Capítulo 44
Willa
M e giré frente al espejo, intentando ver mi conjunto de San Valentín desde todos los ángulos.
Me había puesto nerviosa cuando los Kings me dijeron que me vistiera para una cena elegante.
Toda la ropa de mi vida anterior me resultaba demasiado informal, y los vestidos que los Kings me habían regalado para el Baile de Bienvenida —todavía colgados en mi armario— demasiado elegantes.
Pero no debería haberme preocupado, porque cuando llegué a casa después de hacerme los tatuajes encontré en el vestíbulo una caja enorme con un lazo y mi nombre.
Los Kings me habían llevado al salón y me habían visto desenvolver un vestido rojo ceñido con la espalda muy escotada y cuello alto, de estilo halter, que dejaría mis hombros al descubierto.
Adiós al sujetador, que probablemente era la razón por la que solo habían incluido un trozo de encaje que resultó ser un tanga minúsculo, junto con unos stilettos dorados y un bolso a juego.
Habían dicho que era solo parte de mi regalo de San Valentín, lo cual ya era excesivo, y de repente me había sentido insegura respecto a mis tatuajes, que por ahora estaban ocultos.
No podía hacer por los Kings lo que ellos hacían por mí, y solo podía esperar que les gustara su regalo tanto como a mí me gustaba el mío.
En cuanto a lo que me esperaba esa noche, no tenía ni idea, pero mientras pudiera pasarla con mis tres chicos favoritos, me daba igual.
Eché un último vistazo al vestido en el espejo, admirada de cómo los Kings siempre acertaban. El vestido se deslizaba sobre mi cuerpo como un mar de seda, con el escote envolviéndome la garganta de una manera que me hacía pensar en Neo, en cómo me rodeaba el cuello con la mano cuando me besaba.
Habría parecido recatado de no ser por los hombros desnudos, la tela que caía bajo mis brazos y sobre mi cintura dejando ver generosamente los costados de mis pechos, y la espalda, que bajaba hasta justo encima de mi trasero.
Por no hablar de la abertura que llegaba hasta la cadera por un lado.
Me había dejado el pelo suelto y el maquillaje al mínimo, salvo por un ojo ahumado. Me incliné hacia el espejo para comprobar el brillo de labios y luego revisé dos veces el brazalete dorado que llevaba para ocultar uno de mis tatuajes hasta el momento de la verdad.
Los otros quedaban estratégicamente ocultos bajo el pelo y el vestido, y me alivió que se hubieran pelado y fueran menos sensibles a tiempo para la revelación.
Satisfecha, cogí la bolsa de viaje y el clutch de la cama y bajé.
Los Kings me esperaban en la cocina, charlando en voz baja. Se callaron en seco cuando me vieron.
Los ojos de Oscar se oscurecieron de deseo mientras me recorría con la mirada. Se acercó, me quitó la bolsa de viaje y se inclinó para susurrarme al oído:
—Tigresa, estás tan buena que dan ganas de comerte.
El roce de su aliento contra mi oreja me provocó un escalofrío y se me endurecieron los pezones bajo el vestido.
—Gracias —dije, repasándolo con la mirada. Estaba guapísimo con un traje gris oscuro—. Yo siento lo mismo. A lo mejor deberíamos saltarnos la cena.
—Ni hablar —dijo.
—Ya era hora de que te lleváramos a una cita de verdad, gatita —dijo Rock, y me volví hacia él—. Pero Drago tiene razón. No creo que haya comida en el mundo más apetitosa que tú con ese vestido.
Me besó en la mejilla.
—No quiero estropearte el pintalabios.
Su traje de terciopelo azul marino hacía que sus ojos parecieran aún más azules, sus dientes aún más blancos. Parecía un modelo de pasarela anunciando alta costura, pasta de dientes y autobronceador.
Pero no fue eso lo que captó mi atención.
—¿Dónde está tu escayola? —pregunté.
Se había vuelto tan omnipresente en las últimas semanas, y Rock tan hábil manejándose con ella, que casi había dejado de pensar en el tema.
—¡Me la quité yo! —dijo emocionado.
—Eh... Estoy bastante segura de que eso lo tiene que hacer un médico —dije.
Se encogió de hombros, me enseñó el brazo y cerró el puño como si eso demostrara que estaba curado.
—Todo bien, gatita.
Suspiré. Sabía reconocer una batalla perdida.
—Si tú lo dices.
Dirigí la mirada hacia Neo, apoyado en la isla de la cocina con un traje negro sencillo pero perfectamente entallado, tan ceñido que se le marcaban los pectorales musculosos y el considerable bulto entre los muslos.
Me observó con sus ojos ámbar, pero no se movió.
No le hacía falta. Sus ojos lo decían todo, como si fuera a devorarme en cinco platos.
Caminé hacia él con el repiqueteo de mis tacones en el suelo de mármol y dejé el clutch en la isla. Le pasé la mano por la tela suave de la chaqueta, sobre el pecho y el hombro, y le deslicé los dedos entre el pelo corto de la nuca.
Hacía solo unos meses habría sido impensable pegarme a él así, pero ahora conocía la verdad: era mío.
Siempre lo había sido.
Me estiré para besarle la mejilla, pero él giró la cara hacia mí en el último momento y me atrapó la boca en un beso voraz.
Solo tuve un momento para sorprenderme antes de que el instinto tomara el control. Después solo existió el duelo febril de nuestras lenguas, la mano de Neo colándose por el lateral del vestido para agarrarme el pecho.
Cuando me aparté, estaba sin aliento, agradecida de que su otro brazo me hubiera rodeado la cintura para sostenerme. Me temblaban las rodillas.
—Me importa una mierda tu pintalabios —dijo.
Le sonreí.
—Por supuesto que no.
Hubo un tiempo en que me habría molestado muchísimo tener que retocarme el pintalabios en el coche, pero en ese momento a mí también me importaba una mierda.
—Creo que todos estaremos de acuerdo en que preferiríamos desnudar a Willa aquí mismo, en la cocina, y olvidarnos de todo lo demás —dijo Rock a mi espalda—. Pero tenemos reserva.
Neo me soltó a regañadientes y se dirigió a la puerta del garaje. Oscar cogió mi bolsa de viaje y lo siguió.
—¿Dónde están vuestras bolsas de viaje? —pregunté mientras entrábamos en el garaje.
Detrás de mí, Rock activó la alarma.
—Al coche —dijo mientras me tomaba de la mano y me guiaba hacia el vehículo—. No te preocupes por nada, gatita. Lo tenemos todo controlado.