Capítulo 31
Willa
S eguí todas las reglas en nuestro primer día de vuelta a clase. Que hubiéramos llegado a un acuerdo de forma tan inusual no cambiaba nada. Sabía que los Kings encontrarían la manera de mantenerme en casa si no cumplía mi parte.
Además, había cosas peores que tener a mis chicos escoltándome por el campus.
Un momento. ¿Qué coño?
¿Cuándo había empezado a pensar en ellos como míos?
Problemático, pero ya me preocuparía de eso en otro momento.
La clase con el profesor Ryan fue tan extraña como siempre, y evité mirarle a los ojos aunque ya tenía la cara recuperada de la paliza que le habían dado los Kings.
Tuve que negociar con dos de mis profesores para recuperar los exámenes finales que no había podido hacer por nuestra huida precipitada a la isla, pero por suerte se mostraron comprensivos con mi emergencia familiar .
Pensé que todo el mundo estaría hablando del salto del acantilado, pero entonces recordé que habían tenido otra semana de clases mientras los Kings y yo estábamos en la isla.
Todos habían pasado a hablar de sus vacaciones y pillé conversaciones sobre italiana y Aspen, agradecida de haber pasado ese tiempo a solas con los Kings.
Nuestro tiempo en la isla había acabado de forma horrible, pero las dos semanas anteriores habían sido perfectas y no las cambiaría por todas las vacaciones de lujo del mundo.
Para cuando Oscar vino a buscarme para comer, ya había vuelto a mi vieja rutina. Rodeada de deberes, cotilleos sobre ligues y clases, era casi como si el último mes no hubiera existido.
Salí de clase de inglés y lo encontré apoyado contra la pared de ladrillo en una pose sexy, con la cámara en alto.
Oí el clic del obturador mientras me hacía una foto.
—Tienes que dejar de hacer eso —dije. Llevaba haciéndome fotos sin parar desde que recuperó su Canon en la casa—. Empiezo a sentirme como si tuviera un problema de paparazis.
—Estoy recuperando el tiempo perdido. Perdí una semana entera sin hacerte fotos mientras estábamos en casa de Daisy.
Bajó la cámara y su rebelde mechón de pelo oscuro le cayó sobre la frente.
Le cogí del brazo y él se inclinó para besarme. Seguramente iba a ser un beso rápido, pero entonces su lengua se encontró con la mía y cuando quise darme cuenta estaba contra la pared de ladrillo, respirando agitadamente mientras la erección de Oscar me presionaba el estómago a través de la ropa.
Su piercing en la lengua me volvía loca y tardé exactamente 3,5 segundos en plantearme meterle la mano en los pantalones para agarrarle la polla aunque estuviéramos en público.
Entonces se apartó y me miró desde arriba con una sonrisa, como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—¿Lista para comer, tigresa?
Estaba claro que no se refería a la comida.
—Dije que te dejaría acompañarme a clase —repliqué—. No acepté indirectas sexuales.
Se inclinó para susurrarme al oído y me llegó una bocanada embriagadora a cuero, café solo, colonia cara.
—Considéralo un extra.
Salimos del edificio y seguimos por uno de los caminos que conectaban los edificios de aulas con el de Administración. Hacía frío, el cielo despejado sobre nuestras cabezas, y hundí la barbilla en el cuello de la chaqueta mientras cruzábamos el campus a paso rápido.
Oscar iba alerta, la rigidez de sus hombros delataba su cautela. Seguía sin creer que Roberto fuera a actuar en el campus, pero tenía que admitir que me sentía mejor con los Kings en guardia.
Suspiré aliviada al entrar en el edificio de Administración; el aire cálido fue una caricia bienvenida en mi piel helada. Los pasillos estaban abarrotados de estudiantes que iban y venían de la cafetería, con las cabezas juntas charlando o riendo.
Me relajé un poco, contenta una vez más de que los Kings hubieran aceptado dejarme volver a clase. Después de semanas de caos, necesitaba una buena dosis de normalidad.
Nos acercábamos a las puertas de la lujosa cafetería cuando vi a la decana interina García en la entrada, saludando a los estudiantes según iban pasando.
Solo la había visto una vez, justo después de que la decana Giordana muriera en el incendio de la cabaña.
Pero ya entonces me había dado una sensación extraña, y ahora sentía lo mismo cuando su mirada se cruzó con la mía, como si reconociera a una amiga entre la multitud.
Reconocimiento.
Pero eso no tenía sentido. Era solo una administradora, alguien a quien la junta directiva de Aventine había contratado para dirigir la escuela hasta que encontraran un sustituto permanente para la decana Giordana.
Aun así, se me revolvió el estómago de los nervios mientras me acercaba a ella, con su figura esbelta elegantemente vestida con un traje de chaqueta y falda que dejaba ver unas piernas sorprendentemente bonitas para su edad.
—Willa —dijo con una cálida sonrisa—, qué alegría verte. ¿Qué tal las vacaciones?
—Eh, bien, gracias. ¿Y las suyas?
—Tranquilas, por suerte.
Seguía pareciéndome raro que supiera mi nombre de pila, pero entonces se volvió hacia Oscar y también lo llamó por el suyo, así que quizá solo eran paranoias mías.
—¿Y tú, Oscar? ¿Qué tal las vacaciones?
—Desde luego —dijo, tirando de mí para pasar de largo hacia la cafetería—. Que tenga un buen día.
—Oye —le dije cuando ya no podía oírnos—, qué maleducado.
—Me da mal rollo —dijo.
La cafetería era un hervidero de ruido y conversaciones; las paredes con paneles de madera oscura y las mesas y sillas de alta gama no podían con un montón de veinteañeros hormonados recién reunidos tras semanas con sus padres y hermanos.
Hicimos cola y cogí mi ensalada Cobb favorita mientras Oscar pedía una hamburguesa con patatas fritas, y luego nos dirigimos a mi mesa de siempre con Claire, Erin, Quinn y un puñado de chicas que eran majas pero no llegaban a amigas.
Esperaba que Oscar se separara para unirse a Rock y Neo en su mesa de siempre, con el surtido habitual de groupies que siempre andaban colgadas de los Kings, pero cuando miré, su mesa estaba vacía.
No me dio tiempo a preguntar por qué, porque un segundo después Oscar miró por encima de Claire, Erin y Quinn hacia las otras chicas de nuestra mesa.
—Ya os podéis ir largando —les dijo.
Lo miré boquiabierta. —Vaya, qué maleducado estás hoy. No puedes ordenarles que se vayan sin más.
—Puedo. Y lo he hecho —dijo, volviendo a mirar a las chicas—. Nada personal.
—Lo siento —les dije a las chicas mientras recogían sus cosas y se levantaban para irse. Por el tono de Oscar ya estaba claro que no era una petición, y ni en el mejor de los días nadie se atrevía a desafiar a los King.
Él ocupó uno de los asientos libres y yo me senté en mi sitio de siempre junto a Claire, que miraba a Oscar con los ojos como platos.
—Quiero decir, siempre eres bienvenido en nuestra mesa, pero ¿a qué se debe la visita? —preguntó Claire.
—La ocasión es que ahora nos sentamos aquí —respondió Neo, que daba un miedo de cojones mientras se dejaba caer en la silla vacía junto a Oscar.
Me alegré de que las chicas se hubieran marchado a tiempo. Mejor vérselas con Oscar que con Neo, que parecía más que dispuesto a plantarle cara a cualquiera que se atreviera siquiera a mirarlo mal.
Rock llegó después, acercándose tan tranquilo como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo a pesar del brazo roto, todo bronceado, rubio y guapísimo, con una dentadura de un blanco cegador.
—Hola, señoritas —dijo, sentándose junto a Neo—. No os importa, ¿verdad?
—¿Importaría si nos importara? —preguntó Quinn, arqueando las cejas oscuras con gesto divertido. Llevaba los rizos recogidos de la frente con uno de sus pañuelos de colores, el maquillaje impecable como siempre, realzando sus facciones perfectas y sus preciosos ojos marrones.
—No, pero intento ser educado —dijo Rock.
Suspiré y me volví hacia Quinn y Erin. —Hola. ¿Qué tal las vacaciones?
—Fueron divertidas —dijo Erin. El pelo corto le había crecido un poco desde la última vez que la vi, y enmarcaba sus rasgos de duendecillo con un aire adorablemente despeinado—. Fuimos a esquiar a Park City.
—Qué bien suena eso —dije.
—Yo estuve en las Bermudas hasta hace dos días —dijo Quinn.
—Qué suerte tienes, cabrona —dijo Claire.
Me reí. —Y que lo digas.
Lo único mejor que estar en una isla aislada y azotada por el viento con los King sería estar con ellos en una playa tropical, con agua templada y cócteles con sombrillita.
—Solo estás de mal humor porque Liam está trabajando en St. Andrew's —dijo Quinn.
—¿Tú no estarías de mal humor si tu hermano estuviera trabajando en el club de sexo del pueblo? —preguntó Claire.
—Yo me pegaría un tiro —dijo Quinn.
—Es que no entiendo por qué lo trasladarían de Boston a Blackwell Falls —dijo Erin—. ¿Eso no es, como, una especie de degradación?
Tanto Erin como Claire venían de familias de la mafia irlandesa. Habían crecido juntas, lo que probablemente explicaba que se pelearan como hermanas casi todo el rato.
Claire puso los ojos en blanco. —No es una degradación. Solo lo están rotando por las propiedades de RAA. Lo hacen con todo el mundo. Ya lo sabes.
Tardé un momento en procesar lo que había dicho. Luego me pregunté si lo habría imaginado.
—¿Qué acabas de decir? —pregunté.
Ella desestimó mi pregunta con un gesto de la mano. —Es lo que hacen en nuestra familia cuando están preparando soldados para puestos de mando. Los rotan por todas las propiedades principales para que conozcan las operaciones del negocio a alto nivel.
—Has dicho RAA —le recordé.
—Eso es porque todas nuestras propiedades se canalizan a través de empresas fantasma —dijo—. Venga, Willa. Ya lo sabes. Todas las familias lo hacen.
Sentí como si el tiempo se hubiera detenido. El ruido de la cafetería se alejó mientras la realidad de lo que estaba diciendo se abría paso entre la conmoción que resonaba en mi cabeza.
—¿Estás diciendo que RAA es una de las sociedades instrumentales de la familia irlandesa? —pregunté.
—Es la que posee la mayoría de nuestras propiedades —dijo—. Hay otras para finanzas y eso. ¿De verdad te sorprende?
Había pasado incontables horas examinando las carpetas del estudio del decano Giordana. Los nombres junto a las cabañas de los alrededores de Aventine —cabañas como la que poseía Roberto Alinari— estaban grabados en mi memoria.
Genarro.
Neon Corp.
Global LTD.
RAA.
Dejé el tenedor y miré a Neo, que debía de tener un sexto sentido para los momentos importantes, porque ya me estaba mirando.
Intenté que no me temblara la voz. —Necesito hablar contigo a solas.