Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Oscar

V olábamos por el sendero cubierto de nieve, los faros de nuestras motos de nieve abriendo camino en la oscuridad. Delante y detrás de nosotros se oía el zumbido de los motores mientras las otras casas se dirigían hacia la cantera.

La presión de los brazos de Willa alrededor de mi cintura, sus muslos apretados contra los míos a mi espalda, despertaba esa posesividad que normalmente intentaba ignorar.

Una palabra latía al ritmo del rugido de las motos de nieve.

Mía.

No era cierto. Una palabra más precisa sería nuestra .

No sonaba igual. Pero podía vivir con eso.

Más adelante, Neo redujo la velocidad y la moto de nieve que conducía aminoró el paso a medida que nos acercábamos al claro en la cima de los acantilados. Rock no había estado muy contento de ir de pasajero, pero no le había quedado otra con el brazo roto.

Reduje la velocidad y me detuve junto a la moto de Neo, satisfecho de que los tipos que habíamos enviado a preparar el lugar hubieran hecho su trabajo.

Habían despejado un claro en nuestro sitio habitual y una enorme hoguera ya ardía en el centro; las chispas ascendían hacia la oscura noche invernal.

Ya se había congregado una multitud, todos abrigados hasta las orejas, algunos bebiendo de termos mientras otros echaban tragos de sus petacas.

Nadie tenía ganas de arrastrar neveras por la nieve.

Apagué el motor de la moto y esperé a que Willa se bajara; al instante eché de menos el calor de su cuerpo contra el mío.

No me cansaba de ella. No quería dejar de hacerlo aunque iba a doler como un hijo de puta cuando se fuera.

Me bajé después de ella y me giré para quitarle el casco. Estaba adorable envuelta en ropa de nieve, con el pelo alborotado, y me quité un guante para tocarle la cara.

Tenía la piel fría contra mi palma cálida y le acaricié el labio inferior con el pulgar antes de besarla.

Se abrió para mí, su lengua enredándose con la mía, y al instante me empalmé porque eso era lo que siempre pasaba cuando Willa me tocaba, me besaba o aunque solo me mirara.

Corté el beso y la miré con una sonrisa.

—Eso nos va a meter en problemas.

—Creo que me están empezando a gustar los problemas —dijo ella.

Lo dijo en tono desenfadado, pero las palabras me asustaron de cojones. Nos habíamos propuesto recordarle a Willa quién era. Recordarle que no estaba destinada a ser un cero a la izquierda que se escondía a la sombra de Emma.

Queríamos que recordara que era fuerte. Ahora lo había hecho y no podía evitar sentir que habíamos abierto la caja de Pandora.

Quizás deberíamos haberla mandado lejos hace mucho. Quizás habría sido mejor que siguiera asustada. Ahora estaba decidida a llegar hasta el final en la búsqueda del asesino de Emma —todos sabíamos que estaba muerta, incluida Willa—.

Eso también me acojonaba.

—Venga, vosotros dos —ladró Neo mientras colgaba el casco en el manillar de su moto.

Tenía razón. Teníamos asuntos que atender.

Asuntos importantes.

Pero aunque no hubiera sido así, sabía que Neo habría estado deseando poner distancia entre ella y yo. Estaba dispuesto a compartir, pero todos sabían que en un mundo perfecto, Willa le pertenecería solo a él.

Entendía ese sentimiento, y estaba bastante seguro de que Rock también.

Durante quince años, Willa nos había pertenecido a todos, una musa compartida que habitaba en nuestros sueños.

Ahora que estaba con nosotros, de carne y hueso, no siempre era fácil compartir. En el fondo sabía que no sería lo mismo sin mis hermanos, pero joder, a veces quería tenerla solo para mí.

—Pensé que habías dicho que había otros sitios para los juegos en invierno —dijo Willa mientras avanzábamos sobre la nieve crujiente para unirnos a los demás reunidos alrededor de la hoguera.

Levanté la cámara y le hice una foto, y sonreí cuando ella puso los ojos en blanco.

Estaba guapísima con los pantalones de nieve rosas y el abrigo rosa a juego con ribete de piel en la capucha, por no hablar de las botas peludas, que me evocaban todo tipo de imágenes sexis de ella llevándolas puestas y nada más.

—Los hay —dijo Rock.

—Entonces, ¿por qué estamos aquí? —preguntó ella, observando el claro y el fuego—. Parece mucha molestia.

—Aquí es donde han tenido lugar todos los juegos más importantes —dijo Neo—. Y este es el más importante de todos.

Willa asintió, comprendiendo. Sabía tan bien como cualquiera lo importante que sería el siguiente paso.

Neo saludó a las otras casas de camino al otro lado de la hoguera. Esta vez no había música, como si las otras casas, las que habían llegado antes que nosotros, supieran que algo se cocía.

—Hasta luego, gatita —dijo Rock, y se inclinó para darle a Willa un beso rápido en los labios.

Los seguí a él y a Neo y vi cómo Willa se dirigía hacia un grupo de la casa de las Queens al otro lado del fuego.

Otra manada de motos de nieve llegó rugiendo y se detuvo junto a las aparcadas en el borde del claro. Supe incluso antes de que los conductores se quitaran los cascos que eran de la casa de los Knights.

Los rusos eran todos jodidamente enormes.

Alexa se bajó de la parte trasera de una de las motos y siguió a los hombres hasta la hoguera.

Por primera vez dudé de nuestra estrategia. Quería creer que a las otras casas les importarían las chicas desaparecidas tanto como a nosotros, pero ¿y si no era así?

¿Y si veían a Emma Russo —hija de la familia italiana, de un traidor nada menos— como un asunto que no iba con ellos? ¿Y si veían a las otras chicas de Bellepoint como prescindibles?

Sería deprimente de cojones, pero además, habríamos puesto sobre aviso a las personas equivocadas de lo que habíamos descubierto.

Aparté esos pensamientos. No teníamos opción. Teníamos que intentar que las otras casas nos apoyaran si queríamos pillar a los hombres —y casi seguro que eran hombres— que habían matado a Emma y a las otras chicas de Bellepoint.

—¡Oíd, oíd! —gritó Neo.

Todos se quedaron en silencio y volvieron la vista hacia donde él se encontraba, a un lado del fuego.

—Es hora de hablar del cuarto juego, y por si el lugar de reunión no os ha dado la pista, este juego es importante —dijo.

Crucé la mirada con Willa al otro lado del claro. Era el momento. Después de esto, todos sabrían lo que habíamos descubierto.

Se convertirían en nuestros aliados o en nuestros enemigos.

Al mirar a Willa, con el rostro por fin curado tras el intento de asesinato de Roberto, sentí que mi instinto de protegerla era más fuerte que mi propio instinto de supervivencia, y no estaba seguro de que pudiéramos enfrentarnos a más enemigos.