Capítulo 58
Willa
L o primero que noté fue el picahielo clavándose en mi cerebro. Luego, el sonido de pies arrastrándose sobre la nieve, voces graves que murmuraban.
Abrí los ojos y el cielo giró sobre mí, oscuro y salpicado de estrellas.
—Vaya, vaya, vaya —dijo una voz masculina—, parece que nuestra conejita se está despertando.
Un rostro familiar apareció sobre mí.
¿Igor?
¿Sergei?
No lograba rescatar el nombre de mi cabeza palpitante, pero era uno de los rusos, el padre de alguien que conocía en la casa de los Rooks.
—No seamos maleducados —dijo otra voz—. Ayudad a la conejita a ponerse de pie.
Dos pares de manos fuertes me pusieron en pie y entonces me di cuenta de algo más.
Tenía frío. Joder, estaba congelándome.
Mis zapatos habían desaparecido y estaba descalza en un claro despejado, la nieve casi desaparecida, el suelo congelado.
El disfraz que había sido perfecto para el baile de máscaras en St. Andrew's no hacía nada para protegerme de los elementos, y temblé, deseando poder envolverme en las alas para entrar en calor.
No podía, porque dos hombres me sujetaban los brazos: el ruso que había reconocido y un desconocido pelirrojo y con barba.
Observé la escena a mi alrededor, intentando orientarme, y me di cuenta de que estábamos en el lugar de la cabaña donde había muerto el decano Giordana. Sus restos carbonizados permanecían fríos y vacíos a un lado del claro.
Un pequeño fuego ardía, aunque desde donde estaba no llegaba a sentir su calor.
Estaba rodeada por cuatro hombres: el ruso, el pelirrojo, un hombre moreno de ojos oscuros y Roberto.
Mi padrastro me miraba fijamente, con los ojos ardientes de un odio tan caliente como el fuego que crepitaba en el claro, mientras las brasas flotaban hacia la noche oscura.
—Intenté advertirte —dijo con voz fría—. Simplemente no querías parar.
—Mataste a Emma —dije—. Y a todas esas otras chicas también.
En el fondo de mi mente sabía que debería haber estado buscando formas de escapar, pero después de dos años preguntándome qué le había pasado a mi hermana, por fin tenía la oportunidad de averiguarlo.
—Matamos gente todo el tiempo —dijo Roberto—. No finjas tener conciencia ahora. Es lo que hacemos, lo que todos nosotros hacemos, lo que tu padre hizo antes de convertirse en un maldito traidor.
Me quedé momentáneamente sin palabras ante su argumento, porque no estaba equivocado. Nuestras familias no eran buena gente. Robaban, herían y mataban. Por eso había querido salir.
Pero aun sabiendo eso, el asesinato de las chicas de Bellepoint era diferente.
—Eso era negocio —dije—. Mataste a esas chicas, mataste a Emma, por diversión.
Vi sombras de Neo en la sonrisa de Roberto, pero ahí terminaba el parecido. Sabía en el fondo que Neo estaba aterrorizado de volverse como él y me moría de ganas de decirle que no había ni la más mínima posibilidad de que eso sucediera jamás.
Neo no se parecía en nada a su padre.
Pensar en él me abrió un agujero del tamaño del Gran Cañón en el pecho.
¿Volvería a verlo alguna vez? ¿Llegaría a decirle cuánto lo amaba?
—Tu hermana murió porque era entrometida.
Como tú —dijo Roberto, claramente el portavoz del grupo de hombres, un grupo que, me había dado cuenta, representaba a las cuatro casas de Aventine—.
Pero sí, las otras chicas fueron entretenimiento.
Hombres como nosotros, hombres poderosos, tenemos que desahogarnos.
No puedes culparnos por divertirnos un poco.
—Sí te culpo, maldito enfermo.
Los otros hombres se rieron y Roberto se acercó a mí y me dio una fuerte bofetada en la cara.
—Vas a descubrir lo enfermo que realmente soy, pequeña zorra.
… pequeña zorra .
Era como viajar en el tiempo, de vuelta al momento en que liberé a Neo del armario.
Joder, el círculo se cerraba.
Respiré hondo, intenté mantener la calma. Mi gargantilla seguía en su sitio, el símbolo de los Kings presionado contra mi piel como una caricia.
Me encontrarían.
—¿Es esto lo que le hiciste a ella? —pregunté—. ¿A todas ellas? ¿Las trajiste aquí para hacerles daño? ¿Matarlas?
Necesitaba saber. Después de todo este tiempo, después de todo lo que había pasado, solo necesitaba saber.
—¿Es eso lo que quieres? —preguntó Roberto—. ¿Saber?
Respiré hondo. —Sí.
—Entonces es tu maldita noche de suerte, conejita —dijo el hombre moreno, claramente miembro de la familia del cartel.
Roberto le lanzó una mirada que lo hizo callar, y el otro hombre bajó la vista, claramente reprendido.
—Carlos tiene razón —dijo Roberto—. Vas a descubrir de primera mano qué le pasó a tu hermana.
El terror me arañó la garganta, pero había algo más ahí también.
Alivio.
Al menos ahora sabría.
—Déjame explicarte las reglas de nuestro pequeño juego —dijo Roberto.
—¿Qué juego? —pregunté.
Los otros hombres todavía me sujetaban los brazos. Sus agarres se habían aflojado, pero intentar correr ahora sería un error.
Eran cuatro. No tenía zapatos, ni arma.
Solo podía esperar que se presentara otra oportunidad o que los Kings llegaran pronto.
—Llamémoslo... una persecución —dijo Roberto, caminando de un lado a otro frente a mí. Levantó la vista, como si buscara en el cielo las palabras adecuadas—. Como el pilla-pilla.
Entrecerré los ojos.
—¿Pilla-pilla?
Recogió un palo largo.
—Sí, pilla-pilla. Incluso voy a ayudarte dibujándote un mapa.
Garabateó en el centímetro de nieve que quedaba en el claro.
—Tú estás aquí —trazó tres líneas desde la cabaña en tres direcciones distintas—. Hay otras tres cabañas aquí .
Lo observé garabatear al final de cada línea y una imagen cobró forma en mi mente: el mapa de las carpetas del despacho del decano Giordana.
Roberto estaba dibujando las cabañas de las cuatro familias, los senderos que las conectaban.
—Te daremos tres minutos de ventaja —dijo—. Después empezaremos la persecución, junto con equipos de las otras cabañas que iniciarán su juego a la vez.
Otros equipos... Ahora lo entendía. Hablaba de otros miembros de las cuatro familias, todos partiendo desde las otras cabañas.
Todos preparados para perseguirme por el bosque nevado.
—Parece un juego estúpido —dije. Los pies se me estaban entumeciendo por el frío, la piel expuesta me ardía—. Y desde luego no es justo.
Roberto se encogió de hombros.
—No voy a negar que estás en desventaja, pero así es la vida. Es una auténtica putada, ¿no?
—Lo dice el tipo con todos los privilegios, que los usa como un cobarde para hacer daño a chicas inocentes —dije.
El pelirrojo se rio, acariciándose la barba.
—Vaya, la conejita muerde.
—Tomo nota de tus quejas —dijo Roberto—. Pero estas son las reglas desde hace años. No hay trato especial para ti.
Se acercó a mí, me acarició la mejilla con el dorso de los nudillos, deslizó un dedo por mi cuello hasta el escote que dejaba ver el corsé.
—La buena noticia es que, si consigues escapar de nosotros, puede que te dejemos vivir.
Eso era mentira. Nunca iban a dejarme vivir ahora que había visto sus caras, ahora que sabía de su pequeño juego.
Pero no iba a molestarme en discutirlo.
—¿Y si no puedo? —pregunté.
—Si no puedes, nos divertiremos un rato contigo antes de que te reúnas con tu hermana y las demás aquí fuera —dijo.
Tuve que obligarme a seguir respirando. Le habían hecho esto a Emma y a las otras chicas. Las habían enterrado en algún lugar de estos bosques donde nadie las encontraría jamás.
No quería pensar en lo que estos hombres les habían hecho antes de eso.
Intenté mantener la calma. Los Kings ya estarían rastreándome. Llegarían en cualquier momento.
Entonces Roberto deslizó un dedo bajo la cinta de terciopelo que llevaba al cuello y tiró.
El collar cedió.
Lo miró con desprecio.
—Mi hijo se cree el rey. Él y sus amigos. Pero esta noche le voy a demostrar quién manda de verdad.
Arrojó el collar a un lado y retrocedió, haciendo un gesto a los dos hombres que aún me sujetaban el brazo.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Entonces Roberto se encogió de hombros y dijo simplemente:
—Corre.