Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Willa

U na semana después del anuncio del cuarto juego en la cantera, me desperté con esos calambres en el estómago que lo dicen todo.

Normalmente habría maldecido a quien fuera responsable por la injusticia inherente de tener la regla.

Esta vez estaba realmente aliviada. Los Kings y yo habíamos estado jugando con fuego con los anticonceptivos, no solo desde el intento de asesinato de Roberto, cuando podría haber sido un descuido comprensible, sino desde antes, en la isla.

A veces los usábamos, pero otras estábamos demasiado calientes para preocuparnos por eso.

Una parte de mí me reprochaba ser tan irresponsable, pero otra parte, una que no quería admitir que existía, se preguntaba si estaba jugando con fuego a propósito.

Si los Kings también lo estaban haciendo a propósito.

Si me quedaba embarazada, no tendría sentido irme.

Pero yo quería irme.

¿O no?

Tumbada en la cama, con los retortijones, intenté evocar la versión de mí misma que había llegado a Aventine decidida a averiguar qué le había pasado a Emma y salir pitando de allí.

Pero esa versión de mí misma me parecía una extraña.

Era tan ingenua, no solo sobre el mal que acechaba en su propia familia, sino también sobre sus propios deseos, y no me refiero solo a los sexuales, aunque estaba más que dispuesta a admitir que no tenía ni idea de cuánto iba a disfrutar que los Kings me follaran hasta perder la cabeza.

En aquel entonces, pensaba que mi mayor deseo era averiguar qué le había pasado a Emma y seguir adelante, quizá retomar mis viajes.

Ahora irme era lo último que quería. No podía imaginarme pasar un día sin algún comentario mordaz de Neo acompañado de su mirada ardiente, las manos de Oscar en mi cara mientras me miraba a los ojos, la sonrisa de Rock que iluminaba mi mundo.

¿Estaba jugándomela con los anticonceptivos para tener una excusa para quedarme?

¿Ellos siquiera querían que me quedara?

Recordé la primera vez que me acosté con Neo después del salto del acantilado, cómo me había preguntado si quería que usara condón, su mirada cuando prometió que siempre cuidaría de mí.

Solo que yo no era de esas chicas que llevaban soñando con una boda de cuento desde los cinco años, con un príncipe azul que las protegiera y mantuviera mientras ellas horneaban galletas rodeadas de críos. Nunca había necesitado que nadie cuidara de mí.

Entonces, ¿por qué la idea de quedarme con los Kings, que insistirían en cuidar de mí de mil formas distintas, de repente me resultaba atractiva?

Suspiré mirando el dormitorio vacío. Era demasiado para primera hora de la mañana y, desde luego, demasiado para el primer día de la regla, que siempre era el peor.

Fui al baño a lo que tenía que ir y volví a meterme en la cama. Solo quería seguir durmiendo.

Les escribí a los Kings en el chat grupal para avisarles de que iba a seguir durmiendo, y me quedé frita como si fuera medianoche en vez de primera hora de la mañana.

Me despertó el móvil con una videollamada. No tenía ni idea de cuánto había dormido, pero era raro que alguien llamara en vez de escribir, así que cogí el móvil y miré la pantalla.

Mara.

Uf. No era que no quisiera hablar con Mara. Seguía siendo mi mejor amiga y sabía por nuestros mensajes que lo seguía pasando mal en Columbia.

Pero hablar con ella se había convertido en un ejercicio de equilibrismo. No le había contado lo del intento de Roberto de matarnos cuando salimos de la isla, y eso significaba que tampoco podía contarle lo del tiempo que habíamos pasado en casa de Daisy.

Y si no podía contarle nada de eso, tampoco podía contarle lo del cuarto juego.

No quería preocuparla, y era imposible que no se preocupara si le contaba la verdad porque no era ninguna idiota.

Pertenecía a la familia criminal Alinari por parte de sus padres y entendería el peligro en el que estábamos, más aún ahora que andábamos tras los hombres de las otras casas que colaboraban con Roberto.

Aun así, no llamaba tan a menudo como para que pudiera justificar no cogerle el teléfono. Eso también la preocuparía, y ahora mismo, mi mayor objetivo, aparte de mantenerla al margen de mi lío, era que no se preocupara.

Contesté la llamada y esperé a que apareciera la cara de Mara.

—¡Hola! —dije.

—¡Hola! —su voz sonaba forzadamente alegre y tenía peor aspecto del que yo me sentía: el pelo rizado hecho un desastre, ojeras oscuras bajo los ojos marrones.

—Cuánto tiempo sin vernos —dije. Me había refugiado en los mensajes para evitar hablar cara a cara. Mara me conocía demasiado bien y no estaba nada convencida de poder asegurarle que todo iba bien.

—¿Verdad? Por eso decidí llamar —dijo.

—Me alegro de que lo hayas hecho —dije—. Qué bien verte la cara. Te echo de menos.

—Yo también te echo de menos, y pensé que si llamaba no podrías seguir dándome largas.

Me incorporé y me apoyé en el cabecero. —¿De qué hablas?

Parecía ofendida. —¿En serio? Te conozco de toda la vida. Me has estado mandando mensajes vacíos porque hay algo que no quieres contarme.

Sopesé mis opciones y enseguida llegué a la conclusión de que todas eran una mierda. Seguía sin querer contarle la verdad a Mara, pero tampoco podía seguir mintiéndole. A estas alturas, sería manipularla, y no estaba dispuesta a eso.

—Es que están pasando muchas cosas aquí —dije—. Y de verdad que no puedo decir más.

—¿Tiene que ver con Emma? —preguntó—. ¿Has descubierto algo?

—Se podría decir que sí. Pero no lo suficiente para saber qué pasó realmente.

Estaba siendo vaga, pero no había otra forma. No si quería proteger a Mara.

Puso los ojos en blanco, claramente frustrada. —Lo que tú digas.

—¿Y eso qué significa?

—Es que desde que te fuiste a Aventine es como si ya no fuéramos mejores amigas —dijo—. Cumples con las formas y todo eso, pero es obvio que no confías en mí.

—No tiene nada que ver con la confianza —dije—. Esto es un asunto muy jodido. Han desaparecido chicas. —Tuve que obligarme a decir lo siguiente—. Han muerto chicas.

Abrió los ojos de par en par. —¿Has descubierto... has descubierto algo más sobre lo que le pasó a Emma?

—No, pero vamos, Mara. Todas sabemos que probablemente esté muerta. Han pasado dos años. A estas alturas, estamos buscando a su asesino, y probablemente también al de todas esas otras chicas.

Me alivió que no intentara rebatirlo. Probablemente había llegado a la misma conclusión mucho antes que yo.

—Lo siento —dijo—. Ojalá estuviera ahí para darte un abrazo.

—Yo también. —Lo dije aunque no lo sentía de verdad. Hasta que averiguáramos quién estaba detrás de la desaparición de las chicas, no quería que Mara se acercara a Blackwell Falls—. Hablemos de otra cosa. ¿Cómo estás? ¿Qué tal la vuelta a la universidad?

Sabía por nuestros mensajes que había pasado unas vacaciones insoportables con toda la familia en Florida. Parecía hundida en los mensajes, y ahora se la veía igual de hundida.

De hecho, Mara parecía hundida prácticamente desde el primer día de clases en Columbia. En cualquier otra situación, habría cogido un tren hace meses para ir a verla.

Una prueba más de que había sido una pésima amiga.

Se encogió de hombros y bajó la mirada, un gesto que le conocía bien: lo hacía cuando toqueteaba algo nerviosamente, fingiendo naturalidad para evitar un tema difícil. —Ya sabes, es la universidad. Va bien.

—¿Ahora quién me está vacilando? —pregunté.

—Bueno, no me encanta. Ya lo dije. Pero necesito aguantar este año y luego quizás plantearme cambiar de universidad.

—Si no eres feliz, deberías cambiarte —dije—. ¿A qué universidad estás pensando ir?

Los cólicos se me habían intensificado desde que me desperté de la siesta y me moría por tomarme una aspirina, pero la llamada con Mara era demasiado importante para posponerla, y me daba miedo empezar a moverme por si ella lo usaba como distracción para evitar un tema del que claramente no quería hablar.

—Bueno, dejaste bastante claro que no quieres que vaya a Aventine, así que no estoy segura —dijo.

Suspiré. —Creía que eso ya había quedado claro. Nunca dije que no te quiera aquí. Solo dije que las cosas están raras ahora mismo. No es seguro para nadie.

—Tú estás ahí —señaló.

—Porque tengo que estar —dije—. Por Emma.

—Te toca vacilarme a ti otra vez, supongo —dijo Mara. Sus palabras tenían un filo inusual. Mara y yo casi nunca discutíamos, pero podía sentir su resentimiento a través del teléfono—. Creo que las dos sabemos que te has adaptado perfectamente. Admítelo y deja de escudarte en Emma.

Me sentí pillada, y con razón. —Me he acostumbrado a estar aquí, es verdad. No me lo esperaba y a veces todavía me cuesta creerlo, pero he empezado a sentirme como en casa.

—¿Por los Kings? —preguntó.

Hace unos meses no habría podido mencionar a los Kings sin soltar alguna broma sexual, pero todo el tono juguetón había desaparecido de nuestra amistad.

—Tienen mucho que ver —dije, queriendo ser honesta con ella sobre algo, al menos.

—¿Así que ahora estáis juntos? —preguntó.

—Más o menos —dije.

—¿Con uno de ellos o con todos?

Me tapé los ojos con una mano. Me daba una vergüenza extraña admitir mi relación con los tres Kings.

Quizás era porque había jurado que nunca me acostaría con Neo. Quizás era porque todavía me resultaba raro admitir que tenía una relación sexual con tres amigos a la vez.

Fuera como fuese, apenas podía pronunciar la siguiente frase.

—Con todos —dije.

—¿Con todos a la vez? —preguntó—. ¿O con todos por separado?

Espié entre los dedos. —¿Las dos cosas?

Por fin una sonrisa asomó en su expresión sombría. —Serás guarrilla.

—Culpable —dije, aliviada de volver a terreno más seguro.

—Guau —dijo—. ¿Y cómo funciona eso? ¿Se turnan? ¿Siempre estáis todos juntos? ¿Alguno se pone celoso?

Me reí. —Son muchas preguntas. No sé... simplemente funciona. A veces estamos todos juntos y otras solo estoy con uno o dos. Creo que a veces se ponen un poco celosos, pero aun así funciona.

—Tía, estoy tan celosa que me estoy poniendo verde —dijo Mara.

—Nada te impide encontrar tu propio club de fans —dije.

—Uf —dijo—. Los tíos de aquí son un asco. Y sé que crees que no debería ir de visita, pero de verdad me vendría bien. No bromeaba cuando dije que te echo de menos.

Lo vi en su cara y me sentí como la peor amiga del mundo por lo que estaba a punto de decir. —Hablaba en serio cuando dije que yo también te echo de menos. Pero básicamente ni siquiera me dejan salir de casa excepto para ir a clase. Demasiado peligroso, al parecer.

Era deprimente solo decirlo en voz alta. No tenía ni idea de cuánto tardarían las otras casas en identificar a los psicópatas que habían ayudado a Roberto. Una cosa había sido que me dijeran que tenía que quedarme en casa de los Kings después de la semana que habíamos pasado en casa de Daisy.

En aquel momento había sido como que me recluyeran en un hotel de cinco estrellas comparado con la vieja casa llena de corrientes de aire en lo alto de las cataratas.

Pero habíamos vuelto hacía casi tres semanas.

Era casi febrero, los días se hacían interminables y oscuros, con el sol poniéndose aún temprano.

La idea de estar atrapada en casa durante semanas o incluso meses me daba ganas de gritar, aunque, objetivamente, tenía a los tres compañeros de piso más atractivos del mundo.

—No tendríamos que ir a ninguna parte —dijo Mara—. Solo quiero verte, pasar un rato juntas.

Sabía que los Kings no lo aceptarían, y ni siquiera estaba segura de tener energía para atender a Mara. Había pasado tanto desde la última vez que la vi, en la boda de mi madre y Roberto, que parecía imposible cerrar esa brecha en medio de lo que parecía una lucha por mi vida.

—Yo también quiero eso, te lo prometo —dije—. Pero ahora mismo no es buena idea. Está pasando demasiado y hay demasiadas cosas en el aire. ¿Quizás podríamos hablar más a menudo? ¿Quedar para una videollamada fija los domingos o algo así?

—Claro. —Intentaba parecer animada, pero se le notaba la decepción en la cara—. Los domingos me parece bien.

—¡Genial! —Ahora era yo la que se forzaba a parecer alegre, una fachada patética para la culpa que se extendía por mi cuerpo como una mancha de tinta—. Podemos tomar café juntas o algo.

—Vale. —Su mirada se desvió hacia arriba durante unos segundos, como si alguien hubiera entrado en la habitación, antes de volver a la pantalla—. Tengo que irme, pero nos vemos el domingo. Te quiero.

Empecé a decirle que yo también la quería, pero la pantalla se oscureció antes de que terminara la frase.

Me quedé mirando el teléfono. Mierda. Iba a tener que arreglar muchas cosas cuando terminara en Aventine. Con Mara y con el resto de mi vida, que empezaba a parecerme un enorme signo de interrogación.