Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 51
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Capítulo 51

Willa

D ormí como un tronco, envuelta en los cuerpos de los Kings hasta no saber dónde terminaba yo y dónde empezaban ellos. El sol estaba en lo alto y bañaba la suite con luz cálida cuando me despertó un golpe en la puerta.

Me incorporé, desnuda y aturdida, preguntándome dónde se habían metido los Kings. Estaba sola en la cama enorme, con las sábanas revueltas y oliendo a colonia y sexo, a champán y fresas.

Era un puto desastre y me daba igual, ni lo más mínimo.

Desde el salón de la suite llegaban murmullos suaves, pero no veía nada porque los Kings habían cerrado las puertas para dejarme dormir.

Y menos mal, porque me habían follado hasta dejarme sin sentido, haciéndome correr una y otra vez hasta que me quedé dormida, relajada y exhausta de la mejor manera posible.

Todavía me resultaba raro bajar la vista y ver el tatuaje sobre el corazón. Lo rocé con la yema del dedo, pensando en Neo, y luego hice lo mismo con los otros dos tatuajes, trayendo a mi mente los rostros de Rock y Oscar.

Me alegraba haberles dado algo que nadie más podía darles.

Me incorporé y me estiré, dejando que la sábana resbalara de mi cuerpo desnudo, y luego fui al baño a asearme.

Me lavé los dientes y volví a la habitación a buscar la bata. La encontré en el suelo y me la puse antes de abrir las puertas del dormitorio.

Los Kings estaban repantigados en el salón, como un grupo de modelos de ropa interior en su pausa para comer. Neo estaba sentado en una silla frente a la mesa redonda del comedor, repleta de platos tapados del servicio de habitaciones, leyendo el periódico.

Tenía el pelo oscuro revuelto, una sombra sexy le oscurecía la mandíbula, y tengo que decir que solo Neo podía hacer que el despatarre quedara tan jodidamente sexy.

Rock se levantó de un salto del sofá y soltó el móvil en cuanto me vio.

—Buenos días, gatita —dijo. Se acercó y me envolvió en sus brazos, dándome un beso en la coronilla—. ¿Qué tal has dormido?

—Como si hubiera estado en coma —dije—. ¿Hay café?

—Ya lo creo —dijo, yendo hacia la mesa a servirme una taza.

—Buenos días —les dije a Oscar y Neo.

—Sí —dijo Oscar con una sonrisa que evocaba la diversión de anoche—. Sí que lo es.

—Mejorará cuando traigas ese culito aquí —gruñó Neo, apartando el periódico.

Crucé la habitación y le puse una mano en el hombro, preparándome para darle un beso de buenos días en la mejilla, pero él tenía otra cosa en mente y me rodeó la cintura con los brazos, atrayéndome a su regazo.

—Me he despertado con antojo de fresas —dijo, apartándome la bata para chuparme una teta.

Inspiré hondo, recordando cómo había sacado la fresa de mi coño y lamido los jugos de mi cuerpo.

Joder.

De todos modos, estaba dolorida y mojada otra vez.

Le agarré un puñado de pelo y tiré.

—Voy a necesitar sustento si quieres seguir jugando.

—Sí, maldito bruto —dijo Rock, cogiéndome de la mano y poniéndome de pie. Me cerró la bata con recato y me llevó a una silla vacía junto a la mesa—. Además, tenemos que darle a Willa su regalo de San Valentín.

Parpadee.

—Pero... ya lo habéis hecho. Toda la noche fue increíble. Me disteis el vestido y tuvimos una cena maravillosa con postre, además de la noche en esta suite preciosa. ¡Hasta me disteis un masaje!

Rock sonrió.

—Es verdad, soy un masajista estupendo, pero nada de eso era tu verdadero regalo de San Valentín.

Oscar se levantó y rebuscó en su bolsa de lona. Sacó un sobre marrón atado con una cinta roja y cruzó hacia la mesa.

—Perdona que no esté mejor envuelto —dijo, dejando el sobre delante de mí—. Pensamos en arreglarlo, pero nos pareció una tontería.

Me besó en la coronilla y se sentó en una de las sillas vacías.

—Ábrelo, Jezabel —dijo Neo. Normalmente habría sonado a orden, pero esta vez sonaba a otra cosa.

¿A qué? No lo sabía, pero de repente estaba jodidamente nerviosa.

No me molesté en desatar la cinta. Fui directa al pequeño cierre metálico y a la solapa sellada.

Miré dentro, esperando a medias encontrar algo más que un fajo de papeles, aunque eso era exactamente lo que parecía haber.

Los saqué y recorrí la primera página con la mirada, intentando entender lo que estaba viendo.

… la suma de 500.000 dólares transferida a la cuenta n.º MJL986272H a nombre de Willa Russo con fecha efectiva 14 de febrero…

Sacudí la cabeza.

—No lo entiendo. ¿Qué es esto? ¿Me estáis dando... dinero?

—Te estamos dando libertad —la voz de Neo sonaba rara. Espesa y ronca.

—Queremos que tengas opciones cuando todo esto acabe, tigresa —dijo Oscar, con los ojos oscuros llenos de emoción.

—Vosotros... queréis que me vaya —dije, preguntándome por qué me escocían los ojos.

Rock se agachó a mi lado y me cogió la mano.

—No es eso lo que estamos diciendo, gatita.

—Este dinero significa que puedes empezar de cero como quieras —dijo Oscar con suavidad.

Se me escaparon las lágrimas, porque ahora lo entendía: no querían que me quedara porque no tuviera más remedio.

Querían que pudiera elegir.

Me sequé las lágrimas.

—Es demasiado.

—Te mereces hasta el último centavo y más —dijo Neo—. Y ya está hecho. Los otros documentos explican cómo configurar las contraseñas y el PIN para que solo tú puedas acceder a la cuenta —su mirada era penetrante desde el otro lado de la mesa—. Feliz San Valentín, Jezabel.

Había algo más. Algo que quería decir pero no dijo, y en ese momento habría dado lo que fuera por saber qué era.

Inspiré con dificultad. —«Gracias» no es suficiente, pero… —miré a Neo, con las palabras atragantadas en la garganta: Te quiero —. Gracias.

—De nada —dijo él.

—Creo que es hora de desayunar —dijo Rock—. Te dimos medio millón de dólares y te pusiste a llorar.

Sonreí. —Lo siento. Es que estaba…

—Hambrienta —dijo Rock—. Y sabía que lo estarías, por eso pedí de todo.

Me reí mientras él levantaba las tapas de los platos. Y vaya, no bromeaba. Había tortillas francesas y tostadas, huevos benedictine y beicon crujiente en su punto, un surtido de bollería y tostadas de trigo con mantequilla, incluso gofres y tortitas con botellitas de sirope de arce.

Pasamos la siguiente hora dándonos un festín con mimosas y terminé el desayuno con sirope en lugares donde nunca debería haber sirope, o quizá sí, porque los Kings estaban empeñados en lamerlo de mi cuerpo, y tengo que admitir que fue jodidamente excitante.

Después de eso estábamos todos pegajosos, así que nos metimos en la ducha para seguir con la diversión.

Con énfasis en lo de caliente .

Acabábamos de salir y nos estábamos secando cuando el móvil de Neo vibró en la encimera del baño.

—Tengo que ver qué es —dijo, y cruzó el baño desnudo.

No hacía falta que explicara. Desde que Alexa nos contó lo de los Knights, los Kings llevaban trabajando con sus contactos más cercanos en cada casa, intentando averiguar quién les era leal a ellos y quién a los exalumnos.

Todo se iba a complicar mucho más si las otras casas decidían no revelar a sus asesinos.

Neo cogió el móvil y frunció el ceño al ver la pantalla. Supe que algo iba mal cuando contestó.

Neo casi nunca contestaba las llamadas.

—¿Qué? —dijo.

Durante al menos un minuto, se limitó a escuchar.

—Habla con las Queens —dijo finalmente—. A ver qué saben.

Dejó el móvil y se volvió hacia nosotros.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Alexa está muerta —dijo—. Parece que se cayó desde uno de los acantilados al río. Y con parece quiero decir que alguien la mató.