Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 38
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Capítulo 38

Willa

E l Orpheum estaba abarrotado como siempre, con miembros de los Blades y los Phantoms que se agolpaban en el vestíbulo para la próxima pelea.

Recordé mi primera pelea, lo intimidada que me había sentido rodeada de todos aquellos lugareños vestidos de cuero, con cadenas colgando de la ropa. Ahora los sentía como aliados, las únicas personas que se interponían entre nosotros y Roberto y sus cómplices.

Neo, Oscar y Rock me rodearon al entrar, tomándose muy en serio su papel de guardaespaldas.

Habíamos barajado traer a uno de los hombres de Rafe como refuerzo, pero los Kings habían decidido que presentarse en el Orpheum con un guardaespaldas daría la impresión de que no confiábamos en quienes nos habían ofrecido su protección.

También atraería más la atención sobre nosotros, y eso era lo último que necesitábamos, como demostraban las miradas que ya nos seguían al entrar.

No es que nadie nos hubiera prestado atención antes. Siempre despertábamos curiosidad en el Orpheum, ya fuera por Neo y su reputación como luchador o porque técnicamente veníamos de Aventine y no éramos lugareños.

Pero esto era diferente. Se palpaba la tensión en el aire; los moteros barbudos y las pandillas callejeras con vaqueros rotos y chaquetas de cuero se removían inquietos al vernos, desviaban la mirada, como si también les hubieran advertido que se mantuvieran alejados de nosotros.

Llegamos hasta Bear, el portero que custodiaba el santuario interior del Orpheum, y cacheó a Rock y Oscar antes de fijarse en mí.

—Brazos arriba, muslos separados, nena —dijo con una mirada lasciva.

—Tócala y estarás sorbiendo la comida con pajita los próximos tres meses —gruñó Neo.

Bear frunció el ceño.

—No estás en posición de negociar.

—Puedo simplemente... —empecé.

—No estoy negociando —me interrumpió Neo—. Los demás nos someteremos, por insultante que sea, pero pagarás un precio por tocarla.

—Déjala pasar —dijo una voz detrás de Bear.

El portero era tan enorme que tardé un segundo en ver al dueño de la voz, pero cuando lo hice, comprobé que era igual de grande que Bear. Su barba rubia no ocultaba en absoluto su atractivo rudo, y su chaleco estaba adornado con parches, incluido uno que decía Vice President .

Así que este era Hawk, vicepresidente del Club de Motociclistas Blades.

Bear retrocedió de inmediato, con un destello de miedo en el rostro.

—Lo que tú digas, jefe.

Se hizo a un lado y murmuró:

—Malditos Kings.

Neo le tendió la mano a Hawk.

—Gracias.

Hawk se la estrechó.

—Comportaos. No puedo ayudaros si causáis problemas.

—Solo venimos a pelear —dijo Neo.

Me puso una mano posesiva en la zona lumbar y me guió más allá de Hawk y Bear.

Un escalofrío me recorrió la columna. Hacía cuatro meses lo había odiado con el fuego de mil soles. Ahora me tocaba y me derretía por completo.

¿Qué demonios era mi vida?

Continuamos por el pasillo, con teatros en desuso a cada lado, hacia el gran auditorio del fondo. Las puertas estaban abiertas; luces multicolores barrían el interior oscuro mientras la multitud se calentaba para la próxima pelea, la música retumbaba y subía de volumen a medida que nos acercábamos.

Fuera hacía frío, pero sabía por experiencia que el teatro se calentaba, y me alegraba de haber elegido una camiseta de tirantes sedosa sin chaqueta sobre mis vaqueros negros.

Me había quedado helada de camino desde el coche, pero ahora no tendría que cargar con la chaqueta todo el rato, y un pequeño bolso cruzado dorado compensaba la falta de bolsillos.

Además, mis botas de tacón me estilizaban las piernas sin la distracción de una chaqueta, y los Kings desde luego lo habían notado.

—¿Quieres compañía mientras te cambias? —le preguntó Rock a Neo cuando nos acercábamos al teatro.

Neo estaba tenso —todos lo estábamos— y no era buena idea que peleara distraído. Rock era quien sabía calmarlo, y no era raro que lo acompañara al improvisado camerino antes de una pelea.

—No.

Se abalanzó sobre mí antes de que me diera cuenta de lo que pasaba y me empujó contra la pared junto a las puertas abiertas del teatro.

—Te quiero a ti.

Lo miré con el corazón acelerado, el coño húmedo solo por sentir su cuerpo contra el mío, su polla dura en los vaqueros.

—Estaré esperando —le sonreí—. Si ganas.

Me fulminó con la mirada.

—Te tendré de cualquier manera.

—Eso dices tú —respondí sin aliento mientras me restregaba la polla contra el estómago.

—¿Me estás diciendo que no me follarás a menos que gane? —preguntó.

—No soy un trofeo de consolación —dije—. Si quieres follarme, gana.

Le ardieron los ojos un instante antes de hundir la cara en mi cuello, cerrar la boca sobre mi garganta y chupar con fuerza.

Jadeé y apreté los muslos para frenar el latido que había empezado en mi coño. Cuando levantó la cabeza, me tocó con un dedo el punto húmedo de la garganta, justo encima de la gargantilla.

—Un anticipo de lo que voy a hacerte luego —dijo.

Joder.

Se alejó y me dejó temblando y sin aliento. Intenté recomponerme mientras me apartaba de la pared para reunirme con Oscar y Rock.

Los dos me miraron con los ojos clavados en el cuello.

—Me ha hecho un chupetón, ¿verdad? —pregunté.

—Más bien una puta marca —dijo Oscar.

—Vamos —dijo Rock, cogiéndome de la mano—. No sé vosotros, pero yo necesito una maldita copa.

Entramos en el teatro a oscuras y enseguida me fijé en la pantalla. Esta vez proyectaban una película más antigua: una pandilla de motociclistas sentados en círculo en el bosque, con los chalecos sobre el pecho desnudo mientras una mujer rubia sollozaba a un lado.

A Oscar se le iluminaron los ojos. —Me encanta esta película.

—¿Cuál? —pregunté.

— The Glory Stompers —dijo—. Dennis Hopper.

El título no me sonaba de nada, pero siempre era divertido ver a Oscar tan emocionado con una peli.

—¿Quieres una copa? —preguntó Rock.

—¿En serio me lo preguntas? —respondí.

—Tráeme una a mí también —dijo Oscar, cogiéndome del brazo.

Ninguno de los dos tenía que decirle a Rock lo que queríamos. Él me traería mi nueva bebida favorita, un Huckleberry Twist, y un whisky solo para Oscar. Una de las muchas ventajas de vivir con gente que te conocía tan bien.

Las paredes eran una especie de zona segura; todo el mundo se congregaba en el centro del teatro, del que hacía mucho habían retirado los asientos.

Oscar me guio entre la multitud: algunos bailaban en grupos, otros intentaban mantener una conversación por encima del estruendo de la música que retumbaba en el sistema de sonido envolvente.

Apenas había espacio para moverse. Observé cómo Oscar recorría la multitud con la mirada, nervioso; la tensión de sus hombros dejaba claro que estaba alerta.

No lo culpaba. En el Orpheum no se permitían armas, lo que significaba que dependíamos del edicto de protección de los Blades y los Phantoms.

Al principio había protestado por venir —con tanta gente y sin armas, parecía mala idea—, pero Neo llevaba dos meses sin peleas y estaba que se subía por las paredes.

Necesitaba desahogarse partiéndole la cara a alguien.

Además, había dejado sin efecto cualquier argumento que yo pudiera tener cuando señaló que, si a mí me dejaban ir a Blackwell Falls a depilarme y a comer con Claire, a él le dejaban pelear en el Orpheum.

—Esto está lleno esta noche —le grité a Oscar.

—Siempre en esta época del año —dijo Oscar—. No hay mucho más que hacer.

Recordé lo que Daisy había dicho sobre las cataratas, que a los del pueblo les gustaba montar fiestas allí cuando hacía buen tiempo. Tenía sentido que necesitaran otra forma de desahogarse cuando no podían reunirse al aire libre.

La mirada de Oscar se detuvo en alguien entre la multitud y se inclinó para hablarme al oído.

—Vuelvo enseguida —dijo—. No te muevas. No te quitaré el ojo de encima.

Se abrió paso entre la multitud hacia un tipo flaco con una chaqueta de cuero con el logo de los Blades estampado en la espalda, y luego se colocó de forma que pudiera verme.

Me quedé con la espalda pegada a la pared, moviendo la cabeza al ritmo de la música, y empecé a relajarme. Parecía una noche cualquiera en el Orpheum, y me reconfortaba saber que, aunque nosotros no llevábamos armas, nadie más las llevaba tampoco.

No sabía quién era el dueño del Orpheum ni quién ponía las normas, pero quienquiera que fuese debía de tener mucho poder, porque todo el mundo parecía dispuesto a portarse bien.

Estuve un par de minutos viendo la película, que se proyectaba en silencio en la pantalla grande, y luego volví a fijarme en la multitud.

Acababa de pasar la mirada por Oscar —que me observaba como había prometido, aunque seguía hablando con el tipo de la chaqueta de cuero— cuando divisé una cabellera castaña y espesa que me resultaba familiar, al borde de la multitud, en el lado opuesto de la sala.

Alexa Petrov.

¿Qué hacía en el Orpheum? No parecía para nada su ambiente. Incluso Claire evitaba el Orpheum.

Alexa no estaba sola. Miraba hacia arriba, a un tipo rubio enorme al que reconocí como uno de los Knights.

Y no mantenían una conversación casual.

Estaban discutiendo. Era obvio por su lenguaje corporal, aunque no podía oír ni una palabra.

Alexa tenía una expresión que no le conocía. No el desdén ni el desprecio habituales, sino una tormenta de ira y algo que estaba segura de que era miedo.

El rubio gigante —no conseguía recordar su nombre— la señaló con el dedo, con expresión colérica, mientras sus labios se movían en lo que parecía una seria reprimenda.

Normalmente me habría encantado ver a Alexa pasándolas canutas, pero después de nuestro extraño encuentro en el baño de Chasen's, no podía evitar la sensación de que quizá necesitaba ayuda.

Vale, quizá me estaba pasando. Pero desde luego era raro, sumado a su discusión con uno de los rusos —alguien de su propia familia criminal— y en el Orpheum, nada menos.

Estaba planteándome si apartarme de la pared y cruzar entre la multitud para ver cómo estaba —sabiendo que Oscar vendría justo detrás de mí— cuando ella se dio la vuelta para alejarse del rubio gigante.

Él la agarró del brazo y la obligó a darse la vuelta y mirarlo.

Se me encendieron todas las alarmas. Me aparté de la pared y di un paso adelante, pero un segundo después ella se lo sacudió de encima con una mirada fulminante y un par de palabras que no pude oír.

Acto seguido se dirigió hacia la salida a paso firme, con el rubio clavándole la mirada.

—Huckleberry Twist para la dama —dijo Rock, volviendo con mi bebida.

Hacía malabarismos con mi copa, una cerveza y el whisky de Oscar, así que le cogí la mía de la mano.

—¿Qué pasa? —gritó, siguiendo mi mirada hasta el lugar vacío donde Alexa había estado con el ruso.

No tenía sentido explicar lo que había visto con Alexa. No en ese momento, al menos. Habría sido imposible con tanto ruido.

Negué con la cabeza.

—¿Dónde está Drago? —preguntó Rock, con el desagrado ensombreciéndole los ojos azules.

Era evidente que no le hacía gracia que Oscar me hubiera dejado sola.

Señalé a Oscar, que seguía hablando con el de la chaqueta de cuero, y Rock asintió; se le relajaron un poco los hombros.

El volumen de la música bajó medio decibelio y un clamor se alzó entre la multitud.

La pelea estaba a punto de comenzar.

Rock me cogió de la mano. —Vamos, gatita. Vamos a ver cómo Neo le destroza la cara a alguien.