Capítulo 64
Willa
C asi no podía creer lo que veían mis ojos. Había estado forcejeando contra el agarre de hierro de Roberto y apenas había conseguido soltar un par de gritos ahogados —con la garganta todavía en carne viva por el humo de St. Andrew— antes de que me tapara la boca con la mano.
Sentí el filo de una hoja contra mi garganta y supe que estaba acabada. Estábamos en medio de la nada, sin siquiera los secuaces de Roberto cerca.
No es que eso hubiera mejorado la situación.
Pensaba en Emma, con la esperanza de que el cielo fuera real y de verla allí cuando muriera. Quizás allí todo esto parecería solo una pesadilla.
Entonces vi un destello entre los árboles y, unos segundos después, Neo irrumpió en el claro. Se quedó paralizado al ver a Roberto con el cuchillo en mi garganta.
Neo empuñaba un arma y sentí un destello de esperanza antes de caer en la cuenta de en qué situación estábamos.
Para matar a Roberto, Neo tendría que hacer un disparo imposible, confiando en que la bala no me diera a mí, en que alcanzara a Roberto antes de que el cuchillo me rajara el cuello.
Debería haberme invadido la desesperación, pero en cambio sentí un extraño alivio. Por fin sabía qué le había pasado a Emma, a todas las chicas de Bellepoint, y ahora Neo también lo sabría.
Yo moriría, y por eso Neo no dejaría que Roberto siguiera vivo para hacer daño a nadie más. Mi madre estaría a salvo y al menos tendría mi cuerpo para enterrar.
—Vaya, pero si es mi querido viejo padre —dijo Neo—. Y con padre me refiero al psicópata que donó su esperma.
—Bua, bua —se burló Roberto mientras me soltaba la boca—. Fui el mejor padre que podías tener. Solo que eres demasiado estúpido para darte cuenta.
—Sí, deberían haberte dado el premio al Padre del Año por encerrarme a oscuras y molerme a palos —dijo Neo—. Quizás habrías recibido un premio especial por todas las chicas que mataste, como Emma.
—Deberían haberlo hecho —dijo Roberto—. Fui el mejor padre posible, el que te enseñó a ser fuerte, a ser un hombre.
Se estaba exaltando, el cuchillo hundiéndose más en mi garganta, y sentí un hilo de sangre que me corría por el cuello.
—Querrás decir a ser un monstruo —dijo Neo—. Eso sí que me lo enseñaste bien.
Oí la amargura en la voz de Neo, y también la tristeza.
—No eres un monstruo —le dije a Neo, clavando mis ojos en los suyos a través de la oscuridad—. Nunca lo fuiste. Esa es solo otra mentira que te contó.
—¡Cállate! —gritó Roberto; el cuchillo me raspó el cuello y su voz se volvió más calmada—. Cállate, conejita. Eres igual que tu hermana. Nunca sabes cuándo parar.
A Neo se le movió la garganta al tragar, intentando disimular su nerviosismo mientras Roberto perdía los estribos.
—Suelta el cuchillo antes de que te vuele la puta cabeza.
Roberto se rio.
—¿Crees que te tengo miedo? Pues no, y ¿sabes por qué? Porque no te conoces a ti mismo. Te crees un monstruo, pero en el fondo sigues siendo un crío llorando en un armario.
Sentí como si me estuvieran desgarrando el corazón. Quería arrancarle el cuchillo a Roberto y apuñalarlo hasta que dejara de hacerle daño al hombre que amaba.
Quería decírselo a Neo en ese mismo instante, gritarlo a los cuatro vientos por si no tenía otra oportunidad, pero sabía que solo conseguiría distraerlo, y eso era lo último que necesitaba.
Neo levantó el arma y apuntó a la cabeza de Roberto.
—Eso lo dirás tú.
Clavé la mirada en los ojos de Neo, intentando transmitirle un mensaje.
Hazlo. Métele una puta bala en el cerebro y que pase lo que tenga que pasar.
Y entonces, detrás de Neo, movimiento entre los árboles. No sabía si Roberto lo había visto o si estaba demasiado pendiente de Neo, pero un segundo después apareció un rostro y supe que no me lo estaba imaginando.
Era Oscar.