Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 49
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Capítulo 49

Willa

M e di la vuelta y quedé boca arriba, con el cuerpo vibrante por el clímax contenido. Neo estaba desnudo, y sus anchos hombros y pectorales esculpidos relucían a la luz de las velas.

Dejé que mi mirada recorriera sus abdominales marcados y su cintura estrecha hasta el rastro de vello oscuro que conducía a su enorme polla, erguida entre sus piernas, prueba evidente de que no era la única excitada.

Me miró fijamente, con los ojos bebiéndose mi imagen con avidez. —Eres lo más hermoso que he visto en mi vida, Jezabel.

No supe qué decir, así que no dije nada. Estaba rodeada de tres hombres desnudos y exquisitos, como en un sueño febril del que no quería despertar jamás.

A mi lado, Rock seguía jugando con mis tetas: las ahuecaba, me pellizcaba los pezones entre sus dedos, mientras la mano de Oscar se deslizaba por mi estómago hacia mis muslos.

Me acarició el coño pausadamente con sus largos dedos, como si tuviera todo el tiempo del mundo, cuando mi cuerpo clamaba por liberarse.

Levanté el brazo del lado de Rock para hundir los dedos en su pelo mientras me manoseaba las tetas, e hice lo mismo con Oscar mientras me acariciaba el coño. Sus cabezas, una clara y otra oscura, descansaban en mis manos, con el pelo sedoso entre mis dedos.

Entre mis muslos, Neo se inclinó hacia el suelo, cogió una botella de champán y vertió un poco sobre mis tetas.

Jadeé de sorpresa y solté una carcajada.

—Estamos de fiesta —dijo Neo—. Hay para todos.

Vertió más en mi ombligo.

—Quita esa mano antes de que te la rompa —le ordenó a Oscar.

La mano de Oscar desapareció de mi coño y Neo dejó caer más champán sobre mi monte liso.

Supuse que lo lamería, pero entonces cogió el cuenco de fresas del suelo y lo dejó sobre la cama.

Cogió una del cuenco y me provocó el clítoris con ella. Observé entre mis muslos, hipnotizada por la visión de la fresa rojo rubí que se deslizaba sobre mi coño.

Deslizó la fresa entre mis pliegues y luego la introdujo justo en mi entrada.

Y que me jodan si no me encantó. Si no me encantó la idea de que se la comiera desde dentro de mí.

Volvió a inclinarse y cogió una pequeña jarra de nata que estaba en la bandeja de plata del salón.

—Fresas con nata —dijo mientras dejaba caer un poco sobre cada teta y por mi estómago—, mi favorito.

Rock y Oscar se lanzaron a por ello: cada uno se llevó uno de mis pezones a la boca y lamió y chupó la nata de mi piel mientras yo gemía, sujetándoles la cabeza, con todo el cuerpo palpitante por la necesidad de correrme.

Entonces Neo vertió más nata por mi estómago y en mi ombligo junto con el champán, y siguió dejándola caer sobre mi monte depilado.

Contuve la respiración cuando se deslizó sobre mi coño, con la fresa todavía encajada en mi abertura.

No sabía qué era más excitante: si el placer que me inundaba el cuerpo o la visión de Rock y Oscar chupándome las tetas, con los muslos abiertos para Neo, su polla gigante a centímetros de mi coño desesperado.

Me miró con fuego en los ojos. —Tengo un hambre de la hostia, Jezabel. Llevo siglos muerto de hambre.

Bajó la cara entre mis muslos y sentí su lengua deslizarse desde mi culo hasta la abertura entre los labios de mi coño, soltando la fresa que había colocado allí. Observé cómo la cogía entre los dientes, suspendido sobre mi coño.

Mordió la fresa y dejó que el jugo rojo le goteara de los labios, por la barbilla y sobre mi coño.

Miró mi coño, cubierto de jugo de fresa, champán y nata. —He estado hambriento de ti. Ahora voy a comer.

Inclinó la cabeza y me lamió el coño, recogiendo el jugo de mis pliegues y mi clítoris mientras Oscar y Rock me trabajaban las tetas con sus bocas y dedos, con las pollas duras presionadas contra mis piernas.

Metí la mano entre mis muslos y le sujeté la cabeza oscura a Neo. Esta vez iba a correrme, y nadie me lo iba a impedir.

Moví las caderas mientras escalaba hacia la cima de mi orgasmo, y Oscar apartó la boca de mi teta para ver a Neo comerme el coño.

—Estoy jodidamente celoso, tigresa, pero tengo que admitir que es muy divertido ver a Neo enterrar la cara en ese coñito tan bonito.

Sus palabras solo me pusieron más caliente y más atrevida.

—No te atrevas a parar —le ordené a Neo mientras me frotaba contra su boca—. No te atrevas a parar, joder.

Rock se rio contra mi teta. —Tenemos una gatita muy mandona.

No había forma de contener mi clímax y moví las caderas más rápido, aliviada cuando Neo siguió mi ritmo: me metió dos dedos donde había estado la fresa mientras me lamía el clítoris.

Caí en el abismo de mi orgasmo de golpe, con la luz estallando detrás de los ojos.

—Joder, sí —grité—. Cómeme el coño. Cómelo.

Estaba fuera de mí de placer, decidida a prolongarlo. Le presionaba la cabeza a Neo contra el coño mientras su lengua me acariciaba el clítoris y sus dedos entraban y salían de mí.

Siguió y siguió, con el cuerpo estremeciéndoseme, mientras palabras obscenas me salían de la boca como si estuviera poseída por el espíritu de una jodida estrella porno.

Cuando los temblores por fin cesaron, eché la cabeza hacia atrás sobre la almohada y jadeé en busca de aire mientras la tensión abandonaba mi cuerpo hasta dejarme tan flácida como una muñeca de trapo.

Neo me frotó los muslos y me dio un beso reverente en el coño depilado mientras Oscar y Rock me acariciaban suavemente las tetas y el estómago.

—Eso ha sido jodidamente caliente —dijo Rock.

—Totalmente —dijo Oscar—. Y la noche es joven.

—Joder, ya lo creo —dijo Neo—. Ahora ponte de rodillas, Jezabel.