Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

Rock

B ajé las escaleras hacia la cocina con la pregunta de Willa —que venía a ser: «¿Cuánto tiempo voy a estar atrapada en esta casa?»— resonando en mi mente.

Era una pregunta razonable, y probablemente no le habíamos dado suficientes vueltas.

En parte, porque estábamos demasiado preocupados por mantenerla a salvo. Y en parte, porque no parecía tan importante, ya que, aunque Willa no lo supiera, las mismas reglas no se aplicaban a nosotros.

Neo, Drago y yo confiábamos en nuestra capacidad para protegernos y estábamos dispuestos a asumir los riesgos de salir de casa a cualquier sitio que no fuera el campus.

Nos habían estado trayendo la compra a domicilio y le pedíamos a Reva que nos trajera cosas, pero cada uno de nosotros había ido a Blackwell Falls por distintas razones mientras Willa permanecía encerrada en casa.

No solo era injusto, sino que tarde o temprano Willa se enteraría de que nosotros no estábamos sujetos a las mismas restricciones, y entonces se armaría la gorda.

—¿Cómo está? —preguntó Drago cuando volví a la cocina.

Estaba sentado en la isla con una cerveza mientras Neo iba de un lado a otro en pantalón corto y camiseta de tirantes, preparándose el batido de después del entrenamiento.

—No muy bien —dije—. Espero que el té y el Midol le ayuden.

—Y los libros —añadió Drago—. Si luego se encuentra mejor, podemos ver una peli.

—Podemos ver esa que le gusta —dijo Neo—. La del beso bajo la lluvia.

Me quedé de piedra. ¿Neo estaba sugiriendo que viéramos «Diario de una pasión» solo porque a Willa le encantaba?

Debió de notar mi cara de asombro, porque se puso rojo.

Se dio la vuelta para servirse el batido. —O sea, es una puta mierda de película, pero si a ella le gusta…

—Me parece bien —dije, sin querer cortarle el rollo dándole demasiada importancia—. Pero hay otra cosa de la que tenemos que hablar.

Neo se giró con el batido en la mano. —¿Willa?

Al cabrón le importaba una mierda todo excepto él mismo, salvo cuando se trataba de Willa. Entonces era todo oídos.

—Ha preguntado cuánto tardarán las otras casas en terminar el juego —dije.

—No lo sabemos —dijo Neo.

—Ya lo sé —dije—. Y eso es un problema.

—¿Por qué? —preguntó Drago.

—Podrían pasar meses —dije.

Neo no apartó la mirada. —¿Y qué?

—No podemos tenerla encerrada aquí meses y meses, dejándola salir solo para ir a clase —dije—. Eso es rollo «Flores en el ático».

Neo me miró sin comprender. —¿Qué coño es «Flores en el ático»?

Lo miré incrédulo. —¿El libro? ¿El de los hermanos que los encierran en un ático y acaban follando y teniendo hijos?

—¿Qué mierda es esa? —preguntó Neo.

—Es un clásico —dijo Drago—. Antiguo. A todas las tías les mola por alguna razón.

—No te hagas el sorprendido con lo del sexo entre hermanos —le dije a Neo—. Ni con lo de los bebés.

Todos habíamos estado jugando a la ruleta rusa con los anticonceptivos, Willa incluida, y tenía la sensación de que a Neo no le disgustaría precisamente que Willa se quedara embarazada.

Frunció el ceño. —Willa y yo no somos hermanos.

—No veo otra opción que mantener a Willa aquí —dijo Drago, volviendo al tema—. Ya cedimos con lo de la universidad. Cualquier otro sitio es un riesgo.

—A no ser que consigamos ayuda —dije.

Neo entrecerró los ojos. —¿Qué tipo de ayuda? Ya tenemos a Rafe y a sus hombres.

No me sorprendió la desconfianza en su voz. Neo no hacía muchas cosas, y pedir ayuda era una de ellas. Pedir ayuda significaba deberle un favor a alguien, y a Neo no le gustaba deber favores.

Le gustaba que fuera al revés.

—Los Blades y los Phantoms controlan Blackwell Falls —dije—. Si corren la voz de que estamos bajo su protección, Willa estaría a salvo en el pueblo, al menos.

—Me estás vacilando —dijo Neo.

Entendía por qué la idea era difícil de tragar. Normalmente éramos nosotros los que ofrecíamos protección. Pedírsela a otro era como entregarles los huevos en un bolso de marca.

—No es la peor idea —dijo Drago—. A ver, ¿que me hace gracia darles a los Blades y los Phantoms poder sobre nosotros? Ni de coña. Pero la felicidad de Willa es más importante que nuestros egos, y Rock tiene razón: no podemos tenerla encerrada aquí meses y meses.

—Y no tendrían poder sobre nosotros si les perdonáramos las deudas —añadí.

Neo se terminó el batido y se giró para enjuagar el vaso. —Ahora sí que sé que vas colocado. Eso son casi quinientos mil pavos.

—¿Estás diciendo que la felicidad de Willa no vale quinientos mil pavos? —Le estaba tocando las narices, pero a veces así era como se conseguían las cosas con Neo. El único problema era que su psique era como una enorme sala de control llena de botones sin etiquetar.

Nunca sabías qué iba a pasar cuando empezabas a pulsarlos.

Se giró hacia mí con expresión tensa. —¿Me estás diciendo que quieres que te rompa esa carita bonita?

Me encogí de hombros. —Si es lo que hace falta. Solo digo que no basta con mantener a Willa viva. También queremos que sea feliz, ¿no? Si cancelamos los préstamos a cambio de protección de los Blades y los Phantoms, Willa al menos podrá ir al pueblo a tomar un café o a comer algo.

—Si crees que voy a jugármela con la seguridad de Willa fiándome de los Blades y los Phantoms, estás loco de cojones —dijo Neo.

—No tendríamos que fiarnos solo de eso —dije.

—Tenemos a los hombres de Rafe —señaló Drago—. Podemos exigir que Willa lleve escolta en cualquier salida al pueblo. Entre eso y la protección de los Blades y los Phantoms, estará más segura en Blackwell Falls que en ningún otro sitio.

Esperé, dejando que el silencio se asentara mientras Neo le daba vueltas a la idea. Insistiría si hacía falta, forzaría una votación, y con Drago de mi lado, me saldría con la mía de todos modos, pero siempre era mejor dejar que Neo creyera que cedía por voluntad propia.

Tenía una expresión asesina, los brazos cruzados sobre el pecho. —No me gusta.

—A ninguno nos gusta —dijo Drago—. Pero estoy con Rock. No basta con que Willa siga viva, también hay que hacerla feliz mientras resolvemos este lío.

—Y hay otras ventajas —dije—. Podrías volver a las noches de pelea.

Un destello de interés le cruzó el rostro. Tener a Neo meses sin moler a alguien a golpes era como encerrar a un león salvaje e intentar alimentarlo con pienso para gatos.

Puede que lo mantuviera vivo, pero tarde o temprano perdería el control y se los comería a todos.

—Lo pensaré —dijo, y salió de la cocina con paso firme.

—Creo que está dentro —le dije a Drago—. Menos mal, porque San Valentín está a la vuelta de la esquina y se me están agotando las ideas románticas que hacer en casa.

Drago negó con la cabeza, incrédulo. —¿En serio has hecho todo esto solo para poder preparar algo para San Valentín?

Intenté poner cara de inocente. —¿Qué? No.

San Valentín no era la única razón, pero ahora que sabía que Willa me quería, pensaba hacerlo muy especial.