Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 59
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Capítulo 59

Neo

C onducía como alma que lleva el diablo, con la mirada yendo de la carretera a la luz roja que mostraba la ubicación de Willa en la aplicación del rastreador.

No tenía ni idea de qué había pasado en St. Andrew, pero aquello olía a chamusquina.

Era mucha casualidad que hubiera estallado un incendio justo antes de que Willa desapareciera.

Esto llevaba el sello de mi padre por todas partes.

—¿Cuánto falta? —preguntó Drago desde el asiento trasero.

—Un minuto más hasta el inicio del sendero más cercano —dije.

A partir de ahí, vete tú a saber. Los senderos no se despejaban en invierno. Hacía tiempo que no caía una gran nevada y solo podía esperar que parte de la nieve acumulada se hubiera derretido.

Entré en el aparcamiento del inicio del sendero y clavé el freno, agarré el móvil y abrí la puerta antes incluso de apagar el coche.

—Vamos, joder —dijo Rock.

Levanté el móvil, aliviado al ver que Willa seguía cerca de la cabaña donde había muerto el decano Giordana, donde había intentado matarla.

Que estuviera allí otra vez, sola y probablemente asustada, me hacía sentir que estaba perdiendo la puta cabeza.

Habíamos encontrado una lista de nombres en la oficina de Laszlo Nagy con precios junto a cada uno, una lista que me había metido en el bolsillo justo cuando sonó la alarma de incendios.

¿Había traficado con otras chicas para mi padre y los demás exalumnos implicados en la desaparición de las chicas de Bellepoint?

No lo sabía, y ahora mismo me daba igual. Ahora mismo ni siquiera parecía importar. Lo único que importaba era ella.

Willa.

Su nombre latía como un tambor con cada latido de mi corazón.

Ni siquiera le había dicho que la quería, ni siquiera le había hablado del anillo que llevaba tiempo armándome de valor para darle.

No es demasiado tarde .

No sabía si era una súplica o una afirmación.

Ya voy, Willa. Ya voy.

Llegamos al inicio del sendero y me alivió ver que solo había unos quince centímetros de nieve, probablemente gracias a los árboles que crecían a ambos lados y frenaban parte de la nevada.

Estaba oscuro como boca de lobo, sin luna que nos guiara, y levanté el móvil con la linterna encendida para iluminar el camino.

Nos habíamos tapado con algo de la ropa de gimnasio que guardaba en el Hummer para emergencias —chándales, camisetas y una sudadera con capucha que ahora llevaba Drago—, pero no era ni de lejos adecuada para el invierno.

Hacía un frío de cojones y lo único en lo que podía pensar era en Willa con su disfraz de ángel, con la esperanza de que quienquiera que se la hubiera llevado la mantuviera caliente, aunque sabía que les importaba una mierda.

Reprimí un grito de rabia primitiva y seguí corriendo.

Corrimos hasta que me ardieron los pulmones; el camino parecía no acabarse nunca, como uno de esos sueños en los que corres y corres y no llegas a ninguna puta parte.

Por fin miré el móvil y vi que estábamos cerca: la luz roja del rastreador de Willa parpadeaba justo delante.

—Ya casi estamos —les dije a Rock y Drago.

Menos de un minuto después capté el parpadeo de un fuego, el olor a humo de leña.

Dejé de correr y extendí los brazos para frenar a Rock y Drago. —Esperad. La cabaña está justo delante. Hay un fuego fuera.

Estábamos a unos tres metros de un claro. Reinaba el silencio, pero no podía estar seguro de que el claro estuviera vacío con los árboles y la maleza tapando la vista.

Nos habíamos armado con las pistolas que había empezado a guardar en el Hummer —cortesía de Hawk—, pero no tenía ni idea de a qué nos enfrentábamos. Lanzarnos a lo loco por la desesperación de salvar a Willa podría salir mal si estábamos en clara inferioridad numérica.

Saqué el arma y vi cómo Rock y Drago hacían lo mismo.

—Rodeemos el claro —susurré—. Acerquémonos desde todos los lados.

Rock y Drago se separaron en direcciones opuestas y esperé un par de minutos a que se colocaran en posición antes de avanzar entre los árboles hacia el claro.

Llevaba el seguro quitado, el arma lista para disparar, y recorrí el claro con la mirada, ahora visible.

Estaba vacío.

Salí con cautela de entre los árboles y miré alrededor; unos segundos después, Rock y Drago hicieron lo mismo desde el otro lado del claro.

—Aquí ha habido alguien —dijo Drago, acercándose al fuego y apartando con el pie un puñado de colillas—. Varias personas. Y no hace mucho, a juzgar por el fuego.

—Joder —dije, avanzando hacia el fuego, recorriendo la zona como si alguna pista sobre el paradero de Willa fuera a aparecer de la nada.

—Tiene un rastreador —dijo Rock—. ¿Dónde está?

Cierto. El rastreador.

El pánico me tenía fuera de mí y me obligué a respirar hondo mientras miraba la aplicación.

Levanté la vista del móvil y volví a recorrer el claro con la mirada. —Dice que está aquí.

Rock y Drago miraron alrededor, fueron hasta la línea de árboles y la siguieron en círculo rodeando el claro, escudriñando entre la vegetación.

—O estoy jodidamente ciego o esa aplicación miente como una bellaca —dijo Rock con la voz cargada de frustración.

Se me puso el corazón en un puño al darme cuenta de lo que pasaba. —Lo dejó caer. O alguien se lo quitó.

No quería pensar en la segunda posibilidad. Sabía que quienquiera que la tuviera podría estar haciéndole daño, pero la idea de que alguien le tocara un solo pelo, se atreviera a ponerle la mano encima, me daba ganas de perder la cabeza por completo.

Quería pasar el resto de mi vida con ella —solo que ella aún no lo sabía— y me maldije por no haberle dado el anillo cuando tuve la oportunidad.

—Esperad... —Drago salió del claro hacia los árboles del otro lado del fuego.

—¿Tienes algo? —pregunté mientras cruzaba el claro hacia donde él estaba, con algo en la mano.

Me lo mostró.

Una pluma blanca.

—Vamos —dije. Atravesé la linde y me adentré en el bosque.