Capítulo 35
Willa
E staba decidiendo si bajar a la cocina a por algo de comer cuando llamaron a la puerta de mi habitación.
—Adelante —dije.
La puerta se abrió y Rock entró cargando una bandeja llena de platos tapados y un jarrón con un solo girasol enorme.
—Pensé que tendrías hambre —dijo, y cerró la puerta de una patada.
—Por favor, no me digas que has hecho todo eso tú solo con una mano —dije mientras le miraba el brazo roto, todavía escayolado.
—No pensaba decírtelo —dijo, y dejó la bandeja con cuidado sobre la cama con la mano buena.
—No tienes por qué hacer todo esto, ¿sabes? —dije.
—Eso ya lo sabes, gatita. No hago nada porque tenga que hacerlo.
Que no me sorprendiera ver una pila de libros en la bandeja decía mucho de cuánto había cambiado mi vida en los últimos meses. La primera vez que Rock me trajo comida y libros me quedé de piedra.
Ni siquiera sabía que los Kings conocían mi afición por la lectura.
Pero en los últimos meses me habían sorprendido más de una vez con cosas de mi lista de deseos, y a juzgar por los títulos apilados en la bandeja, esta era una de esas ocasiones.
—¿Tienes un armario secreto lleno de mis cosas favoritas para momentos así? —pregunté.
—Me temo que no —pareció pensárselo—. Aunque no es mala idea.
—Entonces, ¿cómo sabías que hoy estaría en cama? —pregunté.
Puso cara de indignación.
—Nena, ¿en serio? ¿Crees que no sabemos cuándo te va a venir la regla?
Cerré los ojos y negué con la cabeza, sin saber si sentirme avergonzada, mortificada o impresionada.
—Vaya, eso es... ¿bonito? ¿Inquietante?
—Llámalo como quieras, solo queremos asegurarnos de que estés bien atendida —dijo mientras se sentaba con cuidado en el borde de la cama para que no se volcara la bandeja.
Levanté una de las tapas y me llegó una vaharada de vapor con el delicioso aroma salado del pollo y el caldo.
—Te he traído un poco de esa sopa de pollo que te gusta —dijo—. Con curry. Y hay panecillos caseros con mantequilla. Y asegúrate de beberte el té. Dicen que el jengibre va bien para los dolores.
Vi dos cápsulas pequeñas en la bandeja y cogí una para leer la letra diminuta.
—¿Me has traído Midol?
Puso los ojos en blanco como diciendo que era boba por sorprenderme.
—Cómete la comida, bébete el té y tómate el Midol. Luego duerme un poco, y seguro que te encuentras mucho mejor.
Me recosté con cuidado en las almohadas del cabecero, preguntándome en qué clase de paraíso había ido a parar y cómo era posible que tener la regla empezara a parecerme casi agradable.
—Eres el mejor —dije.
—Me gusta cuidarte —sus ojos azules rebosaban sinceridad.
Le cogí la mano.
—Yo también quiero asegurarme de que estés bien cuidado.
Me dedicó una sonrisa pícara.
—Contigo estoy más que bien cuidado, gatita.
Puse los ojos en blanco.
—Sabes a qué me refiero.
—Tenerte aquí es todo lo que necesito —dijo, y me colocó un mechón suelto detrás de la oreja—. No me di cuenta de lo muerta que estaba esta casa hasta que viniste a vivir aquí.
—¿Qué quieres decir?
—Había gente aquí y de todo, mucho ruido y fiestas. Pero cuando lo pienso ahora, todo me parece una gran distracción.
—¿Distracción? ¿De qué? —pregunté.
—De que tú no estabas aquí —dijo—. Esto no era un hogar hasta que cruzaste esa puerta.
Eran palabras tan sencillas, pero con tanto significado, que tuve que tragar el nudo que se me había formado en la garganta.
—Yo siento lo mismo —admití—. Quiero decir, obviamente no sobre la casa, sino sobre mi vida.
Estaba tan ocupada viajando y conociendo gente.
Desde fuera, mi vida probablemente parecía muy emocionante, pero cuando lo pienso ahora, creo que yo también intentaba distraerme.
No solo de la desaparición de Emma, sino de que me faltaba algo importante.
Sonrió.
—¿Estás diciendo que ese algo importante era yo?
Me reí.
—Tú, Oscar, Neo. Todos vosotros —negué con la cabeza—. Simplemente no me lo esperaba.
—Para mí no fue ninguna sorpresa. Llevo enamorado de ti la mitad de mi vida.
Parpadeé sorprendida. Yo también estaba enamorada de él —enamorada de todos ellos—, pero todavía no había averiguado cuál era el protocolo para decírselo. ¿Debería decírselo por separado o a todos juntos? ¿Existía algún consultorio sentimental para este tipo de cosas?
Tomé nota mental de buscarlo en internet.
—¿En serio? —pregunté.
—Me sorprende que te sorprenda —dijo—. Pensaba que era bastante obvio.
Le acaricié el rostro y él se inclinó para besarme. Cuando se apartó, me acarició la mejilla con el pulgar.
Le miré a los ojos, azules como el mar, y decidí lanzarme.
—Yo también te quiero —respiré hondo. No quería engañarle—. ¿Es raro decir que estoy enamorada de todos vosotros?
—Joder, no —dijo—. Tienes derecho a sentir lo que sientas, y espero que nunca dejes que nadie te diga lo contrario.
—Todavía no les he dicho a Oscar y Neo lo que siento.
Sonrió. —¿Me estás diciendo que soy la primera persona en escuchar un «te quiero» de esos labios tan preciosos?
Asentí. —Supongo que no tengo muy claro cómo funciona todo esto.
—Se hace como tú quieras —dijo Rock—. Aunque no te voy a dorar la píldora. Estoy contentísimo de ser el primero, joder.
Me reí. —No vayas presumiendo por ahí. No quiero hacer sentir mal a nadie.
—Seré una tumba —se inclinó para darme otro beso rápido—. Ahora come y descansa un poco.
Se levantó para irse, y aunque yo tenía calambres y estaba con la regla, era imposible no reconocer la absoluta perfección de su rostro bronceado y ese cuerpo perfecto enfundado en vaqueros y camiseta.
—Cambiando de tema —dije—, ¿cuánto crees que tardarán las otras casas en encontrar a los implicados en la desaparición de las chicas?
Se lo pensó. —¿Si trabajan rápido? Un par de semanas. Pero también podrían ser meses. Lo que les pedimos es peligroso y difícil, sobre todo porque la mayoría de sus padres viven en otras ciudades. ¿Por qué lo preguntas?
Suspiré, pensando en Mara, en lo complicado que iba a ser organizarme sin poder salir de la casa de los Kings. —Sé que volver a clase fue un gran paso, pero que no te ofenda, me volveré loca si el único sitio al que puedo ir durante meses es el instituto.
—Sé que es una mierda —dijo—, pero es por tu seguridad.
Tampoco es que pudiera discutírselo después de lo que había pasado cuando salimos de la isla.
—Lo sé —dije, notando el desánimo en mi propia voz—. Te lo agradezco. Es solo que es difícil.
—Lo siento, gatita —me dedicó otra sonrisa—. Si te sirve de consuelo, estamos empeñados en que te lo pases genial aquí en casa.
Volví a reírme. Era imposible estar deprimida en presencia de Rock. —Ya sé de qué va tu diversión . Ahora vete y déjame disfrutar de mis libros y mi comida.
—Tú mandas, gatita —dijo—. Al menos por hoy.
La insinuación estaba clara, y de repente me encontré contando los días que me quedaban de regla.
Porque aunque no me entusiasmaba que me mangonearan a diario, cuando se trataba de recibir órdenes de los Kings en la cama...
Estaba totalmente entregada, joder.