Capítulo 37
Willa
M e recosté en la silla de Siren, el salón de belleza de Blackwell Falls, y suspiré mientras Flame, mi peluquera, me lavaba el pelo. Hacía siglos que no me cortaba las puntas, que no me hacía ningún tratamiento que no fuera casero, y aquello era el paraíso.
Cerré los ojos y me abandoné a las manos expertas de Flame mientras me masajeaba el cuero cabelludo, disfrutando de ese breve momento en que mi mente estaba en blanco.
Cuando terminó, me envolvió la cabeza con la toalla y me ayudó a incorporarme. Crucé el salón hasta una silla frente a uno de los espejos.
Claire me miró a través del espejo.
—Me siento como si estuviera con una famosa.
Miré hacia la entrada del salón, donde un hombre enorme permanecía de pie con las manos cruzadas delante del cuerpo y las gafas de sol tapándole los ojos.
—Por lo menos podría haber intentado pasar desapercibido —murmuré mientras me acomodaba en la silla.
Era uno de los hombres de Rafe y mi acompañante en Blackwell Falls por el día, la condición para poder salir. No habría sido tan grave si hubiera llevado vaqueros y camiseta o algo así. Pero no: iba vestido de negro de pies a cabeza, con las gafas de sol puestas estuviéramos donde estuviéramos.
Saltaba a la vista que iba armado bajo la chaqueta de cuero, salvo para el más ingenuo.
No es que me quejara. Simplemente estaba encantada de haber salido.
—Al menos está bueno —dijo Claire refiriéndose al guardaespaldas.
Otro de los peluqueros, un hombre mayor vestido a la moda con gafas redondas, le recortaba los rizos húmedos.
—Me alegro de que te lo estés pasando bien —refunfuñé.
Estaba molesta, pero no me atrevía a quejarme a los Kings. Me había quedado de piedra cuando me dijeron que ya podía ir al pueblo si iba acompañada de un guardaespaldas, pero solo al pueblo.
Por lo visto habían llegado a algún tipo de acuerdo con los Blades y los Phantoms, y se había corrido la voz de que éramos intocables dentro de los límites de Blackwell Falls.
No tenía ni idea de qué relación tenían los Kings con las bandas de Blackwell Falls y, sinceramente, no me daba la cabeza para intentar averiguarlo. Me bastaba con tener un poco de libertad, y había aprovechado la ocasión para pasar un día de spa con Claire.
—A lo mejor puedes venir a la mascarada de St. Andrew —dijo Claire.
Me reí.
—Eso... no sé si me atrevería.
—¿Nunca has ido a un club de sexo? —preguntó Claire arqueando las cejas.
—¿Cuenta un albergue lleno de viajeros cachondos en Grecia?
—Puaj. No. St. Andrew es una locura. ¡Tienes que venir! Falta más de un mes, así que tienes tiempo de sobra para convencer a los Kings.
Miró al hombre de Rafe, que seguía plantado como una estatua en la entrada del salón.
—A lo mejor hasta tienes que traerte al guardaespaldas.
—Lo que necesitas es echar un polvo —dije.
Claire sonrió.
—No te lo voy a discutir.
Flame me peinó mientras estudiaba las puntas. Su precioso pelo rojo le caía en ondas alrededor de la cara, con un tatuaje de los Blades que asomaba por el lateral del cuello.
—¿Solo un recorte? ¿Capas largas?
—Sí, por favor —dije—. Lo tengo hecho un desastre.
—Solo necesita un repasito.
Flame me sonrió a través del espejo.
—Sería una pena cortarlo tanto. Es precioso.
—Gracias —dije. Sabía que los Blades eran, en cierto modo, rivales de los Kings, pero también estaba claro que eran socios comerciales, y me alegraba tenerlos de nuestro lado por el momento.
—Me alegro mucho de que hayas podido venir hoy —dijo Claire—. Incluso con tu guardaespaldas.
—Yo también —dije—. Hacía siglos que no me depilaba con cera.
Claire esbozó una sonrisita.
—Con lo activa que estás últimamente... Es importante mantener las apariencias.
Se me encendió la cara y me miré en el espejo.
Sí. Me estaba poniendo roja.
—Dios mío, Claire.
Flame sonrió.
—No te cortes conmigo, cielo. Esos chicos tuyos son toda una leyenda. Ojalá todas tuviéramos esa suerte.
Genial. A ver si nos enteramos todo Blackwell Falls de que me estaba tirando a los tres Kings.
Me sentí aliviada cuando Claire se puso a charlar con el peluquero que le cortaba el pelo. Estaba bien tener un día de chicas —nos habíamos hecho tratamientos faciales, manicura, pedicura y depilación— pero no me apetecía nada airear mi vida sexual delante de todo Siren.
Pasamos el resto del tiempo de cháchara con Flame y el peluquero de Claire. Cuando Flame terminó, me ahuequé el pelo frente al espejo mientras ella esperaba mi veredicto.
—Me queda genial —dije—. Muchas gracias.
—Con un pelo tan bonito es fácil —dijo.
Pagué con la tarjeta de los Kings como me habían indicado, le dejé a Flame una buena propina y Claire y yo salimos al frío pero soleado día de invierno.
—Me siento como una mujer nueva —dijo Claire.
—Igual. ¿Te apetece comer? Invito yo. Bueno, invitan los Kings, supongo.
Todavía no me había acostumbrado a no tener dinero propio, pero Neo había dejado claro que no debía usar nunca la tarjeta que me había dado Roberto, y ahora entendía por qué.
Deberle algo a Roberto era lo último que necesitaba.
Neo me había dicho que usara la tarjeta de los Kings para todo. Cuando le pregunté por el límite, esbozó una sonrisita y dijo:
—Úsala para lo que necesites, Jezabel.
—¿Y qué hay de tu sombra? —preguntó Claire.
Eché un vistazo a mi guardaespaldas, que nos seguía a unos metros.
—Supongo que nos seguirá hasta allí sin más, ¿no?
No tenía muy claro cómo funcionaba todo esto del guardaespaldas.
—El almuerzo me parece genial —dijo Claire—. ¿Has ido alguna vez a Chasen's?
—No he ido casi a ningún sitio —respondí—. Los Kings apenas me quitaban ojo de encima antes de enterarse de que Roberto intentaba matarnos.
—Chasen's tiene la mejor comida —dijo Claire—. No está lejos. Podemos ir andando.
Estábamos a mitad de la calle Main, justo en la línea que Oscar me había dicho que no cruzara cuando me llevó a la farmacia aquel primer día.
Me picaba la curiosidad por el otro lado de la ciudad (solo lo había visto de noche, cuando Neo tenía peleas en el Orpheum), pero íbamos en dirección contraria, hacia Cassie's Cuppa y las otras tiendas monas que tanto gustaban a los turistas de fin de semana.
Pasamos un par de boutiques y un restaurante griego hasta llegar a un gran escaparate con una serie de fotografías en blanco y negro.
Me detuve a estudiar las imágenes: una serie centrada en puertas exóticas, probablemente de Turquía o Marruecos.
—Son preciosas —dijo Claire a mi lado.
—Las fotos de Oscar son igual de buenas —dije—, si no mejores. Su trabajo tendría que estar en una galería como esta, sin duda.
—Siempre me lo he preguntado —dijo Claire—. Casi nunca lo veo sin su cámara. ¿Qué hace con todas las fotos que saca?
—¿Qué va a hacer? Ya sabes cómo son nuestras familias con ese tipo de cosas.
Ver las fotografías de la galería me entristecía. No era broma. Las fotos de Oscar eran lo bastante buenas para colgarse junto a las del escaparate.
Tenía muchísimo talento. Me daba rabia que se desperdiciara por culpa de su familia. Si no fuera por su papel en la familia criminal Alinari, Oscar probablemente habría sido un director o fotógrafo famoso.
—Es una verdadera mierda —dijo Claire—. ¿Y tú qué?
—¿Yo qué? —pregunté.
—¿Qué harías si hubieras nacido en una familia normal? —preguntó.
—La verdad es que nunca me lo he planteado —me sentí tonta al decirlo, pero era verdad—. Estaba en el instituto cuando Emma desapareció, y después de eso…
Claire extendió la mano y apretó la mía.
—Lo siento. Espero que cuando todo esto termine puedas vivir tu vida como quieras.
No tenía ni idea de qué significaba eso ni cómo sería, pero sonaba bastante bien.
—Yo también.
—Solo falta una manzana más —dijo Claire—. Espera un momento…
Me detuve a mirarla. Se había quedado paralizada en la acera.
—¿Qué?
—¿Ese es… Neo?
Seguí su mirada hacia el Hummer negro aparcado al otro lado de la calle. Las ventanillas laterales estaban tintadas, pero distinguía claramente la mandíbula firme de Neo, sus anchos hombros en el asiento del conductor.
—¿Pero qué cojones? —pregunté.
Claire se rio.
—Parece que alguien no confía en su propio guardaespaldas para protegerte.
—Increíble —dije.
—¿Quieres ir a hablar con él? —preguntó Claire.
—No, la verdad es que no.
No sabía si sentirme molesta o halagada porque Neo me estuviera siguiendo a pesar de haberme asignado un guardaespaldas, pero no iba a darle la satisfacción de pensar que me hacían gracia sus manías de acosador.
—Como tú digas —dijo Claire con voz cantarina—. De todas formas, ya hemos llegado.
Habíamos llegado a un bistró elegante con un toldo verde y un patio exterior cerrado por el invierno.
Claire abrió la puerta y entramos en un restaurante acogedor y en penumbra, con las paredes pintadas de azul marino intenso y una luz tenue que emanaba de las elegantes lámparas del techo.
Claire saludó a la anfitriona con familiaridad y nos llevaron a un reservado cerca del fondo del restaurante.
—Voy al baño antes de comer —dije mientras dejaba el bolso y el abrigo en el reservado—. ¿Me pides un agua?
—Claro —dijo.
Busqué el cartel del baño y fui por un pasillo estrecho, pasando el de hombres, hasta una puerta de madera con el letrero de Señoras .
Uno de los dos cubículos estaba ocupado, así que entré en el otro y salí un par de minutos después para encontrarme de frente con Alexa Petrov.
Se estaba pintando los labios frente al espejo del baño. Llevaba unos vaqueros negros que se ceñían a su cuerpo perfecto y un jersey de cachemira color marfil que parecía costar un millón de dólares y que complementaba a la perfección su brillante melena castaña.
Abrí el grifo para lavarme las manos y esperé el inevitable comentario mordaz.
Pero cuando la miré en el espejo, estaba concentrada en el pintalabios y noté que le temblaba la mano.
—Hola —dije, porque total, podía intentar ser amable si la cosa iba a ser incómoda.
Me sostuvo la mirada en el espejo pero no dijo nada mientras terminaba de pintarse los labios.
Qué divertido.
Me lavé las manos y empecé a sacar toallas de papel del dispensador, deseando salir de allí. Cuando me giré para tirarlas a la basura, Alexa me miraba con una expresión que no supe descifrar.
Probablemente porque Alexa solo me había mirado con desdén, y esto no era eso.
Abrió la boca para hablar, luego pareció pensárselo mejor. A estas alturas, sentía que había aterrizado en un universo alternativo, uno donde Alexa era muda.
¿O quizás no era una zorra integral?
Unos segundos después, suspiró y se fue hacia la puerta sin decir palabra.
—¿Pero qué cojones? —murmuré.
Terminé de secarme las manos y volví a la mesa donde Claire bebía agua con una pajita; los menús estaban cerrados en el extremo de la mesa.
Recorrí el restaurante con la mirada buscando a Alexa, pero no la vi. No tenía ni idea de con quién había venido a Chasen's, pero ya se había ido.
—Vale, eso ha sido raro —dije mientras me deslizaba en el reservado.
—¿Qué ha sido raro? —preguntó Claire.
—Me he encontrado con Alexa en el baño ahora mismo —dije.
—¡Sabía que era ella! —dijo Claire—. Pasó tan rápido que solo pude verle el culo perfecto, esa zorra preciosa.
—Era ella, sí —dije.
—¿Con qué insulto ha intentado machacarte esta vez? —preguntó Claire.
—Esa es la parte rara —dije—. No me ha insultado en absoluto. De hecho, ni siquiera ha abierto la boca.
—¿Alexa Petrov ha dejado pasar la oportunidad de hacerte sentir como una mierda? —preguntó Claire—. Debe de estar incubando algo.
—¿Verdad? —No sabía cómo explicar la extraña expresión del rostro de Alexa, ese momento en que pareció que iba a decir algo que no fuera crítico ni despectivo.
Quizá incluso algo que fuera… ¿importante?
—Bueno, quién sabe qué pasa por su cabeza —Claire cogió los menús y me pasó uno—. Aquí tienen la mejor ensalada de bistec con gorgonzola, pero todo está bueno.
—Gracias —dije.
Eché un vistazo al menú, pero en realidad no asimilaba las palabras. No dejaba de ver el rostro de Alexa en el baño, cómo había abierto la boca para hablar y luego había cambiado de opinión.
Cómo le había temblado la mano mientras se ponía el pintalabios.