Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 52
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Capítulo 52

Willa

E l edificio de Administración tenía un ambiente completamente distinto al habitual cuando Rock y yo cruzamos las puertas el lunes por la mañana.

Seguía abarrotado, pero en lugar de grupos de gente riendo, hablando y bromeando, había corrillos de estudiantes conversando en voz baja, algunos llorando.

Había sido así todo el día. Mis clases habían estado casi vacías, sin las conversaciones de siempre ni el ambiente distendido.

Pero eso no era todo. Mientras algunos de nuestros compañeros estaban claramente afectados por la muerte de Alexa, otros nos habían mirado a Rock y a mí con recelo, con algo furtivo en la mirada.

Quizá me lo estaba imaginando, pero no lo creía.

Tenía la sensación de que nuestros enemigos no eran solo los exalumnos. También estaban entre nosotros: chicos que veían en la determinación de los Kings por desenmascarar a los asesinos de Aventine una oportunidad para ganarse el favor de sus familias criminales.

La cuestión era: ¿cómo los distinguíamos?

—Joder —murmuró Rock mientras nos dirigíamos a la cafetería—. Esto es jodidamente raro.

—Desde luego que no es un buen ambiente —dije, acercándome un poco más a él.

Casi habíamos llegado a las puertas de la cafetería cuando uno de los Rooks inclinó la cabeza hacia Rock.

—¿Puedo hablar contigo un segundo? —Me miró de reojo—. A solas.

Por cómo Rock lo miró, supe que estaba decidiendo si mandar al tipo a la mierda y que dijera lo que tuviera que decir delante de mí, pero al final asintió y me miró.

—Adelántate. Voy justo detrás de ti.

La cafetería estaba a solo unos metros; mis amigas, y presumiblemente Neo y Oscar, esperaban dentro. Además, la decana interina García volvía a estar apostada fuera de la cafetería.

O la junta directiva no le había dado mucho que hacer o estaba inusualmente interesada en los asuntos estudiantiles.

Me separé de Rock y caminé con paso vacilante hacia la entrada de la cafetería.

—Hola —me dijo mientras me acercaba. Quería que me cayera mal, o al menos desconfiar de ella, pero sus ojos marrones no mostraban más que preocupación—. ¿Cómo lo llevas?

—Bien —dije. Negué con la cabeza, decidiendo que no había razón para mentir sobre esto, al menos—. Eso no es del todo cierto. Creo que todavía estoy en shock.

Acabábamos de ver a Alexa hacía unos días.

Ahora estaba muerta.

—Es perfectamente comprensible —dijo la decana interina García. Pareció sopesar sus palabras—. Mi puerta siempre está abierta, Willa. Por si alguna vez quieres hablar de algo, quiero decir.

No podía quitarme la sensación de que había un mensaje oculto en sus palabras, pero no lograba imaginar cuál. La había colocado la junta, y eso significaba que era una de ellos.

Como Roberto.

—Gracias —dije—. Se lo agradezco.

—Por supuesto. Tienes una aliada si la necesitas.

Dios. Si hubiera sido policía, un jurado me habría absuelto por provocación. ¿Estaba intentando sonsacarme? ¿Planeaba pasar información a la junta, la mitad de cuyos miembros eran exalumnos de Aventine?

Sonreí y asentí.

—Gracias de nuevo.

Luego agaché la cabeza y me apresuré a entrar en la cafetería como si luchara contra un viento fuerte, porque así había empezado a sentirse todo.

Había más ruido en la cafetería que en los pasillos, pero el volumen seguía siendo bajo en comparación con cualquier otro día. Me puse en la fila y cogí unos macarrones con queso y un chocolate caliente, porque si este no era un día para comida reconfortante, no sabía cuál lo era.

Me dirigí a la mesa que compartía con Claire, Quinn y Erin, y ahora aparentemente también con los Kings, porque Neo y Oscar ya estaban allí, comiendo y hablando entre ellos en voz baja.

—Hola —dijo Claire cuando me deslicé en mi asiento—. ¿Algo nuevo?

Negué con la cabeza. Claire daba por hecho que, por estar con los Kings, sabía algo que ella desconocía, pero aparte del nombre que Alexa había mencionado del dueño de St. Andrew's, no sabía más que ella, y no estaba segura de que los Kings supieran más tampoco.

—Bueno, está claro que no se resbaló sin más, ¿verdad? —preguntó Quinn—. Quiero decir, nadie sale de excursión en esta época del año.

—En realidad, eso no es cierto —dijo Erin, hundiendo la cuchara en su yogur—. El senderismo de invierno existe.

Claire puso los ojos en blanco.

—No es algo propio de Alexa Petrov.

—Desde luego que es raro —dije, lanzando una mirada a los Kings.

Teníamos el acuerdo tácito de no contarle a nadie lo que Alexa había dicho sobre el dueño de St. Andrew's. No sabía por qué, pero solo podía suponer que los Kings se lo guardaban por lo que Alexa nos había contado sobre los otros Knights.

Si algunos de los Knights querían guardar silencio sobre sus exalumnos asesinos, lo más probable era que todas las casas tuvieran miembros que pensaran igual.

—Oí que fueron los Knights —dijo Quinn—. No querían que hablara.

—Apuesto a que fue su familia —dijo Erin—. Y con «familia» no me refiero a sus padres.

Claire miró a Neo.

—¿Qué significa esto para el juego?

—Nada —dijo él, con voz fría—. El juego continúa.

Claire intentó ocultar su sorpresa, pero se le notaba en la cara.

No la culpaba, pero tampoco culpaba a los Kings por mantener el juego en marcha.

Era mucho más peligroso ahora que Alexa había sido asesinada —y estaba segura de que la habían asesinado—, pero si los Kings lo cancelaban, estaríamos admitiendo que éramos impotentes contra quien estuviera detrás de su muerte.

Este era un momento decisivo para cada miembro de cada casa. Tenían que elegir: permanecer leales a sus familias criminales o hacer lo correcto, lo honorable.

Y en muchos sentidos, los Kings no podrían haber diseñado un juego más perfecto. Si los juegos estaban pensados para prepararnos para el mundo que nos esperaba tras la graduación —un mundo de crimen organizado—, este era la prueba definitiva.

Solo que todo estaba del revés, porque en cualquier otra situación, el ganador estaría demostrando lealtad a su familia.

Les estábamos pidiendo que traicionaran a los suyos.

El teléfono me vibró en el bolso. Lo saqué y vi un mensaje de Mara.

Habíamos tenido una cita por videollamada desde nuestra última discusión, pero ella se había mostrado fría y distante, y sus mensajes habían sido escuetos. Eché un vistazo al mensaje —una respuesta de tres palabras a una pregunta que le había hecho— y suspiré.

Había confiado en que nuestra videollamada habitual la animaría, pero por lo visto no fue así.

Lo añadí a mi larga lista de preocupaciones y volví a guardar el teléfono en el bolso.

—¿Vamos a ir al baile de máscaras de Fiebre de Primavera en St. Andrew's? —le preguntó Erin a Claire.

Claire era la líder tácita del trío, y por eso Erin se lo tomaba tan a pecho cuando Claire la trataba fatal.

—No veo por qué no ir —dijo Claire.

—No sé —dijo Erin—. ¿Por respeto?

—¿No crees que las demás también estamos en peligro? —le preguntó Quinn a Claire.

—No, a menos que sepas algo de los capullos de la familia irlandesa que se han estado llevando a las chicas —dijo Claire—. Porque eso es lo que dice todo el mundo, que Alexa sabía qué Knights estaban metidos y amenazó con delatarlos.

—Yo no sé nada de nada —dijo Quinn—, y sinceramente, prefiero que siga así.

—Yo igual —Erin apiló los cubiertos en el plato vacío, luego me miró y añadió a toda prisa—: O sea, obviamente quiero saber qué les pasó a Emma y a las otras chicas. Solo digo que preferiría no acabar muerta yo también.

—Lo entiendo —dije, intentando tranquilizarla antes de que Claire le saltara a la yugular—. Tranquila.

—¿Entonces vamos? —preguntó Erin—. ¿Al baile de máscaras? Porque solo queda una semana y necesito un disfraz.

—Por supuesto que vamos —dijo Claire—. Llevo todo el año esperando esto y necesito desahogarme. Además, llevo tres semanas tonteando con Rico y el baile en St. Andrew's es mi oportunidad de quitarle la ropa.

Claire se había ido tirando a los Saints uno por uno desde principio de curso. Admiraba su aguante, por no hablar de su habilidad para gestionar todos esos mensajes de distintos tíos de la misma casa.

Quinn se asomó por detrás de Claire para mirarme. —Deberías venir con nosotras, Willa. Será divertido, y siempre puedes traerte a tu guardaespaldas.

Era difícil ocultar que tenías guardaespaldas cuando te seguía a todas partes.

Iba a negarme, convencida de que los Kings no tenían intención de ir al baile, pero Neo me interrumpió.

—No puede ir con vosotras —dijo—, porque viene con nosotros.

Me quedé de piedra. —Espera… ¿Vamos a ir?

Me sostuvo la mirada y supe que estaba pensando en el nombre que Alexa nos había dado la última vez que la vimos.

Laszlo Nagy.

—Vale, pues entonces supongo que yo también voy a necesitar un disfraz —dije.

Oscar me dedicó una sonrisa seductora. —No te preocupes por eso, tigresa. De eso nos encargamos nosotros.