Reyes y Masacre (Universidad Aventine nº 3) Capítulo 28
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Capítulo 28

Willa

L levábamos como una semana en casa cuando oí jaleo en la cocina. Dejé el libro, me levanté del sofá y le aparté la mano a Oscar de un manotazo cuando me pilló el culo.

Todos disfrutábamos del lujo de tener tanto espacio, y yo me había acostumbrado a leer en el sofá mientras los Kings jugaban a videojuegos.

—No tardes —dijo Oscar, comiéndome el culo con la mirada, que asomaba por mis shorts ajustados.

Eran totalmente inapropiados para enero, pero hacía calor en casa, seguramente porque los Kings estaban tan encantados como yo de vivir en un sitio bien aislado después de nuestra estancia en lo de Daisy.

—Sí —dijo Rock, sin apartar la vista del videojuego—, ya sabes lo que le gusta a Oscar darte azotes.

Era patético que solo de pensarlo ya me mojara.

A veces me odiaba a mí misma.

Seguí la voz cabreada de Neo y otra voz metálica que salía del interfono de la verja.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Había estado entrenando en el gimnasio para mantenerse en forma entre combates, e intenté centrarme en que me fulminaba con la mirada y no en que iba con el torso desnudo y unos pantalones cortos de baloncesto, el sudor brillándole en los pectorales.

Joder. Y joder otra vez.

—Claire está en la verja —dijo en tono acusador.

Me mordí el labio. Esto era culpa mía, sin duda.

Les había escrito a Claire y Mara desde mi móvil nuevo, inventándome una excusa de mierda sobre por qué había estado desaparecida.

Tenía la sensación de que ninguna se lo había tragado, pero no me atrevía a contarles la verdad por miedo a meterlas en lo que claramente era una situación de vida o muerte.

Que Claire estuviera en la verja —exigiendo entrar, por lo que se oía— era prueba de su lealtad. No me cabía duda de que si Mara viviera más cerca, también estaría ahí plantada exigiendo lo mismo.

Me encogí de hombros. —Déjala pasar.

—Si la dejamos pasar, tendremos que explicarle lo de la seguridad —dijo Neo.

—Obviamente —dije—. Pero ¿cuál es la alternativa? O sea, no tenemos ni idea de cuánto vamos a tardar en averiguar quién trabaja con tu padre. ¿No crees que la gente sospechará si nos atrincheramos aquí y nos negamos a dar explicaciones?

Su expresión se ensombreció. —Esto no lo habíamos hablado.

—Lo sé —dije—. Pero no es la primera sorpresa que nos llevamos y seguro que no será la última, así que vamos a tener que ir adaptándonos. Podemos fiarnos de Claire.

—¿Cómo puedes estar segura? —preguntó Neo.

—Porque es Claire —dije, y alargué la mano hacia el interfono.

Neo me agarró la muñeca antes de que me diera cuenta de lo que pasaba. Me acorraló contra la pared junto al interfono y apretó su cuerpo contra el mío.

La tenía dura como el granito, clavándoseme en el estómago mientras me miraba desde su altura. —Quizá no quiero dejarla entrar. Quizá te quiero solo para mí.

Oí la verdad en sus palabras. Siempre estaba dispuesto a compartir con Rock y Oscar, pero muchas veces lo pillaba mirándome con aire posesivo, y más de una vez, cuando dormía sola, me había despertado y lo había encontrado observándome, con los ojos brillándole en la oscuridad.

—¿Vas a dejar a Claire ahí fuera, en la verja, pasando frío, para poder follarte a solas en la cocina? —pregunté.

Me rodeó el cuello con una mano, acariciándome el pulso con el pulgar, y murmuró contra mi piel: —No me tientes, Jezabel.

Con la mano libre, pulsó un botón del interfono. —Dejadla pasar.