Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 50
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Capítulo 50

Willa

O bedecí porque ¿quién no lo haría? Los Kings habían demostrado que sabían cómo dar el máximo placer.

No iba a ponerme a discutir ahora.

Me puse de rodillas y Oscar se tumbó boca arriba en el centro de la cama.

Me tocó una pierna y la levanté sobre sus caderas, montándome a horcajadas sobre su polla dura como el granito mientras Rock se movía hacia el cabecero, acariciándose la erección cerca de mi cara, dejando claro dónde pretendía meterla.

La punta perforada de la polla de Oscar me rozó el coño y volvió a encender mi deseo. Me encantaba todo lo que los Kings me hacían, pero nada era mejor que tenerlos a la vez, llenándome de todas las formas posibles.

—Pásame el lubricante y ese otro vibrador —ordenó Neo.

Oscar alargó la mano hacia la mesita de noche y cogió una botella transparente de lubricante y un vibrador enorme, y sentí el primer atisbo de nervios en el estómago.

Me pregunté si me desgarraría, su polla gigante, un instrumento de placer extremo en cualquier otro sitio, potencialmente un instrumento de destrucción ahí .

Lo miré por encima del hombro mientras se lubricaba la polla y luego el vibrador.

—¿Estás seguro de que cabrá?

—¿Cuál de los dos? —preguntó con una sonrisa burlona.

—Cualquiera de los dos —dije.

—Oh, va a caber, Jezabel.

Debió de ver el pánico en mi cara porque su expresión se suavizó.

—¿No te dije que siempre cuidaría de ti?

Asentí. Era algo que había dicho la primera vez que follamos en la ducha, después del salto del acantilado. En aquel entonces hablábamos de anticonceptivos, pero había demostrado un millón de veces que lo decía en serio en todos los sentidos.

Me incliné hacia delante apoyándome en las manos, mostrando que estaba de acuerdo, y busqué la polla de Oscar entre mis muslos.

Lo coloqué en mi entrada y me incliné para besarlo, mi cuerpo abriéndose con el placer que me daba su lengua experta, y oí el zumbido del vibrador detrás de mí.

Me estremecí cuando tocó el capullo apretado de mi ano.

—Solo relájate —me tranquilizó Neo detrás de mí—. Dásela, Drago.

Oscar se hundió en mí y jadeé cuando me llenó, con el piercing en la base de su polla golpeándome el clítoris. Cerca de mi cara, Rock me apartó el pelo suelto detrás de la oreja y me ofreció su polla.

—Confía en mí —dijo Neo detrás de mí—. Chúpale la polla a Rock y confía en mí.

Rock me rozó los labios con la punta de su polla y abrí la boca de par en par, ansiosa por saborearlo y por la distracción mientras Neo introducía la punta del vibrador en mi culo.

Gemí mientras lo deslizaba más adentro, siguiendo el ritmo de Rock, que empujaba en mi boca.

Oscar me agarró de las caderas y me levantó de su polla antes de tirar de mí hacia abajo, enterrándose en mi coño; la barra de la punta se deslizaba por mis paredes y la de la base me golpeaba el clítoris con cada embestida.

Levanté la vista hacia Rock, que me miraba con adoración mientras me lo metía hasta el fondo de la boca.

—Eres tan jodidamente preciosa, gatita —dijo.

Detrás de mí, Neo volvió a deslizar el vibrador dentro de mi culo, y creó una fricción erótica que parecía viajar a cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Ya sentía otro orgasmo formándose en mi centro y me relajé mientras él seguía, preparándome para su polla enorme.

Rock alargó la mano y me acarició la coronilla, alisándome el pelo.

—Tu boca es jodidamente increíble.

Estaba desbordada de placer, con Rock follándome la boca mientras Oscar se hundía en mí, marcando el ritmo con las manos en mis caderas, el vibrador en mi culo la guinda del pastel.

Ya estaba a punto de correrme cuando Neo retiró el vibrador y sentí la gruesa punta de su polla presionando contra mi culo.

Mi orgasmo inminente me impulsó hacia delante e incliné las caderas, consiguiendo un ángulo aún mejor para acariciarme el clítoris con el piercing de Oscar mientras le daba a Neo un acceso aún mejor.

—Joder, qué increíble —dijo Oscar, embistiendo más rápido.

Neo entró, y gemí con la polla de Rock en la boca.

Neo se introdujo poco a poco, dejándome estirarme para él, aumentando mi placer antes de deslizarse hasta el fondo.

Gemí cuando se asentó del todo en mi culo. Era enorme, llenándome por completo, y me encantaba cada glorioso centímetro.

—Joder, Jezabel —gruñó—. Joder, sabía que podrías tomarlo todo.

—Le encanta —dijo Oscar—. Está empapada.

Tenía razón. Estaba empapada, ardiendo por ellos, y me moví más rápido, buscando el clímax, usando la polla de Oscar para acariciarme el clítoris mientras Neo se hundía en mi culo y Rock me follaba la boca.

Oscar alargó la mano y me agarró las tetas, pellizcándome los pezones, y gemí, tomándolos a todos en un frenesí mientras me precipitaba hacia el orgasmo.

—¿Estás lista para correrte para nosotros, Jezabel? —preguntó Neo.

No podía responder con la polla de Rock en la boca, pero gemí en señal de asentimiento.

—Bien —dijo Neo—. Estamos listos para llenarte.

El orgasmo me inundó de golpe y grité, el sonido ahogado mientras Rock derramaba su semen caliente en mi boca con un gemido.

Me estremecí de placer, mi mente vacía mientras olas de éxtasis me atravesaban.

—¡Joder! —dijo Oscar mientras se dejaba ir.

—Tómalo —dijo Neo hundiéndose en mi culo y corriéndose con un gemido—. Tómalo todo, Jezabel.

Mi orgasmo parecía no acabar nunca, y cabalgué la ola, frotándome contra la polla de Oscar, con la boca y el culo relajados y completamente abiertos para Rock y Neo hasta que todos nos desplomamos en un montón, sudorosos y jadeando.

Rock me sacó la polla de la boca y se inclinó para besarme mientras Neo salía de mi culo con un suspiro.

Me dejé caer sobre el pecho de Oscar, completamente laxa.

Me rodeó con los brazos. —Nunca me acostumbraré a lo bien que se siente estar dentro de ti.

Me aparté de él y me dejé caer en la cama, acurrucada en el hueco de su brazo. Rock se puso al otro lado, abrazándome por detrás y pasando el brazo por mi cintura mientras Neo iba a lavarse.

Estaba pensando en dónde dormiría cuando volviera, deseando estar cerca de él también, lo más cerca posible de todos ellos, cuando empezaron a pesarme los párpados.

—Feliz San Valentín, tigresa —murmuró Oscar contra mi coronilla.

Fue lo último que oí antes de quedarme dormida.