Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 30
45%

Capítulo 30

Willa

E staba tumbada en el sofá, con la cabeza en el regazo de Oscar y los pies sobre los muslos de Rock, cuando decidí hacer mi jugada. Había pasado una semana desde la visita de Claire y llevaba días buscando el momento adecuado para sacar el tema de la universidad con los Kings.

Acabábamos de terminar un maratón de dos episodios de Amor o dinero y los Kings parecían relajarse con la red de seguridad que les proporcionaban Rafe y sus hombres.

Además, las clases empezaban la semana siguiente, así que era ahora o nunca.

—Nunca pensé que diría esto —empecé—, pero la verdad es que me hace ilusión que vuelvan a empezar las clases.

En todos mis ensayos mentales para la conversación había decidido que bien podía apuntar alto con mi frase de apertura.

Quizá me sorprendieran y aceptaran mi idea sin más.

—No sé por qué te haría ilusión —dijo Neo desde la silla frente al sofá, con voz fría—. No vas a volver. No hasta que averigüemos quién está colaborando con mi padre.

Nunca se sentaba con nosotros en el sofá; prefería observarme desde lejos, como un halcón de ojos ámbar acechando a un ratón de campo.

Solo que yo no era ningún ratón. Nunca lo había sido.

—Tu padre no va a ejecutar —y nunca mejor dicho— el golpe contra nosotros en el campus —dije—. Sería demasiado arriesgado. Las otras familias fliparían.

—Aun así, no vas a volver —dijo Neo.

Oscar me apartó el pelo de la cara con una caricia.

—Solo queremos protegerte, tigresa. Después de lo que pasó cuando salimos de la isla, y luego en el hospital, no podemos correr riesgos.

—De acuerdo —dijo Rock, masajeándome los pies como si fuera una especie de premio de consolación.

Traidor.

—En realidad, no os lo estoy pidiendo —dije—. No podéis tenerme prisionera aquí.

El rastreador que llevaba al cuello era una cosa. Había aceptado ponérmelo. Pero no había firmado para un arresto domiciliario indefinido, y no iba a dejar que Roberto me arrebatara nada más.

—En realidad, sí podemos —Neo me dedicó una sonrisa escalofriante y perversa—. Puede que hasta disfrutes como nuestra prisionera.

Joder. Tenía razón, pero ni loca se lo iba a reconocer.

Hora de sacar la artillería pesada.

Fingí estirarme, arqueando la espalda para ofrecerles una vista de primera de mis tetas sin sujetador bajo la camiseta de tirantes diminuta que llevaba encima de unos bóxers.

Cuando abrí los ojos, su lujuria era tan evidente que me sentí como si ya me hubieran follado.

Apenas respiraban cuando deslicé las manos bajo la camiseta para agarrarme las tetas.

Me pellizqué los pezones, excitada solo de saber que los Kings me estaban mirando, y entreabrí los labios, meneando un poco el culo para demostrar lo cachonda que estaba.

No era solo teatro. Me había sentido un poco cohibida ante la idea de usar mis encantos femeninos como arma de negociación, pero ahora que los ojos hambrientos de los Kings recorrían mi cuerpo, empezaba a preguntarme si no me habría metido en camisa de once varas.

La mano de Rock se deslizó por mi pantorrilla. Llegó a la rodilla antes de que se la apartara de un manotazo.

—Si yo no consigo lo que quiero, vosotros tampoco conseguís lo que queréis.

—Ay —dijo—. Vaya manotazo.

—¿De verdad crees que esto va a funcionar, tigresa? —preguntó Oscar—. No quiero ser indelicado, pero todos sabemos que eres una cosita muy cachonda.

—Oh, cachonda estoy, desde luego —dije un poco jadeante. Deslicé una mano dentro de los bóxers mientras seguía jugando con uno de los pezones—. Por suerte, puedo encargarme de eso yo solita.

—Si crees que vamos a poner en riesgo tu seguridad por este numerito que estás montando, nos subestimas —dijo Neo.

Le sostuve la mirada mientras me acariciaba entre los pliegues húmedos.

—Ajá —murmuré—. Ya veo que sois totalmente inmunes a mis encantos.

Tenía razón. Una pequeña provocación no iba a hacer que tiraran la prudencia por la borda. Tenían razón: yo estaba demasiado cachonda para que esa fuera una estrategia a largo plazo. Solo tenían que sacar sus pollas enormes y estaba perdida.

Literalmente.

Pero si íbamos a negociar, bien podía hacerlo divertido, y quién sabía si mi numerito no sería la guinda del pastel que los empujara al límite.

Aunque, a estas alturas, la guinda ya no estaba intacta.

La camiseta se me subió dejando las tetas al aire y apreté una mientras hacía círculos en el clítoris con la otra mano.

—Oh, Dios mío —gemí—. Estoy empapada.

Rock gimió desde el otro extremo del sofá y se restregó la cara.

—Joder.

—Me encantaría —dije, acariciándome el coño—. Ya me imagino cómo me follas el culo. O quizá la boca.

¿Follarlo a él? Joder, la que estaba jodida era yo.

No me esperaba que fuera tan excitante masturbarme mientras ellos miraban sin poder tocar.

—Joder —soltó Rock.

—Actúas como si fuéramos los únicos que nos estamos perdiendo algo, tigresa —dijo Oscar, mirándome—. Se te olvida que sé cuánto te encanta sentir mi polla con el piercing bien hundida en tu coñito.

Gemí mientras me metía dos dedos en el coño empapado.

—Eso me encanta —busqué la mirada de Neo y me sorprendió no arder en llamas por el calor de sus ojos—. Sobre todo cuando Neo tiene la polla en mi culo.

—Esto es ridículo —gruñó Neo. La polla se le marcaba en los vaqueros y se removió incómodo en la silla.

—Estoy de acuerdo —jadeé, mientras un orgasmo crecía en mi interior—. Roberto no va a meterse con nosotros en el campus y lo sabes.

—Estás cruzando una línea peligrosa al mencionar a mi padre mientras te tocas —dijo Neo, con expresión asesina.

—Estaría gritando tu nombre si atendieras a razones —dije.

—Tiene razón —dijo Rock—. Y no lo digo solo porque mi polla esté a punto de explotar.

—Si cedemos ahora —dijo Neo—, ¿qué le impedirá jugar a este jueguecito la próxima vez que quiera algo? ¿Algo más peligroso?

Me estimulé el clítoris con el pulgar mientras me hundía los dedos en el coño.

Un gemido ahogado se me escapó de la garganta a medida que el orgasmo crecía.

—Tienes mi palabra de que esta es la última vez que me corro para conseguir lo que quiero.

Más os vale daros prisa, porque voy a correrme, y después me voy a dar una ducha. Sola.

Oscar se recolocó la polla, visiblemente dura, dentro del pantalón de chándal. —Podemos hacer que acepte ciertas reglas. —¿Estaba sudando?—. Uno de nosotros la acompaña a cada clase, de ida y vuelta, y también a comer. No va ni al baño sin que uno de nosotros esté en la puerta.

—Buena idea —dijo Rock a toda prisa, con los ojos clavados en mi teta al aire—. Incluso podríamos apostar a uno de los hombres de Rafe en el aparcamiento por si necesitamos refuerzos rápidos.

—Mmmmm —gemí, frotándome el clítoris más rápido—. Todo esto me parece un buen compromiso. —Miré a Neo mientras el orgasmo crecía—. ¿Qué opinas?

Me sostuvo la mirada mientras yo ascendía hacia el clímax.

—¡Daos prisa! —jadeé—. Voy a correrme.

Estaba intentando contenerme. No eran los únicos que querían follar, y si me corría sin que hubieran aceptado, tendría que ducharme sola, por principios.

—Vale —dijo Neo—. Volveremos a la universidad con todas las reglas que acabamos de acordar. Y llevarás el localizador encima las veinticuatro horas.

—Joder —gemí, concentrándome en el clítoris mientras los imaginaba a todos dentro de mí—. Me corro.

Grité cuando el orgasmo me recorrió el cuerpo. Cerré los ojos y temblé, perdida en el placer que me había proporcionado a mí misma con la ayuda de su evidente lujuria.

Cuando abrí los ojos, hubo un momento de silencio. Los tres me miraban como lobos hambrientos ante un banquete.

Neo tenía una expresión tormentosa. —Vas a pagar por eso, Jezabel.

Se levantó y se quitó la ropa. Su polla gigante quedó libre de un salto.

Rock hizo lo mismo, aunque más despacio por el brazo escayolado. Oscar se quedó donde estaba, con mi cabeza en su regazo, pero yo notaba su polla dura contra mi nuca.

Neo se acercó al sofá como un puma. Se agachó, agarró mis pantalones cortos y tiró.

Se rasgaron como si fueran de papel y dejaron a la vista mi ropa interior de encaje.

Se arrodilló en el sofá y me agarró de las caderas. Le rodeé el cuello con los brazos mientras me levantaba y se sentaba, dejándome a horcajadas sobre él.

Oscar no perdió tiempo en levantarse y quitarse la ropa mientras la mirada de Neo ardía en la mía. Su polla se apretaba contra la fina tela de mis bragas y avivaba las brasas de mi deseo al presionar contra mi coño aún palpitante.

—Trae el lubricante —ordenó a nadie en particular.

Oscar salió de la habitación y volvió con una botella transparente.

Detrás del sofá, Rock se acariciaba la polla a centímetros de mi cara, dejando claras sus intenciones, mientras Neo me quitaba la camiseta de tirantes. La lanzó a algún rincón y se metió una de mis tetas en la boca.

Me abandoné al calor con un gemido justo antes de que me mordiera el pezón.

Fuerte.

—¡Ay! ¡Joder! —Le enredé las manos en el pelo espeso y tiré—. Eso dolió.

—No tanto como me dolió verte correr —dijo contra mi teta—. Te prometí que ibas a pagar.

Bajó la mano, me apartó la ropa interior a un lado y jadeé cuando su polla tocó mi coño.

—Joder, Jezabel —dijo—. Estás jodidamente mojada .

Detrás de mí, sentí la punta del piercing de Oscar contra el culo. Debía de estar de rodillas, porque cuando giré la cabeza tenía la cara tan cerca que se inclinó y me dio un beso apasionado.

Neo me agarró las nalgas y me abrió de par en par. Su polla se deslizó entre mis pliegues y la punta me rozó el clítoris.

Oscar interrumpió el beso y sentí la polla de Neo presionando contra la entrada de mi coño.

Estaban a punto de entrar en mí desde dos direcciones diferentes y yo estaba más que preparada. Entonces Rock se acercó más al respaldo del sofá, acariciándose la polla mientras me ofrecía la punta.

Cerré los labios a su alrededor con avidez justo cuando Neo se hundió en mi coño.

—Joder, sí —gruñó—. No hay nada como tu coño apretado.

Gemí con la polla de Rock en la boca mientras él suspiraba de placer.

—Ábrela más —dijo Oscar, con el aliento caliente en mi hombro.

Neo me abrió más las nalgas y se hundió más profundo en mi coño. El clítoris se me frotaba contra su base mientras la polla con piercing de Oscar se deslizaba hasta el fondo de mi culo, con la barra acariciándome las paredes a su paso.

Estaba completamente llena de ellos: Rock follándome la boca, la polla enorme de Neo enterrada en mi coño, la de Oscar llenándome el culo.

Era casi más placer del que podía soportar y otro orgasmo cobró vida dentro de mí mientras gemía con la polla de Rock en la boca.

Ya estaba a punto de correrme de nuevo, con el cuerpo a punto después del espectáculo que les había dado a los Kings, la dulce culminación de por fin tenerlos dentro de mí.

Rock siseó cuando lo llevé hasta el fondo de mi garganta. —Joder, gatita. Me encanta cómo te la tragas entera.

Me aferré a los hombros de Neo para impulsarme, rebotando más rápido sobre su polla, buscando la liberación prometida. Apenas era consciente de que Oscar me embestía por detrás, de que mañana me dolería.

En ese momento, no me importaba nada más que correrme y sentirlos correrse conmigo.

—Creo que nuestra Jezabel quiere correrse —gruñó Neo, sin dejar de mantenerme las nalgas abiertas para Oscar.

—Menos mal —dijo Oscar—, porque estoy a punto de correrme en ese culo tan rico.

Rock me folló la boca más rápido, golpeando el fondo de mi garganta mientras Neo y Oscar me llenaban por completo. Era pura dicha sentir cómo los tres se hundían hasta el fondo en mi cuerpo solo para salir y volver a embestir, y jadeé mientras el orgasmo se acumulaba en mi interior.

—¡Joder! —dije—. ¡Voy a correrme!

Neo soltó mi trasero y me agarró las tetas, se llevó una a la boca y la chupó mientras Oscar me daba un azote.

Fue la gota que colmó el vaso y me precipité al abismo del placer.

Rock gimió y se corrió en mi boca, y el sabor de su semen caliente y salado solo intensificó mi orgasmo; mi cuerpo se contrajo alrededor de las pollas de Neo y Oscar mientras ellos también se corrían.

—Joder, sí, Jezabel —gruñó Neo.

Oscar me embistió el culo con fuerza y rapidez. —Tan. Jodidamente. Bueno.

Sentí como si mi orgasmo durara una eternidad, mi cuerpo estallando como una estrella que colapsa, oleadas de placer recorriéndome hasta quedar agotada.

Rock sacó la polla de mi boca y se inclinó para besarme. —La mejor mamada de mi vida.

—Apuesto a que les dices eso a todas —dije.

Se rio y se dejó caer en el sofá junto a Neo.

Seguía a horcajadas sobre él, con su polla aún dura dentro de mí. Era una máquina, literalmente una puta máquina de follar, y no pensaba quejarme.

Oscar se sentó al otro lado y me levantó de la polla de Neo, arrastrándome sobre sus cuerpos.

Estábamos desnudos y sudorosos; Oscar me acunaba el torso, mi trasero descansaba sobre el regazo de Neo, y Rock había vuelto a su posición con mis piernas sobre sus muslos, aunque mucho más relajado que cuando empecé todo este juego.

Neo me miró con el ceño fruncido, la preocupación marcada en su frente. —No cedimos por tu numerito.

—Lo sé —dije, mirándolo con los ojos entrecerrados.

—Si pensara que no podemos protegerte, no habría nada que no hiciéramos para mantenerte a salvo, incluido encerrarte aquí —dijo.

—Lo sé.

Había algo más en sus ojos. Algo que llevaba semanas latiendo entre nosotros.

Algo que sabía que probablemente nunca diría.

Pero no importaba.

« Lo sé », pensé, mirándolo a los ojos. « Lo sé ».