Capítulo 39
Willa
D ejé que Rock me arrastrara hacia la parte delantera del teatro junto con el resto de la multitud, todos preparados para la pelea.
Era como estar en el centro de un mosh pit, todos empujando y dando codazos para conseguir la mejor vista, y me aferré al brazo de Rock, decidida a no perderlo.
—¿Cómo sabes que Neo ganará? —le grité a Rock cuando encontramos un lugar donde detenernos.
Neo había perdido contra alguien que le llegaba a la cintura en una pelea antes de las vacaciones de Acción de Gracias. Tenía que haber una razón —era la única pelea que le había visto perder—, pero no había querido hablar de ello cuando se lo pregunté.
—Por la expresión de su cara después de acorralarte a la entrada —dijo Rock—. Supongo que le prometiste un premio, pero prefiero no pensar en ello. Los celos me quitan las ganas de todo.
Oscar se unió a nosotros unos segundos después y Rock le dio el vaso de whisky, ahora solo medio lleno.
—Joder, menos mal —gritó Rock—. Llevo la otra mitad encima, así que no te quejes.
Oscar apuró el vaso de un trago. Me pregunté de qué habría estado hablando con el hombre de la chaqueta de cuero. Oscar no solía beber mucho.
Olí a Neo antes de verlo —el aroma de su colonia cara mezclado con sudor y sexo, que me recorrió el cuerpo como una corriente de lujuria.
Y joder. Neo siempre estaba bueno, pero había algo especial en verlo con nada más que unos pantalones cortos de baloncesto y zapatillas, el pecho desnudo ya reluciente de sudor.
Como si su ángel —yo— estuviera llorando.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Lujuria o temor?
Con Neo, quién sabía.
La herida en su pecho ya no estaba cubierta con una venda y los puntos habían desaparecido, pero yo sabía que seguía ahí, camuflada entre la tinta, una debilidad que no podía permitirse cuando estaba a punto de enfrentarse a otro sociópata al que le gustaba que le dieran una paliza.
—¿Estás seguro de esto? —le pregunté a gritos para hacerme oír por encima de la música, aún ensordecedora. De repente estaba nerviosa; el ángel llorón se había quedado grabado en mi mente como un mal presagio.
Su sonrisa parecía malvada mientras las luces multicolores giraban sobre su rostro.
—¿Preocupada por mí, Jezabel?
—¡Sí! —dije—. Sí, lo estoy. ¿Podemos irnos a casa ahora?
—Ni hablar —dijo mientras daba saltitos—. Tengo un premio que ganar.
Me maldije por darle otra razón —una que no necesitaba— para pelear, y luego escudriñé la multitud en busca del oponente de Neo. Era una de las reglas de la noche de peleas.
Nadie sabía quién peleaba hasta que empezaba —incluidos los luchadores.
Me rendí casi tan pronto como empecé. Si hubiéramos estado en un combate de boxeo, habría buscado a alguien vestido como Neo, pero en el Orpheum, Neo tenía tantas probabilidades de pelear contra uno de los moteros con pantalones de cuero y chaleco como contra uno de los pijos de la universidad cercana o uno de los Phantoms con sus vaqueros y chaquetas de cuero.
—Ahí viene Marge —gritó Oscar.
La multitud se apartó mientras la mujer mayor que presentaba las peleas se abría paso hacia la parte delantera del teatro, con el cabello platino brillante bajo las luces.
No pude evitar preguntarme qué tipo de influencia tenía sobre los del pueblo. Ni siquiera tenía que mandarles callar. Se quedaban en silencio en cuanto se colocaba al frente de la multitud.
—¡Bienvenidos a otra noche de peleas! —gritó.
La multitud rugió en respuesta.
—¡Conozcamos a los corderos sacrificiales de esta noche! —dijo.
Junto a mí, Neo daba saltitos sobre las puntas de los pies mientras rotaba los hombros y se hacía crujir el cuello.
—Primero tenemos a nuestro chico bonito favorito, ¡Neooooo!
La multitud se dividió entre vítores y abucheos mientras Neo saltaba hacia la parte delantera del teatro para colocarse a un lado de Marge.
Era jodidamente enorme, su tamaño imponía por sí solo. Si a eso le añadías la expresión inmóvil de su rostro, una máscara para la reserva de rabia que yo sabía que acechaba bajo la superficie, yo habría estado absolutamente aterrorizada de enfrentarme a él en el Orpheum.
O en cualquier lugar, en realidad.
—¡Y enfrentándose a Neo, nuestra propia Amenaza Fantasma! —gritó Marge.
—Alguien es un friki —gritó Rock.
— La Guerra de las Galaxias ya no es de frikis —dijo Oscar—. ¿No te has enterado?
Observé a la multitud a la espera de que alguien se separara y se dirigiera al frente; entonces sentí una oleada de miedo cuando vi a un hombre corpulento con vaqueros y camiseta de tirantes unirse a Marge y Neo.
—Joder —dijo Oscar—. Ese es Caesar. Es un cabrón de cuidado.
—Al menos sus botas no son tan grandes como las de Marvin —dijo Rock.
La pelea entre Neo y Marvin había sido la primera a la que asistí en el Orpheum.
Marvin era una montaña de hombre con botas negras gigantes que parecían pesas de plomo, y los momentos previos a la pelea habían sido un torrente de instrucciones de Oscar y Rock, sobre todo para evitar las botas de Marvin.
Caesar también llevaba botas, pero parecían zapatillas de ballet comparadas con las que llevaba Marvin.
Intenté relajarme un poco. Neo había ganado la pelea contra Marvin incluso con las botas.
Podía hacer esto.
—Muy bien, chicos —dijo Marge, mirando de Neo a su oponente—. Ya conocéis las reglas. No seáis gilipollas. ¡A pelear!
La multitud enloqueció y Marge se apartó para unirse a un grupo de gente del pueblo apiñada en la parte delantera.
Apenas se había apartado cuando Neo cargó contra su oponente.
Había visto dos peleas en el Orpheum: Neo había ganado una de ellas y empatado la otra, pero en ambos casos había sido una pelea.
Esperaba más de lo mismo, pero Neo se lanzó como un toro enfurecido, embistiendo a Caesar con toda la fuerza de su envergadura.
Caesar también estaba sorprendido. Lo vi en su respingo cuando Neo le asestó el primer puñetazo, en cómo intentó recomponerse después.
Pero daba igual.
Neo estaba desatado, repartiendo puñetazos y patadas como un perro rabioso.
Al principio Caesar intentó defenderse, pero después de un minuto se rindió y empezó a moverse esquivando a Neo, tratando de evitar sus patadas y golpes, probablemente con la esperanza de agotarlo.
No funcionó. Neo lo persiguió implacable, con expresión vacía en el rostro, golpeando y pateando sin parar hasta que Caesar, chorreando sangre, se desplomó en el suelo.
La pelea no había durado ni dos minutos.
—¿Qué coño le ha pasado? —preguntó Oscar.
Rock me miró con una sonrisa cómplice, pero no tuvo tiempo de decir nada antes de que Neo viniera hacia nosotros a grandes zancadas.
Marge ni siquiera había declarado un ganador cuando me agarró del brazo con una brusquedad que me puso a cien.
Me arrastró hacia la salida. —Eres mía.