Capítulo 45
Willa
A travesamos el pueblo en el Hummer: Neo al volante, Oscar y Rock en la parte de atrás y yo de copiloto.
Me sorprendió que dejáramos atrás la calle Main y siguiéramos otros diez minutos hasta girar por un camino de grava serpenteante, flanqueado por farolas de estilo antiguo.
—Pensaba que no debíamos salir de Blackwell Falls —dije.
La luz de las farolas y el camino serpenteante creaban un ambiente de cuento de hadas, sobre todo con la nieve cubriendo el suelo, pero no me apetecía arriesgar nuestra seguridad, ni siquiera por una cena mágica de San Valentín.
Y con más razón después de haber dejado a los guardaespaldas de Rafe en casa.
Los Kings nunca se preocupaban cuando estaban conmigo; solo cuando no lo estaban sacaban toda la artillería.
—Estamos en Blackwell Falls —dijo Oscar desde el asiento de atrás.
—¿En serio? —pregunté.
—En serio —confirmó Oscar—. Justo en el límite del pueblo, pero técnicamente seguimos en territorio de los Blades.
—Vaya —dije cuando desembocamos en una entrada circular con una enorme escultura de piedra en el centro—. No sabía que el término municipal llegaba tan lejos. ¿Qué es este lugar?
Más allá de la escultura, una preciosa casa de piedra brillaba con una luz cálida en cada ventana.
Neo se detuvo frente al aparcacoches.
—Es el Seneca Inn.
—La comida es increíble —dijo Rock—. Tiene estrella Michelin.
No sabía mucho de alta cocina, pero supuse que tener una estrella Michelin era algo bueno.
—Qué elegante —dije.
El aparcacoches hizo ademán de abrirme la puerta, pero retrocedió cuando Neo le lanzó una mirada que decía: Toca esa puerta y eres hombre muerto .
No lo entendí hasta que el propio Neo se apresuró a abrirme la puerta. Supongo que su posesividad no conocía límites.
Salí del coche, agradecida por el abrigo Fendi que Neo me había enviado para el Baile de Bienvenida.
No me lo había puesto aquella noche, pero ahora me alegraba de tenerlo.
Hacía un frío que pelaba, así que hundí la barbilla en el precioso abrigo y me cogí del brazo de Neo y de Oscar como si fuera una elegante dama victoriana con dos pretendientes.
Miré a Rock.
—Ojalá tuviera un tercer brazo.
Sonrió y se inclinó para darme un beso en la mejilla.
—No te preocupes, gatita. De todos modos tengo una cita con la cocina.
—¿No vas a comer con nosotros? —pregunté mientras subíamos los escalones hacia la posada.
Ahora que estábamos más cerca, se oía música suave desde el interior, el murmullo de otros comensales y el tintineo de los cubiertos sobre la porcelana.
—Me uno a vosotros en unos minutos —dijo Rock—. He encargado un menú especial y quiero asegurarme de que todo esté perfecto.
Ahora sí que me sentía elegante.
Se adelantó y desapareció en el interior mientras Neo y Oscar me escoltaban escaleras arriba.
Me costaba recordar una época en la que los consideraba unos brutos de tomo y lomo. Resultó que eran sorprendentemente caballerosos y educados, salvo en la cama, donde a Oscar en cierta medida y a Neo sobre todo les gustaba ponerse brutos.
No es que me estuviera quejando.
El restaurante quedaba justo delante; el aroma a pan recién horneado y carne a la parrilla me hizo rugir el estómago, pero me distrajo un botones que pasó con nuestro equipaje camino de las escaleras.
—Creo que ese botones lleva nuestro equipaje —dije.
Oscar se rio.
—Eso espero. Nos quedamos a pasar la noche.
—¿Aquí? —No sé por qué me sorprendía. Se llamaba Seneca Inn, lo que obviamente significaba que había habitaciones en alguna parte.
—Hemos reservado la suite nupcial —dijo Neo—. Bueno, en realidad hemos reservado todo el establecimiento.
—¿Todo? ¿Por qué? —pregunté.
Me clavó la mirada y sentí que algo poderoso se movía entre nosotros, como una corriente eléctrica.
—Porque no quiero que nadie te oiga gritar cuando pasemos toda la noche haciéndote correr.
Tuve que contener el aliento ante el deseo salvaje que despertaron sus palabras, ante la humedad entre mis muslos.
—Pero primero —dijo Oscar— vamos a darte de comer. Vas a necesitar energía.
Sonaba a amenaza y a promesa.
Y joder.
Estaba más que dispuesta a aceptar ambas.