la mirada.

—O es incompetente —añado—, o alguien lo está usando.

Rhodes asiente pensativo. Su mirada se pierde mientras sopesa mis palabras.

—Interesante, ¿no? —pregunta Rhodes, casi para sí mismo—. Si es verdad, alguien eligió al idiota perfecto para encontrarlo.

No respondo de inmediato, dándole vueltas. Tripp puede ser un tonto, pero si lo que dice es cierto, alguien lo está manejando desde las sombras. Y hasta que descubra quién, no pienso bajar la guardia.

—Por ahora, le creemos. Quiero llegar al fondo de esto.

—Veré si puedo sacarle algo más. Hablaré también con algunos de sus amigos.

—No quiero que te metas demasiado en esto. Tienes que concentrarte en los estudios. Yo me encargo. Gracias por lo que has hecho.

—Suenas como papá. Puedo hacer dos cosas a la vez, Ridge.

Su comentario pretendía ser la típica respuesta de un adolescente borde, pero me cala hondo. Sí que sueno como papá.

—Hablamos luego. Tengo que irme. Lo digo en serio. No descuides los estudios.

No espero otra respuesta mordaz. Me doy la vuelta y me alejo. Saco el móvil del bolsillo mientras voy hacia el coche y escribo un mensaje rápido a Vin.

Necesito ponerte al día sobre Tripp. También tenemos que hablar de los Boudreaux.

La respuesta llega casi de inmediato.

¿Qué pasa con Tripp?

Me froto las sienes, obligándome a mantener la calma y a ser breve.

Te lo cuento cuando nos veamos. ¿Estás libre ahora?

Hay una pausa. Lo bastante larga como para notarla. Los tres puntos parpadean en la pantalla, un momento más de lo habitual, parpadean, desaparecen y vuelven a aparecer.

Ahora me viene bien. ¿Black Orchid?

Voy para allá.

Guardo el teléfono en el bolsillo y me incorporo al tráfico. Las calles van a paso de tortuga, bloqueadas por semáforos y conductores impacientes, y no me queda más remedio que pensar.

No puedo quitarme de la cabeza a Tripp en esa silla. El pánico en sus ojos. La historia de un memorándum que apareció de la nada y que, casualmente, fue destruido. Demasiadas coincidencias, encajadas con demasiada precisión, todas justo después del asesinato de mi padre.

Ese tipo de montaje no es casualidad. Es premeditación.

Y luego está Coco bajo tierra, en el búnker de mi padre, metida de lleno en una situación que se complica por momentos.

No me gustan los patrones que no he creado yo.

El Black Orchid ocupa su rincón de la ciudad, discreto visto desde la calle y hermético una vez dentro. Le doy las llaves al aparcacoches sin esperar resguardo y me dirijo a la puerta.