Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 43
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Capítulo 43

Willa

T odavía estaba aturdida por la visita de Alexa cuando fui al pueblo con Claire.

Nos acompañaba mi guardaespaldas, un tipo con pinta de matón llamado Dash.

Había protestado alegando que iba a hacer compras de San Valentín —bueno, no exactamente compras—, pero a los Kings les había dado igual.

Me recordaron las normas para salir al pueblo y me dijeron que o llevaba a Dash o me quedaba en casa.

Así que le había hecho jurar a Dash que guardaría el secreto, porque seamos sinceros, mi plan iba a dejar de ser un misterio en cuanto aparcáramos el coche y él nos siguiera a Claire y a mí hasta Monsters Ink, el estudio de tatuajes del pueblo.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Claire, asomándose al escaparate.

Claire le tenía pánico a las agujas. Me había costado Dios y ayuda convencerla de que me acompañara.

—Estoy segura —dije.

No sabía qué estaban planeando los Kings para San Valentín la semana siguiente, pero me habían dicho que me pusiera de punta en blanco y preparara una bolsa con lo necesario para pasar la noche, así que fuera lo que fuese, estaba bastante segura de que iba a ser algo fuera de serie.

Por desgracia, yo no tenía los bolsillos sin fondo de los Kings, y quería regalarles algo especial, algo que saliera de mí y que no hubiera pagado con su tarjeta de crédito.

Así que había mirado mi cuenta bancaria, mortificada por el saldo ridículamente bajo que me quedaba de mis viajes, y también un poco asustada, porque ¿cómo iba a empezar de cero después de llevar a Roberto y a los demás hombres ante la justicia si no tenía donde caerme muerta?

Tampoco podía pedirle dinero a mi madre después de conspirar para meter a su nuevo marido en la cárcel, o algo peor.

Intentaba no pensar en la parte peor . Los Kings y yo aún no habíamos hablado de qué pasaría con Roberto y los demás hombres una vez que supiéramos quiénes eran. En mi cerebro pre-Aventine, me decía que irían a prisión durante mucho tiempo.

Pero en el fondo, creo que sabía que los Kings no se conformarían con eso.

Querían sangre, no solo por Emma y las demás chicas, sino por lo que Roberto le había hecho a Neo durante todos esos años.

—Vamos —le dije a Claire, decidida a apartar de mi mente a Alexa, a Roberto, a las chicas desaparecidas y la mierda de circo que era Aventine durante las próximas horas—. Allá vamos.

Empujé la puerta y entramos en una sala grande y acogedora, con las paredes cubiertas de dibujos y fotografías de tatuajes.

En la parte delantera había una zona de espera con un par de sofás gastados y una mesa de centro llena de revistas; cerca del techo, un televisor emitía algún programa de repostería.

Me acerqué al largo mostrador que separaba la zona de espera de la de tatuajes.

Un tipo con barba y chaleco de los Blades estaba reclinado en una de las sillas mientras una mujer preciosa, de pelo negro azabache y varios piercings en la cara, se inclinaba sobre su antebrazo para dibujarle algo que no alcanzaba a ver.

Solo estaban ellos y un tipo rubio de unos veintitantos, con ojos gris acero y mandíbula marcada, que estaba limpiando algo bajo el grifo. Cerró el agua cuando nos vio, se secó las manos con una toalla y se acercó al mostrador.

—¿Puedo ayudaros? —Se apoyó en el mostrador con los antebrazos y vi que los tenía cubiertos de tinta.

Estaba fascinada, pero no quería quedarme mirando.

—Soy Willa —dije—. Tengo cita.

Se le iluminó la cara con una sonrisa.

—Soy Adam. Te toca conmigo.

—Perfecto —dije. Claire había empezado a hojear una pila de carpetas con tatuajes disponibles.

—¿Alguna vez te has hecho un tatuaje? —preguntó Adam.

—No, es el primero.

Sonrió.

—Una virgen.

Pensé en los Kings y me sonrojé. A estas alturas, estaba bastante segura de que debía de ser ilegal llamarme virgen de lo que fuera.

Pero seguiría el juego.

—Esa soy yo.

—Genial —dijo—. ¿Ya sabes lo que quieres?

—Así es.

—Perfecto. —Rebuscó detrás del mostrador y sacó un portapapeles con formularios y un boli enganchado—. Rellena esto y luego me enseñas lo que quieres. Dijiste que serían tres, ¿no?

Asentí, pensando en los Kings.

Mis Kings.

—Sí. Tres.