Capítulo 41
Oscar
E ra tan jodidamente hermosa que casi dolía mirarla. Hasta sacarle fotos era una especie de tortura, porque inevitablemente acababa pasando horas repasándolas para grabarme cada curva y cada sombra de su rostro.
Le rocé los labios con la lengua, deslizando el piercing por la comisura, y ella se abrió como una flor.
Gemí cuando nuestras lenguas se encontraron; el calor húmedo de su boca hizo que mi polla, ya dura, se endureciera aún más.
No tenía ni idea de qué había estado haciendo en mi habitación y me daba igual. No tenía secretos con ella, nunca volvería a tenerlos, y todo lo que era mío también era suyo.
Le incliné la cabeza para profundizar el beso, y con cada caricia de mi lengua la marqué con mi nombre.
Nos pertenecía a todos.
Pero, en cierto modo, también me pertenecía solo a mí.
Deslizó las manos bajo mi camiseta y sus dedos trazaron un recorrido sobre mi pecho. Cuando me tocó los piercings de los pezones y tiró de ellos, gruñí contra su boca.
—Cuidado, tigresa. Estás jugando con fuego.
—Quizá me guste jugar con fuego —murmuró contra mis labios.
Le deslicé el jersey que llevaba por casa de los hombros.
—En ese caso, juega todo lo que quieras.
Tiró de nuevo y mi polla respondió como un buen soldado.
Le levanté el dobladillo de la camiseta y se la quité, dejando al descubierto sus tetas perfectas sin sujetador. Las tomé en mis manos, saboreando el peso de su carne sedosa, y le pellizqué los pezones.
Solo consiguió que me entraran más ganas de tocar el resto de su cuerpo, así que metí los pulgares en la cinturilla de sus holgados bóxers y se los bajé.
—Te necesito desnuda —murmuré.
Su dulce coñito estaba suave como el culito de un bebé tras el día de spa.
Le planté un beso justo encima del clítoris y ella me enredó las manos en el pelo y apretó con un gemido que me hizo querer saltarme los preliminares, inclinarla sobre la cama y arrancarle cien de esos gemiditos de su boca perfecta.
—No te preocupes —murmuré, dejando un rastro de besos por la cara interna de su muslo—, voy a enterrar mi cara en ese coño perfecto que tienes.
Levantó los pies y le quité los pantalones cortos y las bragas, riéndome cuando vi la palabra Saturday impresa en el culo.
—¿Nostálgica? —pregunté.
—Son sorprendentemente cómodas —jadeó mientras yo le deslizaba las manos por las piernas.
Le separé los labios del coño, deleitándome con la vista mientras me arrodillaba entre sus muslos. Era como contemplar el centro de una rosa perfecta, con los pliegues rosados y húmedos del rocío de su deseo.
Se me hizo la boca agua y me puse de rodillas para pasar la lengua por todos los pétalos de su sexo.
Jadeó y me agarró el pelo con más fuerza, y la abrí más para acceder a su clítoris ya hinchado.
Lo rodeé con la lengua, disfrutando del fácil acceso pero deseando aún más.
—Pon la pierna en el colchón, tigresa —dije.
Levantó la pierna que estaba más cerca de la cama y su coño se abrió para mí como una cueva de secretos.
—Joder, sí —dije, pasando los dedos por sus pliegues—. ¿Es que aún no sabes que quiero verte toda?
Le deslicé la mano sobre el monte sin vello y gimió cuando le metí dos dedos.
—Siempre estás tan jodidamente mojada, tigresa.
Me incliné para pasarle la lengua por el clítoris, usando el piercing para acariciar el capullo hinchado, y ella me apretó la cabeza con más fuerza, dejándome claro que estaba justo donde me quería.
Por suerte para mí, no había ningún lugar en el mundo donde prefiriera estar que comiéndole el coño mojado a Willa mientras la follaba con los dedos, excepto quizá con la polla enterrada entre sus muslos.
Me puse más duro solo de pensarlo, porque ese era el siguiente paso: justo después de hacerla correrse en mi cara. Me encantaba esta puta posición. Podía ver cada centímetro de ella, cada dulce pliegue rosado bajo la diminuta semilla de su clítoris.
Movió las caderas al ritmo de mis dedos y mi boca, frotándose contra mi cara, con las manos aún enredadas en mi pelo.
Le habría dicho que no hacía falta, que no pensaba irme hasta haberla hecho correrse, pero ya estaba cerca y no quería cortarle el rollo.
—Oh, Dios mío —gimió.
Me dejé guiar por el movimiento de sus caderas y aceleré el ritmo de los dedos y la lengua. Su canal se estrechaba cada vez más, apretándose sobre mis dedos a medida que se acercaba al clímax.
Le presioné el punto G y le succioné el clítoris, metiéndomelo en la boca, y la sentí deshacerse contra mis labios.
Soltó un grito, dejando escapar una retahíla de palabras sucias que casi me hicieron correrme en los vaqueros.
Succioné y follé, lamiendo cada gota de sus jugos, saboreando el momento en que era mía y solo mía.
Sus dedos se aflojaron en mi pelo mientras se recuperaba del orgasmo, y la miré: el pelo rubio cayéndole en ondas alrededor de los hombros, casi rozándole las tetas. Tenía los labios entreabiertos e hinchados por mis besos, el pecho sonrojado.
Una jodida diosa.
Me puse de pie y me reí cuando fue directa al botón de mis vaqueros.
—¿Lista para más, tigresa?
—Siempre —jadeó, bajándome la cremallera y tirando de los pantalones hacia abajo.
Suspiré de alivio cuando mi polla quedó libre. Nada era más incómodo que hacer que Willa se corriera con la polla atrapada en los vaqueros.
Valía la pena, pero jodidamente incómodo.
Me quité la camiseta a toda prisa, luego agaché la cabeza para besarla, acariciándole la boca con largas pasadas de mi lengua, empeñado como siempre en no dejar ningún rincón de ella sin explorar.
Su tacto era ligero como una pluma sobre mis hombros, recorriendo mis pectorales, bajando por mis abdominales.
Me rodeó la polla con la mano y yo le recorrí la espalda con los dedos, siguiendo toda la extensión de su columna, el estrechamiento de su cintura, la plenitud de sus caderas.
Le agarré el delicioso trasero y lo apreté; ella suspiró contra mi boca mientras me acariciaba la polla.
Era demasiado. No solo el placer físico en sí, sino algo más. Algo que me llenaba el pecho hasta sentir que iba a desbordarme por cada poro.
Joder, amaba a esta chica. La amaba como nunca había amado a nada ni a nadie.
Era tan abrumador que corté el beso para recuperar el control.
—Túmbate, tigresa —dije con voz ronca mientras cogía la cámara de la mesita de noche.
Obedeció, con el pelo esparcido sobre la almohada como rayos de sol.
—¿Prefieres hacerme fotos a follarme? —preguntó.
—No, prefiero hacerte fotos y luego follarte —me arrodillé en la cama entre sus piernas y le apunté con la cámara al rostro, intentando capturar ese rubor de después del sexo que delataba el placer que le había dado.
Normalmente se ponía tímida cuando le hacía fotos, pero esta vez ladeó la cabeza y movió los hombros, ofreciéndome distintos ángulos.
—Joder, sí —dije—. No tienes ni idea de lo impresionante que eres, Willa.
Podría pasarme el resto de mi vida haciéndole fotos solo a ella y ser un hombre jodidamente feliz.
Aunque nunca se lo diría. Sin presiones. Sabía que planeaba marcharse en cuanto nos ocupáramos de Roberto.
Simplemente no podía pensar en eso.
Le hice unas cuantas fotos más y dejé la cámara a un lado. Las imágenes de ella desnuda, posando para mí, solo habían avivado mis ganas de ella.
Necesitaba estar hasta los huevos dentro de ella ya.
Me coloqué entre sus muslos y me agarré la base de la polla para frotársela por el coño, rozándole el clítoris con el piercing del glande.
Meneó el culo, bajando unos centímetros para intentar que la metiera.
Como si hiciera falta convencerme.
—¿Quieres que coja un condón? —pregunté.
No me apetecía nada coger un condón. De hecho, lo que quería era preñar a Willa y quedármela con nosotros para siempre.
Pero esa no era mi decisión y nunca lo sería.
Aun así, no me sorprendió que enganchara los tobillos detrás de mis rodillas para retenerme ahí.
—No —dijo—. Quiero que me folles.
No lo cuestioné. Habíamos corrido bastantes riesgos, a solas y juntos, y supuse que habría sido igual cuando Willa estaba con Rock y Neo.
En cualquier otra situación, con cualquier otra tía, me habría puesto condón siempre.
Pero joder si no quería hacerla mía —nuestra— de todas las formas posibles.
—Eso es música para mis jodidos oídos, tigresa —no había nada mejor que follármela a pelo, sentir cómo su coño me envolvía la polla mientras me hundía en ella.
Le abrí más los muslos. Al principio había querido jugar, azotarle ese delicioso culo y follármela por detrás.
Pero ahora que la tenía para mí solo, lo único que quería de verdad era estar lo más cerca posible de ella, verle la cara mientras se corría para mí.
Me incliné para besarla y sentí sus tetas aplastarse contra mi pecho. Levantó la cabeza de la almohada para encontrarse conmigo a mitad de camino; su lengua buscaba la mía con ansia mientras los besos se volvían más urgentes, mi polla a punto de explotar contra la entrada de su coño.
—Te quiero, Willa, joder —dije mientras me apartaba y le dejaba un rastro de besos por la mejilla, la nariz, la boca.
Me sujetó la cabeza entre las manos. —Yo también te quiero. Muchísimo.
Me quedé paralizado mirándola, preguntándome si había oído bien. —¿En serio?
Asintió. —Hace siglos que te quiero. Siento no habértelo dicho antes. Es que no sabía cómo decirlo por... bueno, por lo vuestro. Nunca había hecho esto antes.
—¿Hacemos un trato? —le pregunté con el corazón desbocado.
Me quería.
Asintió.
—Haz lo que te salga del corazón. Siempre. Deja que nosotros nos ocupemos del resto —dije—. ¿Te parece?
Sonrió. —Me parece genial.
—¿Y? —insistí sonriendo, solo porque quería volver a oírlo.
—Y te quiero, Oscar Drago. Y...
—¿Y? —insistí de nuevo.
—Y de verdad de verdad de verdad quiero que me folles ahora —dijo.
Y eso hice, despacio y a fondo. Como si mi jodida vida dependiera de retenerla conmigo.
Con nosotros.
Porque así lo sentía.