Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 62
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Capítulo 62

Willa

M e estaba quedando sin fuerzas; el frío y la carrera constante me estaban pasando factura mientras avanzaba a trompicones por el bosque.

Oía voces a mi espalda. —¿Dónde estás, conejita? No tiene sentido correr. Podemos olerte.

Estaban cerca. Demasiado cerca.

Y más adelante, otras voces masculinas, sus palabras ininteligibles. No necesitaba entender lo que decían para saber que estaban con Roberto, los hombres que habían salido de las otras cabañas para cortarme la huida.

Había estado corriendo por una especie de sendero, nevado y cubierto de maleza. Había sido lo más fácil cuando huí de la cabaña en ruinas, pero ahora me parecía un error.

Se lo había estado poniendo fácil.

No había tiempo para sopesar los pros y los contras. Estaba rodeada por todos lados. Tendría que arriesgarme y salir del sendero.

Busqué un hueco entre los árboles que bordeaban el camino, lo bastante ancho para pasar con mis alas, y lo divisé a unos tres metros.

Esperé hasta llegar a su altura y me lancé por el hueco hacia los árboles centenarios.

Por desgracia, no había pensado en las desventajas de abandonar el sendero, y enseguida tuve que reducir el ritmo al no haber un camino despejado entre los árboles.

No había lógica en cómo crecían: algunos tan juntos que no cabía ni un alfiler, otros separados por grandes huecos que formaban pequeños claros donde podía acelerar momentáneamente.

Empezaba a sentirme esperanzada. Las voces de los hombres, que casi me pisaban los talones desde que eché a correr, habían desaparecido. Estaba sumida en el silencio ancestral del bosque y empezaba a creer que los había despistado.

Entonces atravesé uno de los pequeños claros y entré en otro bosquecillo espeso.

Reduje el ritmo para no estrellarme contra uno de los gruesos troncos que se alzaban hacia el cielo nocturno.

Ni siquiera vi al hombre escondido detrás de uno de los árboles hasta que me agarró, me rodeó el pecho con los brazos desde atrás y me levantó del suelo.

—Creo que he cazado una coneja —me susurró Roberto al oído—. Y va a ser todo un festín.