Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 40
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Capítulo 40

Willa

E staba en mi habitación haciendo deberes unos días después de la pelea cuando oí a Oscar salir de su cuarto y bajar hacia las escaleras.

Miré la hora en el móvil, salté de la cama y fui hasta la puerta para escuchar cómo se alejaban sus pasos. A esa hora de la noche, a él, Rock y Neo les gustaba jugar a videojuegos, así que calculé que tenía al menos una hora antes de que Oscar volviera a su habitación.

Nunca había visto a los Kings hacer deberes ni siquiera hablar de ellos, pero todos seguían yendo a clase en Aventine, así que lo que fuera que estuvieran haciendo, supongo que les funcionaba.

Y si algo había aprendido sobre los Kings en los últimos meses era que eran mucho más listos de lo que había pensado.

Entreabrí la puerta y me deslicé al pasillo, luego me detuve para asegurarme de que no venía nadie. Como todo seguía en silencio, me apresuré hacia el dormitorio de Oscar, entré y cerré la puerta tras de mí.

Su aroma impregnaba la habitación y provocó que un calor instintivo me floreciera entre los muslos.

Joder.

Estos chicos me tenían comiendo de la palma de sus manos, con esos dedos enormes y habilidosos.

Como siempre, la habitación de Oscar estaba ordenada, con la cama hecha, los libros perfectamente alineados en una estantería y sus DVD favoritos en otra.

Una luz suave emanaba de una lámpara en una de las mesillas de noche y proyectaba un resplandor acogedor sobre la habitación, a oscuras en aquella tarde de invierno.

Un televisor permanecía apagado en la zona de estar, y sabía que rara vez lo usaba porque prefería la pantalla grande y el sonido envolvente de la sala multimedia.

Me sentía mal por invadir su territorio personal, pero no podía quitarme de la cabeza la galería de Blackwell Falls.

Sabía que él nunca presentaría sus fotografías, pero merecían ser vistas, y quizás cuando todo esto terminara, podría vivir como quisiera.

Quizás todos podríamos.

Miré alrededor para intentar averiguar dónde podría guardar las fotografías impresas, y luego me dirigí al escritorio que había contra una pared.

Pero no me parecía el sitio. Ni siquiera podía imaginarme a Oscar sentado en un escritorio haciendo deberes.

Aun así, tenía que empezar por algún sitio, así que abrí los cajones del escritorio y eché un vistazo rápido en busca de sus fotografías.

No me entretuve, porque me sentía fatal fisgoneando. En cuanto quedó claro que las fotos no estaban allí, cerré los cajones y seguí adelante, resistiéndome a la tentación de coger cosas y mirarlas más de cerca.

Oscar era un libro abierto conmigo, pero aun así no quería aprovecharme de su confianza.

Me enderecé y volví a mirar alrededor de la habitación, pensando en Oscar.

Sus fotografías no eran trabajo. Eran… personales.

Crucé la habitación y me acerqué a una de las mesillas de noche.

Estaba a punto de abrir el cajón cuando oí que la puerta se abría a mi espalda.

Me quedé helada y me giré para encontrarme con Oscar, apoyado en el marco de la puerta.

Me ardía la cara. Me había pillado con las manos en la masa.

Esperaba que estuviera enfadado, pero solo estaba ahí apoyado en el marco de la puerta con una sonrisa sexy de la hostia.

—¿Buscas algo, tigresa? —preguntó, jugueteando con el piercing de la lengua.

Busqué a toda prisa una explicación, pero entonces recordé que cuando intentas mentir, lo mejor es una mentira cercana a la verdad.

—Me has pillado —dije—. Estaba buscando tus fotos.

—Podrías habérmelo preguntado sin más —dijo.

—Lo sé —dije—. Me daba vergüenza.

Esto iba bien. Estaba funcionando.

Sentir vergüenza por tener un ego tan grande como para ponerme a buscar en la habitación de Oscar fotos que él me había hecho explicaría por qué estaba tan alterada.

—¿Porque son todas de ti, quieres decir? —preguntó.

—Seguro que no son todas de mí —dije.

—Te sorprenderías. —La diversión había abandonado sus ojos; su expresión se había vuelto seria, quizás incluso un poco dolida.

—Siento no habértelo preguntado sin más —dije.

No lo sentía. Ni siquiera estaba buscando fotos mías. Pero no quería decírselo todavía.

Entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se cerró con una rotundidad que me provocó un escalofrío de anticipación.

Caminó lentamente hacia mí, con la mirada fija en la mía. Se movía con tranquilidad, con fluidez, y me pregunté cómo alguien podía estar tan jodidamente sexy con unos vaqueros negros rotos y una camiseta que inexplicablemente mostraba a Yoda en una foto policial (no lo pillaba).

Se detuvo cuando solo quedaba un centímetro entre nosotros y me miró desde su altura.

—Has sido una chica mala —murmuró mientras alargaba la mano hacia la goma que me sujetaba el pelo en un moño despeinado en lo alto de la cabeza.

Tiró y el pelo me cayó sobre los hombros.

Apenas podía respirar bajo el calor de su mirada, fija en los labios como un faro.

—Puede que necesites unos azotes —murmuró.

—¿Y tu videojuego? —Cada vez estaba más claro que tendría que conseguir las fotos en otro momento.

—¿Crees que quiero jugar a videojuegos ahora que te tengo a solas? —preguntó.

—No lo sé —dije.

Se inclinó hasta que sus labios casi rozaron los míos. —Eso sería un no duro, tigresa. Con énfasis en la palabra duro .

Entonces su boca se estrelló contra la mía, con las manos acunándome la cara como si nunca quisiera dejarme ir.